jueves, 21 de marzo de 2013

Cartas a Sebastián para que no me olvide


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 Orlando Araujo

(Calderas, Barinas, 1928  - Caracas, 1987)




Cartas a Sebastián para que no me olvide


Orlando Araujo, representa para la literatura venezolana la mayor expresión de ternura poética y el compromiso profundo con los destinos de su pueblo, signado por alcanzar la mayor justicia social. El afecto, la solidaridad, la ternura y la sabiduría son ingredientes que conforman su poética. Su literatura esta íntimamente ligada a los afectos, y de forma aguerrida a la denuncia social. Orlando Araujo, fue un excelente ensayista, poeta de la sensibilidad y narrador del imaginario de un país, que entre la ruralidad y la urbe fue forjando en su creación, una estética del hombre sensible.

Con olor a guayaba dulce, floreado de apamate, con el dulzor del mango. Cabalgando sobre el caballo blanco de Bolívar, inspirado en el canto de krasnomir, con el afecto de Trina y la grandeza del mar, llega Orlando Araujo, a través de las cartas a sus hijos, Juancho y Sebastían, para hablarnos del amor, de la justicia, de la solidaridad y de la historia.

Vistiendo su guayabera blanca, espera perpetuarse en la memoria, desde cada una de estas cartas. Al escucharle podemos “abrir los ojos y sentir por dentro”, para encontrarnos con la dimensión del poeta, del padre y del líder social. Su poesía se vuelve canción y pasamos a ser sus hijos cuando le escuchamos y buenos padres cuando en voz alta la compartimos con la gente.

Cartas a Sebastián para que no me olvide, simboliza un universo colmado de ideales, valores y afectos, que contribuyen a fortalecer el espíritu de la gente sensible. La valoración de la infancia, la amistad y el amor, orienta la relación afectiva entre el autor y sus hijos. A través de estas cartas nos convertimos en primogénitos de su poética y llegamos a contemplar la recreación de un universo transformado por la palabra del poeta

Ofrecemos tres de las cartas que componen esta obra, como una invitación al deleite y la grata experiencia que de seguro nos llevará a disfrutarla en su totalidad.






UN AMIGO 
 
Un amigo es el refugio de los miedos que sentimos noche y día, alguien que te mira sonriendo cuando tú lo hieres.
Un amigo te levanta cuando caes y no espera saber que te has caído. Es como si de pronto estás solo y alguien te llama para decirte que lo esperes.
Un amigo es el guante de tu corazón cuando hace frío, el bolsillo donde guardas las cosas que no muestras, el abrigo contra la lluvia del odio, un pararrayos aun cuando no haya tempestad, y una tempestad si en la calma te atormentan.
Un amigo es el espejo donde tú eres él; no apagues esa luz y no le falles en cualquier oscuridad.
 
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LA CARTA DEL PADRE

Soy inevitable, fui tu padre como tú lo serás cuan seas tuyo: y entonces amarás desde lejitos.
Hay hijos que esperaron y buscaron a su padre, Telémaco entre ellos. Telémaco, el hijo de Ulises, el padre que se fue muy lejos y el hijo creció para buscarlo y encontrarlo, veinte años después.
Hay padre que jamás buscaron ni esperaron. Hijos también.
Tengo las manos extendidas porque de vez en cuando hay un padre desconocido. Por calles y caminos busco siempre a un hijo.
Esta es la carta de un padre que amanece con una estrella en la mano.
Soy tan tuyo como mio y dibujo en el recuerdo el mar que te regalo.
Cuando seas capitán, saluda al sol y llévame contigo como si no me vieras.
Soy tu hijo.








...............




PORQUE HABLO MUCHO DE AMORES PREGUNTAS QUE ES EL AMOR

Una escalera de aguas blancas con anteojos azules, esa guacharaca que canta en la mañana más allá del río, el salto de un niño sobre el pozo que la lluvia le dejó en la calle con el sol adentro, el amor eres tú y soy yo cuando conversamos en silencio.

El amor es la tetagira, una pepita de oro, flor silvestre y venenosa que nace y crece y guinda junto a los manantiales debajo de un árbol de trompillo. Cuando seas viejo y muerdas un mango, el amor es tú infancia.

El amor es una viejita pobre, calva y solitaria llamada victoria, tú la has visto registrando los basureros allá cerca del río, para dar de comer a los perros flacos y realengos que recoge en su rancho.

El amor es un amigo que se muere o que se va o que pelea con uno. El amor son las ovejitas de plata del Yagrumo cuando la niebla pasea por los andes, la luna cuando la penetra el sol, el sol de las mandarinas en la tarde y un caballo blanco en la mañana.

El amor es a veces una cuna, a veces una cama, y a veces una tumba.

El amor es poder abrir los ojos y sentir por dentro.

El amor es una mujer, una amiga, una compañera que te de vida sin pedir la tuya. El amor eres tú cuando haces lo mismo.

El amor es dios si de verdad dios es uno y siendo uno anda en todo lugar y en todo tiempo.

