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jueves, 19 de febrero de 2015

Cuentos de Carnaval. Pequeña selección



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Cuentos de Carnaval



El Carnaval como fiesta pagana invita al desorden, al atrevimiento, al cumplimiento de los sueños y deseos más oscuros.  En la antigüedad esta fiesta era preludio a la cuaresma y temporada para satisfacer los deseos mas cuestionados por la moral religiosa signados por el placer, el gozo, la lujuria, la promiscuidad. Las fiestas carnestolendas, fiestas de la carne, eran época de lo permisible, del riesgo, de quitarse la máscara, colocándose una máscara, para con ello ocultar el verdadero rostro, revelado después de desvestir la verdadera esencia, tras un antifaz . 

Comparto estas historias cuyo eje temático, escenario y espíritu se circunscribe con esta fiesta pagana. Con el deseo de celebrar la literatura que se permite registrar en su ejercicio la fiesta de carnaval, como crónica,  excusa o universo  temático y espero que tú como lector puedas comentarlas, difundirlas, pero sobre todo disfrutarlas


***








El murciélago rubio 


Spencer Holst


Hubo una vez un gran murciélago rubio que se sentó junto a un barman.
El murciélago tenía los ojos azules más lindos que el barman hubiera visto.
Mientras volaban a cuarenta millas por hora en el Subterráneo Independiente, el barman se preguntó si esos cándidos ojos azules arderían en la penumbra como tranquilas llamas purpúreas, como las lamparitas azules en los extremos de las plataformas del subte.
El vestido de ella estaba hecho de terciopelo negro con alas de seda negra y guantes de raso; llevaba una curiosa máscara que revelaba más de su rostro de lo que ocultaba; sus zapatos eran de tacón alto y afelpados, y él advirtió que sus pies eran delicados, y se preguntó si ella estaría descalza debajo de esos zapatos, o si llevaría medias, y apostó a que tenía lindos dedos de los pies.
Este barman se estaba enamorando.
Era realmente algo raro: un barman enamorándose de una extraña chica rubia que llevaba un traje de murciélago, en un subterráneo.
La mayoría de los idilios en subterráneo se bajan en la calle 34 para ir a una estación de ferrocarril de ahí a Saskatchewan: pero no tiene por qué ser de esa manera.
Por ejemplo, en esta historia el barman no sólo tendrá el valor de hablarle a esta chica: hasta se enamorarán los dos.
¡Cómo!, dicen ustedes. Están un poco indignados.
Me acusan de sadismo. Permitir que mi personaje, el barman gordo, de cara colorada, se enamore de esta muchachita. Ella se cansará pronto de él, dicen ustedes, lo dejará por un hombre más joven, más adecuado, pues a través de la riqueza y el buen gusto de su traje, y la dignidad y la gracia de sus rasgos, es obvio que proviene de una buena familia. ¡Cuán infeliz harás al barman!, me dicen ustedes.
¡Tonterías! Yo no voy a hacer infeliz al barman.
Con seguridad, sin embargo, el barman tendrá muchos meses horribles después de esta noche de amor, y muchos años de tristeza después, pero esto no es la infelicidad, porque él hará muchas buenas acciones en agradecimiento al mundo por permitirle esta noche mágica.
No, la infelicidad es otra cosa; la infelicidad es no tener el valor.
Pero volvamos a la historia: el tren entró rugiendo en la estación de Delancey Street y los ojos del barman se le salieron de las órbitas porque montones de gente disfrazada estaban bailando y cantando y soplando cornetas y corriendo y gritando y exaltándose en la plataforma del subte.
La chica se levantó.
El barman se levantó también, y con ojos ausentes y distraídos la siguió hasta el andén y fue allí donde habló con ella.
Ella lo miró, asombrada; lo miró de arriba a abajo; después se rió, pero no estaba riéndose de él, de eso él estaba seguro: era una risa de alegría que él iba a recordar.
Ella corrió.
¡Él la persiguió!
Ella corrió a través de la muchedumbre, era escurridiza, parecía deslizarse entre estos locos parranderos gesticulantes, mientras él tenía que luchar por cada pulgada y en su apasionada persecución le pisó un dedo a Napoleón, derribó a una bruja gorda y chillona, golpeó a un payaso en el estómago, sentó en el suelo a un sorprendido gorila, tropezó con la reina de Inglaterra, y ella corría y corría, fuera del subte, por Delancey Street hacia el río, hasta que él la atrapó y ella se quedó quieta en sus brazos mientras tomaba aliento, lanzando ocasionales risitas de alegría.
Era tan suave que él la besó, y después caminaron juntos, del brazo, mirando los fuegos artificiales y las multitudes, deteniéndose aquí y allá para tomar una cerveza.
¡Toda la ciudad estaba de fiesta!
Todo el mundo estaba disfrazado, todo el mundo tenía careta, y había reflectores, papel picado y fuegos artificiales por todas partes, como si fuera un maravilloso Carnaval o algo así, y el barman se sintió un poco fuera de lugar con sus apagadas ropas de calle, sin una careta tan siquiera.
Pero la chica le dijo que estaba muy bien vestido.
Y él le preguntó qué era toda esta celebración, no había oído hablar de ninguna, pero ella simplemente se rió y lo besó, y eso fue todo.
Y así bregaron felizmente a través de las multitudes y de la noche, deteniéndose de vez en cuando para bailar, con una extraña música lenta en las tabernas, o con el jazz salvaje que se tocaba en casi todos los rincones.
Ella señaló un gran reloj en un edificio. Eran las once en punto.
Ella lo hizo apurar hasta una larga fila que caminaba lentamente ante la plataforma de un jurado, y cuando les llegó el turno los jurados hicieron un gran alboroto sobre ellos, y un jurado insistía en señalar con admiración la corbata brillante del barman, de modo que ganaron el concurso y ambos obtuvieron grandes copas de amor.
Los jurados los condujeron hasta un gigantesco trono de amor, alzado muy por encima de la multitud que aclamaba, un tremendo almohadón, más grande que un colchón.
¡Era el trono para ellos! ¡Eran el rey y la reina de la noche! Habían ganado el concurso de disfraces.
Entonces el barman escuchó un tremendo tañido. La muchedumbre empezó a gritar y a aullar.
Él escuchó una sirena, baja, mucho tiempo.
La calle Delancey había enloquecido.
Su chica se sacó la máscara y él contuvo el aliento, tan hermosa era mientras señalaba el gran reloj en el edificio; ella lo dijo en susurros, tierna de pasión, amorosamente; le dijo: “¡Es medianoche! ¡Quítate la careta!”.





