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lunes, 25 de abril de 2016

Folio 23


 

Folio  23



a Francisco Ardiles



Allá abajo en la calle, una retreta se abre paso a la madrugada, haciendo coros gregorianos a ritmo de 6X8. En una habitación del piso 4, en el edificio mas mugriento de esa vereda, un hombre se ha convertido en cangrejo. Echado sobre algo que asemeja a un catre se sumerge en un charco de angustias que no le permite morir ahogado, pero que le humedece las entrañas. Allí rodeado de cientos de libros muy mal leídos, subestimados algunos, sobreestimados la mayoría, parece penetrar la vieja historia de sendak.

No halla atractivos, ni pasiones que inciten su escritura. Le resulta improductivo el suicidio (Es posible que nadie pueda notar su muerte) 

Cada vez come menos, ahora no bebe, nunca fumo y el sexo, hace días se le escapó por los techos, junto a su gato negro y unas guacamayas que lo visitaban en las mañanas.

El hombre hace varias noches comenzó a leer a un surrealista que publica notas breves en el facebook. 

Cuando le falla el internet la soledad lo arrincona.

Por eso en los últimos días ha retomado las lecturas de Borges, de Saramago, de Silvia Plath, del viejo Ivo y claro de Juan Sánchez Peláez. Todo esto como tratando de encontrar interrogantes. 

Él sabe que la verdadera muerte acontece cuando se acaban las preguntas. 

Hoy no hay internet, por esta noche solo lee, lee y lee, buscando preguntas, interrogantes, dudas, que le abran el apetito a nuevas pasiones que le permitan avanzar.



JJ







martes, 30 de diciembre de 2014

La navidad del niño campesino





La navidad del niño campesino



El niño estaba limpiando la huerta con su pequeña escardilla. Largos hilos de frijol parecían nacerle en los pies. Un ancho sombrero le caía sobre la frente, donde las gotas de sudor eran como perlas amontonadas. Nos miró fijamente. Esperaba que le dijéramos algo.

—Dinos cómo es tu nombre, y cuántos años tienes.

—Luis Vicente, y tengo nueve años.

—¿Estás en la escuela?

—Sí, en primer grado.

—¿Qué te gustaría ser: músico, médico o pintor?

—Pintor.

—¿Sabes tú lo que es un pintor?

—¡Guá! Uno que pinta muñecos.

Dio un escardillazo en el suelo; un bocado verdinegro salió prendido al filo de la escardilla, dejando al descubierto el negro corazón de la tierra.

—¿Vas todos los días a la escuela?

—No, algunas veces no voy.

—¿Y qué haces cuando no vas?

—¡Guá! Voy pa'l río a buscá agua, o a buscá leña; o si no voy pa'l conuco.

—¿Sabes tú quién es San Nicolás, y el Niño Jesús?

—El niño Jesús no sé quién es, pero a San Nicolás sí lo he visto pintao: es un viejito con una chivota largotota.

—¿Te ha traído San Nicolás juguetes en diciembre?

—No, él nunca me ha traído ná.

—Si este año te lo trajera, ¿qué te gustaría que te regalara?

Se quedó pensando un instante; luego respondió:

—Una pistolita de agua como las que tienen los muchachitos de La Palma.

—¿Y quiénes son esos muchachitos?

—Los hijos de Don Enrique, el amo de la vaquera y de las tierras.

—¿Y tú no tienes con qué jugar en tu casa?

—Yo sí... tengo una “china”, un carrito con ruedas de ceiba, y un trompito.

Y no preguntamos más. Allí lo dejamos con su escardilla y el deseo de aquella pistolita. Abajo, en la hondonada, el río parecía tornarse altivo. La risa de los niños era como un golpear de espumas, la voz de la cigarra más triste, y mientras un hilo oscuro se fugaba a través del cañizo, oímos un nombre: José. Estaba arrinconado a la puerta de su choza, con un pedazo de terrón entre las manos. Y más allá, Pedro, y Francisco, y Juan, que igual pudieran ser: Ernesto, o Ramón, o Jacinto, jugaban con piedras y con carritos de ruedas de ceiba.

Dejamos el pueblo, la escuela, y la pequeña capilla con su campanario blanco. A lo lejos quedaron las chozas como negros murciélagos, y las manitas vacías de los niños que nos decían adiós.


 RAFAEL ZARRAGA