El amor, Sebastián, me matará sin que yo sepa, me guardará en sus brazos y me recordará para resucitarme.

Cuando lances una piedra procura no pegarle a nadie. Y si la lanzas de verdad y pegas, es porque a veces el amor se oculta, como el sol.

Duerme, entonces, para que amanezca. 






Cartas a Sebastián para que no me olvide. Araujo, Orlando.  Monte Avila Editores. Colección Biblioteca Básica Infantil y Juvenil. Primera edición, 2007, 95 pp.








martes, 12 de marzo de 2013

Chávez: una revolución democrática









* Chávez: una revolución democrática





 
Por William Ospina



 

La diferencia más visible que puede señalarse entre Hugo Chávez y su
admirado Simón Bolívar es esta: que Chávez no tuvo que hacer la guerra para
triunfar.
Eso es también lo que diferencia a Chávez de Fidel Castro y del Che Guevara:
detrás de esas leyendas hay una historia de guerras y de sangre, y Chávez
pudo por suerte asumir el desafío de emprender la transformación de la
sociedad, como lo reclamaban hasta los poderosos de todo el continente,
recurriendo sólo a los instrumentos de la democracia.
Su única derrota, la del golpe militar que intentó en 1992 contra Carlos Andrés
Pérez, se convirtió al final en otra victoria, porque lo salvó de haber llegado al
poder, en su impaciencia, por la vía traumática de una ruptura violenta de la
institucionalidad. Cuánto no habrá agradecido después que su acceso al poder
no hubiera estado manchado por la violencia, sino que hubiera tenido la
legitimidad de una elección indiscutible. Aunque sus compañeros habían
logrado su objetivo en las provincias, cuando vio que no había podido tomarse
el poder central, él mismo dio la orden a todos sus amigos de rendir las armas
y les dijo que asumiría toda la responsabilidad del levantamiento.
Fue entonces cuando dejó flotando sobre la sociedad ese “por ahora”, que
parecía una confesión de derrota, pero que pronto se convirtió en una promesa.
El pueblo venezolano lo eligió una y otra vez, para desesperación de sus
opositores, que nunca entendieron que la única manera de enfrentarse a un
líder histórico de la importancia de Hugo Chávez, pasaba por hacer un
reconocimiento a la verdad y a la justicia de su causa.
Un país riquísimo, cuya riqueza principal pertenece al Estado, es decir, a la
comunidad, había visto con asombro cómo unas élites petroleras arrogantes e
insensibles se paseaban por el mundo como jeques saudíes mientras el pueblo
venezolano se hundía en la pobreza y en el desamparo. Nadie puede negar que
esas élites fueron las que educaron al país en la lógica precaria de los
subsidios y las que nunca hicieron esfuerzos serios por “sembrar el petróleo”,
por convertir la riqueza petrolera en una economía diversa que estimulara el
trabajo social y la iniciativa de la comunidad. Después le reclamarían a
Chávez no haber hecho plenamente en diez años esa siembra y esa
diversificación que ellos no intentaron en 50.
Durante décadas y décadas la pobreza creció en Venezuela, y a diferencia de
Bogotá o de Buenos Aires, donde es posible mantener la dilatada pobreza
oculta a los ojos de los visitantes, Caracas vio surgir en sus cerros las
barriadas de los desposeídos, las rancherías que contrastaban con la innegable
opulencia petrolera.
Ya en 1989, la pobreza de las muchedumbres se había convertido en
desesperación y Chávez cosechó lo que los poderes venezolanos habían
sembrado: la indignación del pueblo, la inconformidad, el ahogado espíritu de
rebelión al que él le supo dar finalmente su lenguaje y su rumbo.
Ahora se quejan de la supuesta falta de modales de este líder seductor e
impulsivo, un hombre de origen humilde que no simulaba aristocracia, que
decía lo que sentía como le gusta al pueblo que se diga: con un lenguaje llano
y directo, desafiante y a veces peligrosamente sincero. Yo dudo que haya
habido en Latinoamérica un político más surgido de la entraña del pueblo, más
parecido a las hondas sabidurías, las malicias, las travesuras y las valentías del
alma popular.
Una de las muchas cosas que demostró es que se podía hablar de los grandes
asuntos de la economía y de la política en un lenguaje sencillo. Se ha vuelto
costumbre entre nosotros que los jóvenes egresados de Harvard y de Oxford
que manejan los asuntos públicos utilicen para hablar de economía una jerga
de iniciados que hace sentir a todos los demás incapaces de acceder a los
arcanos de esa ciencia imposible. Es un evidente mecanismo de exclusión,
algo para alejar a los profanos; por eso, de las manos de esos ministros
eruditos brotan a menudo los colapsos financieros, los “corralitos” que hunden
a países enteros en la ruina, y la tolerancia de robos descarados como los de
DMG en Colombia, que estafaron a cientos de miles de personas sin que