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Restos del Carnaval




Clarice Lispector




No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás.  Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir.  Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.
Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.
Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.
¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.
Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.
Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.
Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.







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Avenida Washington, El Paraiso

Disfrazadas de negritas


de: La Comedia Urbana (2005)




Armando José Sequera



En ese carnaval, yo y otro amigo nos disfrazamos, él de cura y yo de Satanás, y nos fuimos a una fiesta en el Carcas Hilton. Allí estuvimos bailando con un par de mujeres disfrazadas de negritas que, pensamos nosotros, se les habían escapado a sus maridos. Durante el baile, nos estuvimos sobando y restregando, hasta que nos preguntaron si las podíamos llevar a su casa. Nosotros le dijimos que, cómo no,  que las llevábamos pero que, antes, nos gustaría ver cómo eran sin máscaras y sin disfraces. Claro, se lo dijimos con su segunda intención y entonces la que estaba con mi amigo dijo okey, que estaba bien, pero que primero tendrían que arreglarse. Eso sí, nos pidieron que las esperáramos un momento y se metieron en un baño. Cuando salieron, resulto que eran un par de hembras de lo mejor, unas tipas de esas que uno cree que jamás se van a fijar en uno. En ese momento, nos dijeron que eran divorciadas y que si las llevábamos a su casa, podíamos quedarnos con ellas hasta el día siguiente. el pent house a,l que fuimos era de un lujo que uno sabe que existe porque lo ve en las películas. Había de todo, lo que se dice "de todo": buenos licores, buena comida, buenas camas, un televisor en cada cuarto, todo el piso alfombrado. Esa noche fue sensacional: yo y mi amigo lo hicimos con las dos, en todas las posiciones que se nos ocurrieron  Pero al otro día, cuando yo y el nos despertamos, descubrimos que las mujeres se habían llevado no solo nuestra ropa y las tarjetas de crédito, sino también el carro y hasta los lentes oscuros de mi amigo.  Después nos enteramos que el apartamento no era de ellas, sino que por la tarde, antes de irse a la fiesta del Hilton, habían forzado la cerradura y se habían metido en él, aprovechando que los dueños estaban fuera del país. Lo peor es que las fuimos a denunciar a la policía y nos dijeron que lo mismo que nos hicieron a nosotros se lo habían hecho a más de veinte tipos, entre ellos,  un inspector y dos comisarios de la misma policía.






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Campeones

(Fragmento)

Guillermo Meneses

Noche dominguera de Carnaval encendió focos de colores y brillo de lentejuelas por las calles caraqueñas. Jadeo, carcajadas, nervio oscuro, zumban y rezongan sobre la ciudad con aroma de aguardiente y perfume barato de polvos de arroz. Los papelillos multicolores, las delgadas serpentinas que, esta tarde, vivieron en la última roja luz del sol, forman ahora sucios montones de basura que encienden los chiquillos con las colillas de los cigarros. Ya se calentó en el alcohol la caldera humana; ya esta listo el deseo para el viaje a su propia hondura. Hay baile y música; risa y aguardiente; ímpetu y locura; odio y sexo. Y antifaz sobre todas las hambres


 ***

Pura Y Luciano Bailarán esta noche. El pintará nuevamente sobre sus anchos labios mulatos el bigotillo puntiagudo, vestirá sus anchos pantalones de raso, pondrá sobre la pelambre el gorrito de fieltro; ella, que ha compuesto el dominó del barbero Madriz, ocultará, bajo el brillo de la seda barata su morenez y su ternura y su alegría por estar arropada en el amor.
Y, como cerca de la esquina de Marcos Parra hay un baile popular a locha la pieza, para allá van.

...

sábado, 19 de abril de 2014

CUENTOS VENEZOLANOS DE LA SEMANA MAYOR



EL PEQUEÑO NAZARENO

El miércoles santo, el pequeño Nazareno de túnica morada y grueso cordón blanco, a nudos, bien ceñido alrededor de la cintura, sube –o debería subir– entre papá y mamá, por la calle que conduce a la iglesia del Nazareno. Pero no está dando pruebas, en absoluto, de aquella nazarena paciencia y resignación correspondientes al personaje y a la indumentaria que le han sido asignados. Todo lo contrario, demuestra un verdadero humor de perros –un humor como pocas veces se habrá visto en un Nazareno en Miércoles Santo–; rezonga y lloriquea, y en vez de seguir a papá y mamá dócilmente, se hace halar, y otras veces empujar, por uno de ellos dos. Intentan ambos convencerlo, le ruegan, lo halagan, le prometen recompensas para luego, para un poco más tarde, cuando ya la visita al templo haya sido hecha, la devoción cumplida, y la promesa, pagada, de acuerdo con los términos del devoto convenio celebrado entre ellos y el Nazareno de los milagros.
El pequeño Nazareno, no cabe duda, es duro y terco; ningún ofrecimiento hace mella en su actitud –que es de franco sabotaje–; nada ni nadie lo obliga a ir más ligero ni a dejar una cara menos agria. Cuando un helado de guanábana le es gentilmente ofrecido (esto último en patente contradicción con todas las tradiciones respecto al trato a acordarse a nazarenos, las cuales no incluyen en absoluto helados de guanábana, sino hiel en hisopos en perspectiva únicamente), cuando el helado, pues, le fue ofrecido, el pequeño Nazareno lo arrojó al suelo, sin ceremonia ni compasión. Peor aún, sin apetito. Es entonces, en ese instante crucial, cuando papá le da la bofetada en la mejilla –volviendo, ahora, de repente, a la observancia de las viejas prácticas que repiten la manera de proceder con nazarenos y redentores. En atención a lo sucedido, a la corrección, hubiera podido creerse que el pequeño Nazareno se hubiera finalmente resignado a representar bien su papel y a convertirse en viva imagen del gran Nazareno a cuya iglesia era llevado por papá y mamá. ¡Pero nada de eso! Se puso furioso –aún más que antes–; se desencadenó, materialmente, chillando y pataleando, y haciéndose llevar a rastras de ahí en adelante.
Perdiendo el último resto de su santa calma, y alzándose la túnica en plena calle concurrida, mamá le da unos cuantos cordonazos, “a posteriori”, si puede decirse así, con el mismísimo cordón de color blanco y de gruesos nudos que le estrecha la cintura, la delgada cintura, al pequeño diablo indócil.
El pequeño Nazareno, pues, para este instante –para esa “estación”, diremos mística, de su ruta–, ha sido ya debidamente halado, empujado, golpeado, abofeteado y azotado. Está, además, bañado en lágrimas, y su larga túnica violeta de vistosos pliegues aparecía toda ella, también maculada por salpicaduras, no de sangre, pero sí de guanábana –provenientes del helado que fue lanzado por él mismo contra el cemento de la acera, contribuyendo así a su propio castigo y sufrimiento. Sin nadie proponérselo, se daba entero cumplimiento a todo, o a casi todo, el ritual correspondiente a nazarenos, grandes o pequeños, forzosos o espontáneos, antiguos o modernos. El pequeño Nazareno seguía gritando. Una nutrida concurrencia presenciaba el espectáculo. Si no fuera por la decadencia de la fe en los días que corren –de la fe en Dios y de la fe en el Diablo–, es casi seguro que lo hubieran acusado, allí mismo, de endemoniamiento agudo. Lo hubieran exorcizado, o hasta lo hubiesen quemado, ¡quien sabe! Todos los otros nazarenos que había por la calle lo contemplaban con ojos de asombro.