ningún perfumado experto viniera a explicarle al pueblo y a las clases medias
que estaban cayendo, con el beneplácito del poder, en las redes de unos
asaltantes cínicos.
La economía, de la que depende el bienestar de millones y millones de
personas, no puede ser una ciencia abstrusa e inextricable, y esa farsa
descarada es apenas un mecanismo para mantener a los pueblos lejos de la
posibilidad de entender los procesos y de juzgar los resultados.
Con unas cuantas alianzas internacionales, y una reducción de la oferta,
Chávez logró que los precios del petróleo alcanzaran cifras asombrosas y tuvo
de repente en sus manos unos recursos incalculables para echar a andar su
proyecto. El primer reclamo que se hizo a su política fue que hubiera dedicado
recursos del petróleo a ayudar a los países vecinos y a conseguir aliados en el
mundo. Pero a comienzos de los años 70 un ilustre antecesor de Hugo Chávez,
Salvador Allende, intentó también transformar su sociedad sin recurrir a la
violencia, confiando en el respeto a las instituciones que proclamaba y exigía
el gobierno norteamericano y que juraban con firmeza los ejércitos y los
potentados. Cuando vieron que Allende intentaba transformaciones reales, el
famoso respeto por la institucionalidad que predicaban el imperio y sus
adláteres se fue al piso, y una conspiración criminal acabó con Allende, con
sus sueños y con la fe en la democracia de toda una generación. Las guerrillas
arreciaron por todas partes, el ejemplo de Pinochet fue seguido por militares
de varios países, y una noche de sables y de crímenes, que todavía tiene
sentados en los estrados a esos viejos generales genocidas, fue el precio que
Latinoamérica pagó por la interrupción del proceso democrático chileno.
De todos los procesos políticos y culturales que necesitaba vivir América
Latina, ninguno es más importante que la incorporación de los pueblos a la
leyenda nacional. La deformación colonial, prolongada por una tradición de
castas señoriales que borró a los pueblos indígenas, sus lenguas, sus memorias
y sus mitologías; que después de liberar a los esclavos no se esforzó por
construir un proyecto de integración social, de educación, de salud y de
incorporación a un relato de los orígenes; y que postró a los pobres en la
inermidad y la exclusión, exigía en todas partes una gran reforma que
devolviera a los pueblos el protagonismo, liberando su iniciativa histórica.
Esa fue la tarea que parcialmente cumplieron la Reforma de Benito Juárez y la
Revolución de Villa y de Zapata en México, los gobiernos de Roca e Irigoyen
y el movimiento peronista en Argentina, el movimiento de Eloy Alfaro en
Ecuador y la rebelión de los mineros de Bolivia en 1952. También la lograron
los primeros tiempos de la Revolución cubana, antes de que el bloqueo
norteamericano forzara al Estado a imponer restricciones de guerra. Darle su
lugar al pueblo en la historia es algo que sólo se logra con respeto verdadero,
con oportunidades, con valores, con cohesión social, y fortaleciendo la
dignidad de quienes, si no se les permite ser ciudadanos plenos, tienen que
terminar convirtiéndose en parias o en verdugos.
Cuánto habría ganado Colombia si le hubiera permitido llegar al poder hace
65 años a Jorge Eliécer Gaitán. Los 300 mil muertos de la violencia de los
años 50, y los 500 mil muertos del resto del siglo, atribuibles por igual a las
guerras, la violencia, la pobreza y el desamparo social, la delincuencia, la
proliferación de las guerrillas y la industria del secuestro, el crecimiento de las
mafias, el desmonte de la estructura institucional, la pérdida de sentido
patriótico de las élites empresariales y la creciente corrupción política, el
paramilitarismo, la juventud arrojada a las guerras de supervivencia, y la caída
de muchos militares en la tentación del crimen y la riqueza fácil, todas esas
cosas se habrían conjurado con la incorporación del pueblo a la leyenda
nacional, que era el sentido profundo del proyecto gaitanista, con la
restauración moral que reclamaba su oratoria enfática y pacífica. De todo eso
posiblemente salvará el pacifismo chavista a Venezuela, y hasta los que lo
odian se lo agradecerán algún día: de vivir en un país como Colombia, donde
las carreteras llegaron a convertirse por momentos en caminos sin retorno, y
donde en los meses de enero y febrero de 2013 ya llevamos contados más de
mil desaparecidos.
Chávez creyó en la democracia. Entendió que no iba a recurrir a las armas,
pero que su proceso no se abriría camino si caía en la ilusión de ser, en
tiempos imparables de globalización, una aventura encerrada en las fronteras
de su país. Se inspiraba en Bolívar, quien nunca aceptó esa idea estrecha de
unos paisitos incomunicados, y siempre predicó el ideal de la solidaridad y la