 

 JULIO GARMENDIA



 
Del libro: La hoja que no había caído en su otoño  (1979)



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EL LIMONERO DEL SEÑOR


En la esquina de Miracielos
agoniza la tradición.
¿Qué mano avara cortaría
el limonero del Señor...?
Miracielos; casuchas nuevas,
con descrédito del color;
antaño hubiera allí una tapia
Y una arboleda y un portón.
Calle de piedra; el reflejo
encalambrado de un farol;
hacia la sombra, el aguafuerte
abocetada de un balcón,
a cuya vera se bajara,
para hacer guiños al amor,
el embozo de Guzmán Blanco
En algún lance de ocasión.
En el corral está sembrado,
junto al muro, junto al portón,
y por encima de la tapia
hacia la calle descolgó
un gajo verde y amarillo
el limonero del Señor.
Cuentan que en pascua lo sembrara,
el año quince, un español,
y cada dueño de la siembra
de sus racimos exprimió
la limonada con azúcar
Para el día de San Simón.
Por la esquina de Miracielos,
en sus Miércoles de dolor,
el Nazareno de San Pablo
Pasaba siempre en procesión.
Y llegó el año de la peste;
moría el pueblo bajo el sol;
con su cortejo de enlutados
pasaba al trote algún doctor
y en un hartazgo dilataba
su puerta «Los Hijos de Dios».
La Terapéutica era inútil;
andaba el Viático al vapor
Y por exceso de trabajo
se abreviaba la absolución.
Y pasó el Domingo de Ramos
y fue el Miércoles del Dolor
cuando, apestada y sollozante,
la muchedumbre en oración,
desde el claustro de San Felipe
hasta San Pablo, se agolpó.
Un aguacero de plegarias
asordó la Puerta Mayor
y el Nazareno de San Pablo
salió otra vez en procesión.
En el azul del empedrado
regaba flores el fervor;
banderolas en las paredes,
candilejas en el balcón,
el canelón y el miriñaque
el garrasí y el quitasol;
un predominio de morado
de incienso y de genuflexión.
—¡Oh, Señor, Dios de los Ejércitos.
La peste aléjanos, Señor...!
En la esquina de Miracielos
hubo una breve oscilación;
los portadores de las andas
se detuvieron; Monseñor
el Arzobispo, alzó los ojos
hacia la Cruz; la Cruz de Dios,
al pasar bajo el limonero,
entre sus gajos se enredó.
Sobre la frente del Mesías
hubo un rebote de verdor
y entre sus rizos tembló el oro
amarillo de la sazón.
De lo profundo del cortejo
partió la flecha de una voz:
—¡Milagro...! ¡Es bálsamo, cristianos,
el limonero del Señor...!
Y veinte manos arrancaban
la cosecha de curación
que en la esquina de Miracielos
de los cielos enviaba Dios.
Y se curaron los pestosos
bebiendo el ácido licor
con agua clara de Catuche,
entre oración y oración.
Miracielos: casuchas nuevas;
la tapia desapareció.
¿Qué mano avara cortaría
el limonero del Señor...?
¿Golpe de sordo mercachifle
o competencia de Doctor
o despecho de boticario
u ornamento de la población...?
El Nazareno de San Pablo
tuvo una casa y la perdió
y tuvo un patio y una tapia
y un limonero y un portón.
¡Malhaya el golpe que cortara
el limonero del Señor...!
¡Mal haya el sino de esa mano
que desgajó la tradición...!
Quizá en su tumba un limonero
floreció un día de Pasión
y una nueva nevada de azahares
sobre la cruz desmigajó,
como lo hiciera aquella tarde
sobre la Cruz en procesión,
en la esquina de Miracielos,
¡el limonero del Señor...!



ANDRES ELOY BLANCO


De: Poesía




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BARRABAS



Su linaje venía de Bethábara, en el país de los Gadarenos.
Tenía las barbas negras y pobladas como una lluvia, bajo unos ojos ingenuos de animal, y entre los nombres innumerables el suyo era Barrabás.
Conocía los libros sagrados, era caritativo y respetuoso, guardaba el sábado y sabía que Jehová era terrible y poseía una muchedumbre de manos y en la punta de cada dedo un castigo.
Era el mediodía. Un viento perezoso se derramaba sobre el patio y desbordaba entre las rejas del calabozo. El aire estaba aplastado de un olor indefinible y molesto.
Había allí gran cantidad de gentes hacinadas, ladrones, prostitutas, vagos, uno que otro perro de lanas lagañoso, y un soldado con armas que hacía la guardia caminando de un extremo a otro con rapidez, tal como si se propusiese dejar plegada una distancia muy larga.
En una vuelta lo enfocó con los ojos: entre las barbas le resaltaba la piel pálida como el agua sobre las piedras. A la mirada siguió la interrogación.
— ¿Yo? Barrabás…
— ¿Barrabás?… ¡Ah! Sí. El asesino. ¿Sabes? Te van a matar.
— Sí. Ya lo sé, respondió con indiferencia por decir algo, callando para contemplarse con abstraimiento las uñas largas y sucias. El guardia continuó su paseo.
Al volver a pasar junto a él, continuando en su posición, le preguntó:
— Oye, ¿como que dijiste algo de matarme? ¿Ah?
— Sí. Te crucificarán. Ya está dicho.
El otro siguió en su vuelta monótona y Barrabás tornó a meterse aquella mirada torpe en el hueco de las manos.
Pasado un rato volvió a llamar al guardia.
— Mira. ¿Sabes acaso a quién he matado?
— Sí. Al hijo de Jahel. Le diste de puñaladas.
— El hijo de Jahel… ¿Es todo?
— No. También apareces complicado en el motín.
— En el motín… ¡Ah! Bueno… Espera. Mira. No te vayas. ¿Sabes? Todo eso que has dicho es mentira, todo, todo. Pero ¿me matarán de todos modos? Claro. Me matarán. ¡Ps!… ¡Entonces…!
— Entonces, ¿qué? Piensas acaso hacerte el inocente. Es inútil. Jahel lo ha dicho todo. Venías en la gran nube de gritos de los del motín y cuando los soldados los sorprendieron en la calle, tú, para salvarte, te entraste en la casa de ella por la ventana. Lo demás lo sabes mejor que yo.
Barrabás permaneció callado. Al cabo de un instante, como bajo el imperio de una idea súbita, dijo:
— Oye… Todo eso es mentira ¿sabes? No es necesario. Ya sucedió. Bueno. Pero te lo voy a contar para… ¿Tienes hijos? Bueno. Pues para eso. Para que un día se lo cuentes a ellos cuando no recuerdes nada mejor. No conozco a Jahel, ni conocí a su hijo, ni sé la cara que les modeló Jehová y esto es cierto como una vida.
Una noche, había tanta luna que parecía un día convaleciente, venía yo por las calles, caminando, como hacen los hombres cuando no tienen que hacer. También los comerciantes! Cuando de pronto, siento desembocar en una esquina uan turba de hombres con armas y gritos corriendo a todo correr. Venían sobre mí como un manicomio suelto. ¿Nunca te ha pasado eso, guardia?
— No mientas, era el motín y tú venías con él.
— No miento. Venían sobre mí. Además lo que uno cree, es como si efectivamente fuese, o quizás más. Te digo, pues, que venían sobre mí y yo me eché a huir. Corrían como cosas, no como hombres ¿sabes? no se fijaban en mí, ni gritaban mi nombre, entonces comprendí que si me alcanzaban habría de perecer bajo la lluvia de sus pies. Había una ventana abierta y me tiré por ella como una piedra. Di vueltas sobre un lecho y caí en un rincón. El que dormía se despertó dando voces de alarma.