construcción de una patria continental.
Los magnates de cada país saben ejercer su derecho a la universalidad, el
derecho absoluto de cruzar las fronteras con sus capitales, pero miran con
recelo la solidaridad de los pueblos. Las fronteras están cerradas para todo el
que no forme parte del mercado financiero. Chávez conocía suficiente
geografía e historia para tener una idea de geopolítica más amplia y audaz que
la de los gobiernos sujetos sólo a las órdenes del gran capital. Fortalecer a la
América Latina era su única forma legítima y eficaz de fortalecer a Venezuela,
y en esa medida no hacía más que aceptar las reglas de juego de la
globalización, que tanto nos predican como un deber inexorable mientras no
pretendamos beneficiarnos de ellas.
A la sombra de Chávez, que tenía más poder de forcejeo en el escenario
internacional, y menos obligación de respetar el protocolo, varios procesos
democráticos se abrieron camino en América Latina. Viendo la irreverencia de
Chávez, a la vez estudiada y espontánea, resultó menos discutible la lucha de
Evo Morales y los indígenas bolivianos, y parecían de seda los gobiernos
populares de Lula da Silva y de Rafael Correa, de Néstor y Cristina Kirchner y
de Pepe Mujica. Chávez apostaba las cartas mayores, y estaba listo para
respaldar a los gobiernos amenazados y a los procesos en peligro.
Coincidió el gobierno de Chávez con el momento de mayor desprestigio del
poderío mundial de los Estados Unidos, el momento de mayor caída de su
liderazgo democrático y moral en el planeta. Los atentados terroristas de Al
Qaeda cambiaron el orden de prioridades del imperio; después de décadas de
imposición de políticas imperiales en América Latina, incluida la criminal
Escuela de las Américas, que educó en la violación de los derechos humanos a
una generación de militares en el continente, los gobiernos norteamericanos
abandonaron su interés por la América Latina, se lanzaron en Asia a grandes
invasiones militares, a una equivocada lucha contra el terror mediante la
estrategia del terror, y se hundieron en la barbarie.
Chávez entendió la importancia de ese momento histórico: América Latina,
perdida la tutela del hermano arrogante, podía ingresar de verdad en la era de
la globalización y abrirse al mundo. Otras potencias se fortalecían, el dragón
chino había despertado, Rusia recuperaba su fuerza. Y si Estados Unidos,
Francia, Italia, Inglaterra y España recibían alborozados a Muamar Gadafi y lo
dejaban plantar tiendas en sus países, por qué habrían de reprocharle a Chávez
que se acercara al gobernante de un país petrolero con quien tenía intereses
comunes. Chávez al menos no tuvo la indignidad de abrazar a Gadafi ante las
cámaras y bombardearlo cuando se apagaban los reflectores, como lo hicieron
los gobiernos de Francia y de Inglaterra. No fue ofendido por él, lo despidió
como a un amigo, y no entró a saco en esa Libia en ruinas, como Cameron y
Sarkozy, a reclamar el botín del socio abandonado.
Sabía que si a un nuevo Kissinger, o a una envanecida Condoleezza Rice, se le
ocurriera aconsejar la invasión de su territorio, la respuesta no sería sólo del
pueblo venezolano, sino de Ecuador y Brasil, de Cuba y Nicaragua, de los
países antillanos y Bolivia, de Uruguay, Paraguay y Argentina, pero muy
posiblemente también de China y Rusia, y de mucha gente que lo respetaba en
todo el mundo. Haber garantizado la independencia de su país le permitió
hablar con firmeza, de igual a igual, en el escenario mundial.
El estilo de Chávez merece muchos comentarios. Hay una anécdota que sin
duda ha de ser apócrifa, pero que a pesar de todo describe muy bien el espíritu
de este luchador a la vez pintoresco y profundo, arrebatado y travieso,
desafiante y desconcertante. Se decía que una vez, en una de tantas cumbres
de gobernantes, esas cumbres de las que él mismo dijo, con un epigrama
inolvidable, que “los gobiernos van de cumbre en cumbre y los pueblos de
abismo en abismo”, Chávez se encontró con la reina Isabel de Inglaterra y
corrió a darle un abrazo. La anécdota añade que los guardias de la reina se
interpusieron enseguida, informándole a Chávez que el protocolo inglés no
permitía que nadie abrazara a la reina, y que Chávez contestó con una sonrisa:
“Sí, pero el protocolo venezolano exige que abracemos a nuestros amigos”. La
anécdota, como digo, ha de ser apócrifa, pero el hecho que ilustra es profundo.
Lo que quiere decir, en una sociedad hondamente marcada por la supremacía
de las metrópolis y por la etiqueta de las potencias, es que en nuestro tiempo
un rey y un presidente son poderes exactamente iguales, que el protocolo
inglés no puede ser más respetable que el venezolano.
En esa fábula imaginaria está más profundamente expresada que en ninguna