Tú sabes, el que viene hace rato en la oscuridad ve; el que despierta no ve. Yo veía como desde otra cama se alzaba también una sombra y cómo las dos se enlazaron y lucharon furiosamente. Desde mi rincón yo comprendía que me buscaban a mí. Cayeron al suelo: una arriba, una debajo. Y la de abajo dio un sólo grito y se quedó callada. Desde mi rincón yo comprendía que la de abajo había ocupado mi lugar. Al grito vinieron las gentes y las luces y me encontraron a mí delante de una muejr desgreñada y temblorosa y en medio de los dos un hombre con un cuchillo de través en el pecho.
Y la mujer comenzó a dar alaridos y a decir: “Mi hijo. ¡Mi hijo mío! ¡Me lo mataron!”; mientras se restregaba sobre él besándole y manchándose de sangre.
Entre sus voces me veía con odio y exclamaba: “El asesino. Ahí está. Llévenselo. ¡Me lo ha matado! ¡El asesino!!” Y todos me veían con los ojos vidriados de odio, pero yo no comprendía.
Aquello era demasiado extraordinario y violento; empecé a sentir lástima por aquella mujer que había matado su carne, y pensaba en la inutilidad de aquellos gritos, porque la muerte es un viaje y al que se va no hay modo de detenerlo porque se va quedándose.
Cuando vine a saber de mí y a regresar de aquella gran sorpresa, me llevaban por la calle atado entre el odio de las gentes. Desde entonces estoy en la cárcel.
Barrabás calló, viéndose las uñas con su gesto habitual. El carcelero cortó el silencio.
— ¿Por qué no dijiste eso a los jueces?
— No me lo preguntaron.
— El murmullo de las conversaciones de todas las gentes amontonadas en el calabozo se hacía denso como un coro. El viento sacaba un ruido de agua de los árboles del patio. El carcelero había quedado en cuclillas delante del preso.
De pronto Barrabás tomándolo por un brazo le preguntó con ansiedad, casi con angustia:
— ¡Oye! ¿A quién se crucifica?
— A los que han cometido un delito.
— ¿Unicamente?
— Unicamente.
— A mí ¿me van a crucificar?
— Sí.
— ¡No puede ser! ¿Qué delito he cometido?
El guardia quedó confuso no hallando respuesta. En lo áspero de su inteligencia comprendía que aquella pregunta encerraba algo transcendental. Con movimientos mecánicos comenzó a acariciarse la barba como un autómata.
Repentinamente se le iluminó el rostro como si hubiese hecho un hallazgo.
— Barrabás. Has cometido un delito. Tu muerte está justificada. Es un delito grave.
— ¿Estás loco? Cuál…
— Uno que hay que castigar muy duramente.
— ¿Cuál?
— El delito de callar.
— ¿Callar?
— Sí. Sabías la verdad y la enterraste dentro de tu boca.
El carcelero se levantó con aire satisfecho, era el hombre justificado, y continuó su paseo tedioso y lento, lento y abrumado, sin fijarse en la expresión abstraída del rostro del prisionero que declamaba como una letanía a media voz:
— El delito de callar…!
— ¿No estabas muerto?, parecía que la voz de la mujer salía de aquel tono violeta del cielo. ¿No te habían matado?
Y le corría las manos, como modelándolo por todo el contorno de la figura.
— Barrabás, mi hombre, dime ¿es que me he muerto yo también y estoy viendo las sombras, o es cierto que estás, en tu voz y en tu sangre, delante de mí?
El hombre, tomándole la cabeza con las manos le respondió:
— Estoy metido en un gran asombro, y no creo estar vivo porque así debe ser la confusión de la muerte. ¿Crees que vivo?
— Sí. Ahora siento la seguridad. ¿Por qué no habrías de estarlo? Vives y te veo.
— Tú lo dices. Debe ser así.
Pero Barrabás era ingenuo y alegre y ahora estaba triste; era dulce y despreocupado y estaba torvo; era indiferente y en el rostro se le inmovilizaba la obsesión.
— Mujer, ¿lo habías oído decir alguna vez? La verdad es un delito. Un delito horrendo. ¿Sabes?
— Estás delirando. ¿Qué te pasa?
Barrabás calló, dejándose posar la mirada sobre le borde de las uñas mugrientas y salvajes, como era su costumbre.
— Yo estaba preso , ¿sabes?
— Sí.
— Y me iban a crucificar.
— ¡Jehová te ha salvado, mi hombre!
— ¡No!. Es falso. No me ha salvado Jehová. Me salvó un delito.
— ¿Cuál? ¿El tuyo? Estás loco…
— No, el de otro. Pero cállate. No me interrumpas.
El hombre quedó en silencio un rato como ordenando sus ideas y luego prosiguió en su conversación con la lentitud de quien va sembrando.
— Me iban a crucificar. Pero, sabes, cuando llega la Pascua se acostumbra soltarle un preso al pueblo. El que él quiera. Escogen a dos para que el pueblo elija a uno de entre ellos. Yo fui uno de los llamados. Pero no tenía esperanza. Tenía sobre mí un gran crimen.
La mujer le interrumpió:
— Sí, habías muerto al hijo de Jahel.
— No, no era ese m crimen. Mi crimen era otro. Otro que no comprendo: callar. Me lo dijo el carcelero. Me dijo también que era horrible y sin perdón. Callar. Esto parece absurdo ¿verdad? Pues no, no lo es. Esto es diáfano, esto se explica; absurdo fue lo otro, inexplicable, como un sol a media noche.
Y Barrabás quedó en silencio por un momento como si las palabras se le hubiesen despeñado en un abismo.
—Sabes, vino a buscarme el carcelero, el mismo con quien había hablado antes, y me llevó por los corredores vestido con el ruido de mis cadenas. En el camino me dijo:
— ¿Tienes esperanza o no?
Yo le respondí:
— No sé. ¿Sabes quién es el otro?
— Sí, me han dicho que se llama Jesús. Creo que es un maniático.
Delante del Pretorio se había derramado el pueblo, y el pueblo me veía, y veía al Gobernador, oloroso de flores, y al otro reo. El otro reo era un pobre hombre flaco, con aspecto humilde, y con unos grandes ojos que le cogían media cara.
El Gobernador interrogó al pueblo: “¿Cuál de los dos queréis que os suelte?” y yo sentía dentro de mí cómo se me desbocaba el corazón de angustia. Pero entonces empezaron todos a dar grandes voces: “A Barrabás. A Barrabás” como un mar que hablase.
Yo sentí emoción. Toda aquella gente me aclamaba y me conocía. Pero al volverme vi el rostro del otro prisionero que estaba humillado como si los gritos lo apedreasen y empecé asentir lástima, porque pensé que en el martirio aquel hombre sufriría má que yo.
Como el carcelero estaba a mi lado, pude decirle al oído:
— Este ¿es Jesús?
— Sí.
— Su crimen debe haber sido mucho más grande que el mío. ¿De qué se le acusa?
— Desprecia las leyes de César. Promete hacer cosas sobrenaturales. Es un gran vanidoso. Asegura que él sólo dicer la verdad.
— ¿Es eso un delito?
— Un gran delito.
El guardia no dijo más, pero dentro de mí, como un viento, se metió este asombro. No sé si he soñado, si estoy muerto, o si es mi sangre y mi voz la que le habla.
Igual que al través de una tiniebla vi al Gobernador que se lavaba las manos en un jarro, como hacen los hombres después que han comido.
Me soltaron las cadenas, y caí entre aquella resaca de gentes como un madero.
Y ahora mujer, quiero que me digas. ¿Lo habías oído decir alguna vez? ¿Es que las palabras pueden echar puñados de confusión sobre la vida? ¿Habías oído alguna vez cosa semejante?
Sin esperar respuesta salió al camino que se hundía en los ojos de la mujer. El cielo estaba sembrado de violetas y Barrabás se destacaba en su fondo como un bloque de piedra desbastado a hachazos.