otra parte la verdadera importancia de un hombre como Hugo Chávez para la
historia latinoamericana: en un continente acostumbrado a sentirse subalterno,
a ser un invitado de segunda en el banquete de las naciones, un hombre les
recordó a todos que había pasado el tiempo de la supremacía y de las
supersticiones de superioridad; que si había llegado el tiempo de la
democracia y de la República es porque había llegado el tiempo de los
pueblos, y que en el mundo moderno, como lo quiere todo el arte
contemporáneo, como lo anuncian la literatura y la pintura desde los tiempos
de Shakespeare y de Velázquez, un rey y un campesino tienen la misma
dignidad metafísica y estética, un hijo de los llanos de Barinas y una hija de
los castillos de Windsor tienen la misma dignidad y el mismo valor, y si son
aceptados por sus pueblos como representantes y voceros, no pueden presumir
de ningún tipo de jerarquía.
Por fuera de la anécdota, eso fue lo que hizo Chávez a lo largo de todo su
gobierno, y a lo mejor a lo largo de toda su vida, y con ello no les dio una
lección sólo a los gobiernos de América Latina, sino a cada uno de los
ciudadanos de este continente. Como lo había enseñado Bolívar y lo olvidaron
sus sucesores, ya estamos en igualdad de condiciones con todos los
ciudadanos del mundo, pasó la edad de las diademas, una banda presidencial y
una corona son el mismo símbolo, salvo por la diferencia metafísica de que la
corona representa el poder de la tradición y la banda el poder del presente: a la
corona la sostienen millones de fantasmas y a la banda la tejen millones de
voluntades vivientes.
Pero qué gran país es Venezuela; qué alto sentido de respeto por los
conciudadanos el de un país que aun en medio de las más borrascosas
diferencias de opinión no se hunde en la violencia sectaria y en el baño de
sangre que ha caracterizado cíclicamente a algunos de sus vecinos. Venezuela
vive hace quince años, no en la polarización, como afirman algunos, sino en la
apasionada politización que caracteriza los momentos de grandes
transformaciones históricas. Chávez y sus hombres aceptaron llamar
revolución al proceso emprendido, pero hay que conceder que el siglo XX
dejó la palabra revolución, por generosa, legítima o inevitable que fuera,
cargada de bombas y de sangre, de horrores civiles y tragedias imborrables, y
en cambio la revolución de Chávez ha consistido en unas decisiones
económicas y en unas movilizaciones políticas: no en fusilamientos, ni
proscripciones, ni censuras.
Es esto tal vez lo que le da al proceso liderado por Hugo Chávez su magnitud
histórica: nadie puede ignorar la importancia de lo que ocurre, nadie puede
ignorar la enormidad de los problemas urgentes que ha enfrentado, la
enormidad de las soluciones que ha intentado, y sin embargo se ha cumplido
en un clima de paz, de respeto por la vida, en el marco de unas instituciones, y
atendiendo a altos principios de humanidad y de dignidad.
Los opositores, que son muchos, lo negarán, como es su derecho, y la prensa
de oposición en Venezuela, que es casi toda, afirmará que estos tres lustros
han sido de persecución y de censura, como lo han dicho a los siete vientos
con todos los recursos de la comunicación moderna en estos trece años. Pero
los opositores no pueden negar la generosidad de propósitos de este proceso,
así como el chavismo no puede negar la civilidad de sus adversarios, en un
continente donde ha habido contrarrevoluciones más feroces y sanguinarias
que las revoluciones a las que combatían.
Los millones de personas que lloran con el corazón afligido la muerte de su
líder, la dimensión planetaria de esta muerte y la enormidad popular de este
funeral confirman que estamos ante un hecho histórico de grandes
dimensiones. La verdad se conoce: Venezuela es uno de los pocos países del
mundo que se han permitido el lujo inesperado de emprender una
transformación histórica con el menor costo posible de confrontación y de
arbitrariedad.
Finalmente, Chávez bien podría haberle hecho un favor inmenso a la
democracia, Chávez podría ser, en América Latina y a comienzos del siglo
XXI, el hombre que refutó la teoría de que la violencia es el motor de la
historia. Muchos habrán querido forzarlo a la violencia, muchos soñarán aún
con intentarlo, pero cuando ya creíamos que era verdad que el Estado existe
sólo para garantizar privilegios y para mantener lo establecido, alguien ha
venido a demostrarnos que la democracia puede ser un instrumento de
transformaciones reales, que abran horizontes de justicia para las sociedades.
Hugo Chávez, con su mirada sonriente de llanero y su sonrisa profunda de
hombre del pueblo, bien podría haber hecho algo mucho más profundo y
perdurable que inventar el socialismo del siglo XXI: es posible que haya
inventado la democracia del siglo XXI.


* Texto de William Ospina tomado de la página 

http://unionlibre.rakumin.org

de Enrique Hernández D'Jesús

jueves, 7 de marzo de 2013

CORAZON VENEZOLANO


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CORAZON VENEZOLANO


Francisco Pacheco

Alma buena e'sabanaeta
Corazón venezolano

Corazón que sabe lo que tiene
Corazón que sabe a donde vamos

Comandante

Comandante


Corazón venezolano


jueves, 28 de febrero de 2013

Tres grandes poetas de la primera mitad del Siglo XX: Ramos Sucre, Cruz Salmerón Acosta y Pio Tamayo.


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Venezuela durante la primera mitad del Siglo XX estuvo marcada por un Regimen dictatorial abominable, bajo la tiranía de “El Benemérito” Juan Vicente Gómez.
El único buen gesto de este dictador, fue morir el 15 de diciembre de 1936, aunque en la historia oficial esté escrito, como último capricho que le fuese cumplido por sus médicos y gente mas cercana, que su deceso ocurrió al igual que El Libertador el día 17,
Su regimen abominable sometió a la nación a un retraso irrecuperable. Su mandato fue el responsable de iniciar la explotación petrolera, la cual se desarrolló con una entrega ciega a las transnacionales. La represión a todo movimiento que le hiciera oposición, lo contrariara, o exigiera libertad de expresión fue una constate. todo ciudadano que ejerciera la protesta recibía como respuesta inmediata: torturas, carcel y desaparición forzoza. La carcel "La Rotunda " en Caracas y "El Castillo de Puerto Cabello" en Carabobo, fueron centros de tortura y asesinato sistemático.
El cierre de la Universidad Central de Venezuela, fue otra acción que representó un retraso en el desarrollo intelectual de la nación en esos tiempos.
Los escritores e intelectuales, que historicamente han jugado un papel importante en los procesos revolucionarios renovadores, se hicieron escuchar. La Generación del 28, denunció las aberraciones del dictador y se hizo voz que trajo como consecuencia el reconocimiento internacional de sus miembros, pero que condenó al exilio y la carcel a todos sus integrantes.
En medio de ese escenario represivo, silenciador y sangriento, voces de una calidad excelsa se manifestaron publicamente y como consecuencia sufrieron de forma directa o indirecta las aberraciones de la Tirania.
En este espacio queremos homenajerar a tres escritores, de la primera mitad del siglo XX, fundamentales para la poesia venezolana: Jose Antonio Ramos Sucre, Cruz Salmerón Acosta y Pio Tamayo, que representan un enigma, un misterio de la poesía venezolana y aunque han pretendido invisibilizarlos, el legado a la historia de la poesía venezolana, es significativo, en cuanto a formas, contenidos y referentes.
Por otra parte estos poetas tienen características comunes que permiten presentarlos como un conjunto de voces de ese tiempo:

Nacieron en tiempos cercanos 1890, 1892, 1898 y fallecieron en épocas cercanas 1930, 1929 y 1935, ninguno de los tres superó los 40 años. 

Todos sufrieron la presión y la represión del régimen del General Gómez: exilio, auto-encierro y cárcel. 

Sufrieron muertes trágicas: suicidio, enfermedad penosa y enfermedad como consecuencia de la tortura y el presidio  y 

Cada una de sus voces representan el espíritu de esa época.

Otra característica que los hace cercanos es:

Fueron silenciados por los preciosistas, los sabios, los intelectuales de generaciones posteriores, que fijaron su mirada estética en Europa desconociendo, el aporte de estas joyas de la palabra venezolana.

En estos tiempos quizá sea Ramos Sucre quien goza de mayor difusión entre los lectores. Es compromiso de nosotros los lectores y promotores de lectura, dar a probar algo, de la riqueza que conforma la obra, de estos tres señores de la poesía venezolana 







José Antonio Ramos Sucre



 
1890 - 1930




PRELUDIO

Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.





EL DUELO

El galán quedó tendido en el suelo de nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos, a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras, enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.








CARNAVAL

Una mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la habría situado en el curso de una escena familiar, para distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras macabras.
Yo había llegado a la sala de la fiesta en compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos habían arriesgado la vida por mi causa.
Los enemigos travestidos nos rodearon súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines. Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el reguero de su sangre en la nieve del suelo.
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta, me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
Ellos se perdieron en el giro del baile.
Yo divisaba la misma figura de este momento. Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en una tregua de la danza de los muertos.


EL EXTRANJERO 
 
Había resuelto esconderse para el sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la civilización y la consideraba un trasunto de la molicie. Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano. Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las siluetas.