ARTURO USLAR PIETRI



 
De: Barrabás y otros relatos




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GUARDAR LA CUARESMA


El padre López salió el Miércoles Santo, después de misa, a dar una charla en un centro de Alcohólicos Anónimos y, como sabía que iba a regresar de noche y en esos días estaba haciendo una brisa fresca -cosa rara, porque Semana Santa aquí es muy caliente- , se puso una chaqueta encima del traje. A medianoche, cuando regresaba, un hombre lo detuvo en la calle, poniéndole el cañón de un revolver en las costillas. Le pidió la billetera y la chaqueta. Pero apenas el hombre se dió cuenta de que su víctima era un cura, le devolvió las cosas. «Tome, padre» , le dije «yo soy incapaz de asaltar a un sacerdote y menos en Semana Santa».  «Pués , me alegro» , le contestó el padre López, mientras, para pasar el susto, sacaba un par de cigarrillos de una cajetilla que llevaba en la chaqueta. El padre encendió uno para fumárselo el y otro para el ladrón, pero el ladrón retrocedió, diciéndole:  «No, gracias, padre, yo no fumo durante la cuaresma» 






ARMANDO JOSE SEQUERA








De: La comedia urbana




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POR ESOS CAMINOS DE LA MUERTE

Yo lo supe, siempre lo supe, ¡claro que lo sabía! yo les dije a ustedes que tarde o temprano esto iba a pasar. Pero ustedes nunca me creyeron, me dijeron achacosa, que yo lo que hablaba era puro cuento de camino, que mi vida se había quedado detenida en las historias de mis ancestros, que ignoraba que hoy existía internet, que el hombre había llegado a la luna, que habían descubierto el genoma humano, que si los clones y el etanol...
Pero, estaban equivocados, nunca me dieron la razón. Porque la ley de la vida y sus misterios son implacables. Yo les dije que, más temprano que tarde, se iban a doblegar ante los embrollos de la naturaleza y sus cosas sagradas.
Ustedes nada que me creían y se fueron de madrugada por esos caminos, y no es nada, que se llevaron a Miguel, a mi Maraco, a ese que parí a orillas del río en tiempos de la peste, ese que tuve que ocultar bajo la maleza para que su padre no lo ahogara, por temor a que fuera un espectro del demonio, que sobrevivía a la muerte para traer desgracia.
Fueron ustedes quienes me lo arrastraron a la desgracia y ahora está allí, en esa sala fría, apretujado en ese cajón, rodeado de velones, de trinitarias y cayenas, con la tragedia en la cara, la misma tragedia que le borró su sonrisa, su alegría. Todo, por culpa de ustedes y de ese río que al final terminó reclamándolo.
Cuando les dije que, hoy Viernes Santo no se fueran al río, porque estaba escrito que el río siempre reclama un alma el Viernes Santo, ustedes dijeron: esta vieja está requete loca!. Y cuando les insistí que no se fijaran en mujer desconocida, me llamaron celópata!. Y nada, allí está, se van para el río hartos de miche, y tabaco, se ponen a esperar mujeres, cuando saben que estas tierras son selva, soledad, purgatorio, infierno.
Y no vieron que no era mujer sino espanto, la que se les acercó para pedirles fuego, les sonrió a todos, les preguntó que cuál era el menor y allí con sus juergas del diablo, le señalaron a Miguelito, mi Miguelito; ese que estos oídos no volverán a escuchar, estos brazos jamás abrazarán y esta memoria atajará en sus recuerdos para que no se me desintegre en el olvido.
Lo cierto es que empezaron a convidar a Miguel con eso de que: agárrala, apriétala, bésala, dile que te gusta, báñate con ella. Y mi muchacho, seguro que nervioso, asustado o tímido. Cansado con eso de que si no conseguía novia iba a parar en maricón, que no enamoraba ni a las burras, que no se le paraba ni con chuchuguasa, no le quedó otra cosa que obedecé a sus caprichos ingratos y de terror.
A él, que yo lo soñaba cura, monseñor, mi puerta al cielo, ustedes me le llenaron la cabeza de espantos.
Fue por eso que Miguelito comenzó a enamorá a esa mujer y ella seguro que aceptó. Claro, si era hija del mismísimo mandinga y cuando mi muchacho estaba emocionado, lo invitó a bañarse al río y este tonto, le hizo caso y se metió en esas aguas.
Quién le dijo que se metiera al río, tan crecido en esta época. Y mi muchacho que nadaba tan poco, pero con el valor que había agarrado no se iba a detener. Era Viernes Santo. ¡Ave María Purísima!.
Y es por eso que le empezaron a brotar escamas por los pies, por los tobillos, por las piernas y las uñas le crecieron como garfios y se le abrieron esas troneras profundas en el cuello y se le saltonearon los ojos y nadie lo vio, ni lo escuchó gritar, cuando la mujer comenzó a abrazarlo.
Segurito que aplaudían cuando ya no vieron mas en el río ni a Miguel ni a la mujer. Y fue allí, en medio de los silbidos, las risas, los aplausos, las groserías, que una cola de ballenato pequeña sobresalió del río y vieron que la mujer se había transformado en sirena, esa misma que tiene más de doscientos años saliendo por estos ríos, esa que dicen que viene de la Playa, que sube por los caños a contracorriente para llevarse el alma de los incautos, que entran a las aguas en días santos.
Bueno, gracias a Dios no se llevó su cuerpo. Miguelito hoy está aquí en esta sala, todo escamado, con esas enormes aletas pegadas en los pulmones, con los ojos brotados, los labios hinchados y esas troneras abiertas en el cuello.
No se lo llevó la infeliz, mis oraciones a la Virgen de las Mercedes, a San Miguel Arcángel, a Santa Elena y ese río revuelto, me lo trajeron de regreso.
Mañana lo velaremos, le daremos sagrada sepultura y si es por mí, ustedes váyanse al río y báñense a ver si la sirena les arranca la vida. Así Miguelito no se me va solo, por esos caminos de la muerte.



JOSE JAVIER SANCHEZ


De: Antología sin fin