ELOGIO DE LA SOLEDAD

Prebenda del cobarde y del indiferente reputan algunos la soledad, oponiéndose al criterio de los santos que renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala de perfección y puerto de ventura. En la disputa acreditan superior sabiduría los autores de la opinión ascética. Siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso. Demasiado altos para el egoísmo, no le obedecen muchos que se apartan de sus semejantes. Opuesta causa favorece a menudo tal resolución, porque así la invocaba un hombre en su descargo:
La indiferencia no mancilla mi vida solitaria; los dolores pasados y presentes me conmueven; me he sentido prisionero en las ergástulas; he vacilado con los ilotas ebrios para inspirar amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas esclavitudes; me lastima la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en Rusia, los miserables hacinados en la noche como muertos en la ciudad del Támesis, son mis hermanos y los amo. Tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad. No rehúyo mi deber de centinela de cuanto es débil y es bello, retirándome a la celda del estudio; yo soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente la muerte en el riesgo de la última batalla larga y desgraciada, y es mi recuerdo desamparado ciprés sobre la fosa de los héroes anónimos. No me avergüenzo de homenajes caballerescos ni de galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger en el lodo del vicio la desprendida perla de rocío. Evito los abismos paralelos de la carne y de la muerte, recreándome con el afecto puro de la gloria; de noche en sueños oigo sus promesas y estoy, por milagro de ese amor, tan libre de lazos terrenales como aquel místico al saberse amado por la madre de Jesús. La historia me ha dicho que en la Edad Media las almas nobles se extinguieron todas en los claustros, y que a los malvados quedó el dominio y población del mundo; y la experiencia, que confirma esta enseñanza, al darme prueba de la veracidad de Cervantes que hizo estéril a su héroe, me fuerza a la imitación del Sol, único, generoso y soberbio.
Así defendía la soledad uno, cuyo afligido espíritu era tan sensible, que podía servirle de imagen un lago acorde hasta con la más tenue aura, y en cuyo seno se prolongaran todos los ruidos, hasta sonar recónditos.




LA CIUDAD 
 
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo, interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi atención refiriendo la semejanza de un apólogo hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento, volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un sueño confuso.



OMEGA 
 
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el olvido solemne.








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Cruz Salmerón Acosta





(1892-1929)

AZUL

 

Azul de aquella cumbre tan lejana
hacia la cual mi pensamiento vuela,
bajo la paz azul de la mañana,
¡color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul cielo emana,
y azul de este gran mar que me consuela,
mientras diviso en él la ilusión vana
de la visión del ala de una vela.


Azul de los paisajes abrileños,
triste azul de los líricos ensueños,
que no calman los intimos hastíos.

Sólo me angustias cuando sufro antojos
de besar el azul de aquellos ojos
que nunca más contemplarán los míos







PIEDAD

 

No era ni amor lo que ella me tenía;
era tal vez piedad, lástima era,
porque mi oculta pena comprendía
y ella se compadece de cualquiera.


Hoy que voy recobrando mi alegría,
animado quizás de una quimera,
se va tornando mucho menos mía,
como si ella ya no me quisiera.


Yo sí he formado de mi amor un culto,
y en tanto aquí mi juventud sepulto
y la aureola del martirio ciño.


¡No me quites, Señor; mi sufrimiento,
si es que habré de perder con mi tormento
la conmiseración de su cariño!





DE MIS ANDANZAS

Yo fui Quijote por algunos años
y llena el alma de un ensueño hermoso
tuve en mi Dulcinea del Toboso
los mil encantamientos más extraños.

En mis luchas de pérfidos engaños
para mí no hubo tregua ni reposo,
y, lanza en ristre, arremetí furioso
contra molinos y contra rebaños.

Aunque más de una vez burlado fuera
sólo me avergoncé por vez primera
cuando, como el Manchego sin fortuna

me encontré sin honor y desarmado
a los pies de un barbero disfrazado
de Caballero de la Blanca Luna.






LA HORA MELANCÓLICA

Es la hora melancólica y serena,
en alta noche y en apacible calma,
brilla la luna y a lo lejos suena
música alegre que entristece el alma.

Música de placer para el dichoso
que dulces esperanzas atesora,
música para mí como el sollozo
de mi solitario corazón que llora.

A los tranquilos rayos de la luna
imágenes de amor llegan flotantes
bañándome, al pasar, una por una,
con la serena luz de sus semblantes.





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Pio Tamayo



 
(1898-1935)




Homenaje y demanda del indio. A su majestad Beatriz I, Reina de los Estudiantes

Sangre en sangres dispersas,
almagre obscuro y fuerte,
estirpe jirajara,
cacique Totonó;
baile de piaches, rezo de quenas,
Soy un indio Tocuyo
yo.
Meseta brava y bella
que abre su arcada a los llanos
y sus patios a la luna;
patíbulo de Carvajal,
espinas de cardonales,
polvo y sol.
Altiplano tocuyano
que nutre su carne en jugos
blancos de cañamelar
y los hace sangre roja
en la flor del cafetal;
bueno y santo
por la madre,
y porque me enlaza hermano
del de la selva en Oriente
y del de la sierra al Sur.
Yo llegué de ese altiplano
a avivarme en mis hermanos
los de la Universidad,
savia en afanes quemada,
de dirio de roble erguido,
y a rendirte mi homenaje
de indio triste,
Majestad.
Fracasa entre mi canto y mi altivez indígena
la intención en hinojos.
humo leve de inciensos
como el que ardió en las aras del Tenochittlán
quemó en mi corazón,
y humillo el desgreñado orgullo de los vientos
con aguas de remansos,
cenizas de volcanes
y cánticos de amor.
Así en la tierra antigua donde voló el faisán
usaba la liturguia de la proclamación.
Los miles de estudiantes,
cada estudiante, Reina,
es un mundo en promeso y un jardín de tormentas,
han abierto hoy sus pechos sobre más infinitos,
al ver que oraculiza en tus manos llaneras
el tripartido escudo de su Federación.
Mañana, anhelo, pueblo.
¡Mirandinos colores de la emancipación!
Beatriz del estudiante,
cetro de rebeldías,
corona de futuros;
bajo el palio de auroras de vuestro trono eres
la juvenil canción de amanecer.
En ensueño durmiente al amparo del alma
jubilosa y dinámica de la Federación
hecho viva esperanza
en tu luz de mujer.
Y digan con mis voces palabras de tus súbditos,
que es tu reinado, Reina, el úico acatable
en esta nutridora selva de Guaicaipuro,
de Mara y Yaracuy,
y del equio trueno de los cien mil corceles,
sobre el que galoparon
libertadas naciones.
Fugitivo perfil de la garza Morena.
¡Oh, perfume caliente de mazorcas tempranas!
Durazno de oro en rama;
cosa dulce y romántica
cuando se dice "amada";
ternura inacabable de la venezolana;
orgullo de nosotros.
Reina en cuya belleza
riman nobles y claras mis palabras agrestes,
divinizo tu boca
tan ingenua y traviesa
diciendo la dulzura que le oíyo ayer.
"Cuando yo sea abuelita
lucirémis trofeos y les diréa mis nietos
que fui Reina una vez".
¡Nuncio cándido y bello que sube a vuestros labios
la ternura sagrada que hará de vuestro ocaso
epílogo adorable de cuento de Perrault!
Os verán esos nietos luciendo edades regias
y sonreirán con Vos.
El mejor cortesano,
tendrá una voz mimada de delfín
solemne, afirmará:
Abuelita: Santa Isabel de Portugal,
que convirtiera en rosas el pan de su bondad,
una noche de Reyes se entretuvo en decirme
que túeras heredera de su lineaje real.
Abuelita: desde aquel día te he visto
de reina el corazón.
Oyénndole, el mána píncaro de ellos
vencerán en pugilato:
¿Desde aquel día? ¡Si ella nació con él!
¡Santa Isabel tenía
muchísima razón!
Y ahora, Majestad,
que el sollozo esclavo de un jazcaney rendido,
el súbdito presenta su demanda ante Vos.
Descarnado de insomnios
se consume mi rostro
y los tiempos incrustan sus cauces en la sienes.
Retornan a romper las obras de los montes
baladros caquetías.
Se desatan los ecos de vencidos lamentos
y corren sobre el área salvaje de los llanos,
o se extinguen muriendo en los senos intctos
de un Paracaima hermético.
¡Me han quitado mi novia!
¡La novia que me quiso; mi novia enamorada!
Palabras que se dicen con la pena infinita
de quien ya no podrávolverlas a cambiar...
Que bien decirte Tú,
como a mi novia, Reina.
En ti la miro a ella
y al mirarte me acuerdo...
Era de sol su carne y de un fragil metal.
El eco de sus voces era de acero azul.
Estaba hecha de alturas. A ti se parecía.
Yo fui su novio niño,
ya lo hemos sido tantos
Cantar, correr, soñar,
en el soleado campo, en la vega porosa,
junto al lirio morado,
al laurel
y al signo de las rosas.
Se adornaron mis labios con su nombre armonioso;
con su nombre que es música de banderas y estrellas.
Se miraron mis ojos en el ópalo grande
de sus ojos,
iguales al panal de los tuyos.
¡Y el abrazo materno que de la tierra avanza
la confiaba amorosa sobre mi corazón!
¡Como me acuerdo, Reina!
Temblando bajo sombras la amaba con angustias.
En mis venas lloraban los miedos por su vida.
Y un día me la raptaron.
Un día se la llevaron.
Desde los horizontes,
allá donde hace señas de adioses el crepúsculo,
vi encenderse los últimos luceros de sus besos.
Aprestarse a la andanza, porque la hemos perdido,
y salir a buscarla!
Mirar có mo levantan asfixias hasta el cielo
las crestas de los cerros!
Agotarse llamándola en los senderos mudos.
Obscurecerse en noches solitario y rendido,
¡Y sentirla que sufre y que se está muriendo!
¡Ah! Ya no puedo más, Reina Beatriz. ¡No puedo!
Vuelve a llorar el indio con su llanto agorero...
Pero no, Majestad,
que he llegado hasta hoy
Vos sonriente promesa de encendidos anhelos
y el nombre de esa novia se me parece a Vos:
se llama Libertad.
Decidle a vuestros súbditos
tan jóvenes que aún no pueden conocerla
que salgan a buscarla,
Vuestra justicia ordene,
y yo, enhiesto otra vez,
vibrante el junco en silbo de indígena romero
continuaré en marcha
con la confianza altiva de los de antigua raza,
pues con Vos, Reina nuestra,
juvenil, en su trono, se instala el porvenir!