sábado, 19 de abril de 2014

CUENTOS VENEZOLANOS DE LA SEMANA MAYOR



EL PEQUEÑO NAZARENO

El miércoles santo, el pequeño Nazareno de túnica morada y grueso cordón blanco, a nudos, bien ceñido alrededor de la cintura, sube –o debería subir– entre papá y mamá, por la calle que conduce a la iglesia del Nazareno. Pero no está dando pruebas, en absoluto, de aquella nazarena paciencia y resignación correspondientes al personaje y a la indumentaria que le han sido asignados. Todo lo contrario, demuestra un verdadero humor de perros –un humor como pocas veces se habrá visto en un Nazareno en Miércoles Santo–; rezonga y lloriquea, y en vez de seguir a papá y mamá dócilmente, se hace halar, y otras veces empujar, por uno de ellos dos. Intentan ambos convencerlo, le ruegan, lo halagan, le prometen recompensas para luego, para un poco más tarde, cuando ya la visita al templo haya sido hecha, la devoción cumplida, y la promesa, pagada, de acuerdo con los términos del devoto convenio celebrado entre ellos y el Nazareno de los milagros.
El pequeño Nazareno, no cabe duda, es duro y terco; ningún ofrecimiento hace mella en su actitud –que es de franco sabotaje–; nada ni nadie lo obliga a ir más ligero ni a dejar una cara menos agria. Cuando un helado de guanábana le es gentilmente ofrecido (esto último en patente contradicción con todas las tradiciones respecto al trato a acordarse a nazarenos, las cuales no incluyen en absoluto helados de guanábana, sino hiel en hisopos en perspectiva únicamente), cuando el helado, pues, le fue ofrecido, el pequeño Nazareno lo arrojó al suelo, sin ceremonia ni compasión. Peor aún, sin apetito. Es entonces, en ese instante crucial, cuando papá le da la bofetada en la mejilla –volviendo, ahora, de repente, a la observancia de las viejas prácticas que repiten la manera de proceder con nazarenos y redentores. En atención a lo sucedido, a la corrección, hubiera podido creerse que el pequeño Nazareno se hubiera finalmente resignado a representar bien su papel y a convertirse en viva imagen del gran Nazareno a cuya iglesia era llevado por papá y mamá. ¡Pero nada de eso! Se puso furioso –aún más que antes–; se desencadenó, materialmente, chillando y pataleando, y haciéndose llevar a rastras de ahí en adelante.
Perdiendo el último resto de su santa calma, y alzándose la túnica en plena calle concurrida, mamá le da unos cuantos cordonazos, “a posteriori”, si puede decirse así, con el mismísimo cordón de color blanco y de gruesos nudos que le estrecha la cintura, la delgada cintura, al pequeño diablo indócil.
El pequeño Nazareno, pues, para este instante –para esa “estación”, diremos mística, de su ruta–, ha sido ya debidamente halado, empujado, golpeado, abofeteado y azotado. Está, además, bañado en lágrimas, y su larga túnica violeta de vistosos pliegues aparecía toda ella, también maculada por salpicaduras, no de sangre, pero sí de guanábana –provenientes del helado que fue lanzado por él mismo contra el cemento de la acera, contribuyendo así a su propio castigo y sufrimiento. Sin nadie proponérselo, se daba entero cumplimiento a todo, o a casi todo, el ritual correspondiente a nazarenos, grandes o pequeños, forzosos o espontáneos, antiguos o modernos. El pequeño Nazareno seguía gritando. Una nutrida concurrencia presenciaba el espectáculo. Si no fuera por la decadencia de la fe en los días que corren –de la fe en Dios y de la fe en el Diablo–, es casi seguro que lo hubieran acusado, allí mismo, de endemoniamiento agudo. Lo hubieran exorcizado, o hasta lo hubiesen quemado, ¡quien sabe! Todos los otros nazarenos que había por la calle lo contemplaban con ojos de asombro.

 

 JULIO GARMENDIA



 
Del libro: La hoja que no había caído en su otoño  (1979)



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EL LIMONERO DEL SEÑOR


En la esquina de Miracielos
agoniza la tradición.
¿Qué mano avara cortaría
el limonero del Señor...?
Miracielos; casuchas nuevas,
con descrédito del color;
antaño hubiera allí una tapia
Y una arboleda y un portón.
Calle de piedra; el reflejo
encalambrado de un farol;
hacia la sombra, el aguafuerte
abocetada de un balcón,
a cuya vera se bajara,
para hacer guiños al amor,
el embozo de Guzmán Blanco
En algún lance de ocasión.
En el corral está sembrado,
junto al muro, junto al portón,
y por encima de la tapia
hacia la calle descolgó
un gajo verde y amarillo
el limonero del Señor.
Cuentan que en pascua lo sembrara,
el año quince, un español,
y cada dueño de la siembra
de sus racimos exprimió
la limonada con azúcar
Para el día de San Simón.
Por la esquina de Miracielos,
en sus Miércoles de dolor,
el Nazareno de San Pablo
Pasaba siempre en procesión.
Y llegó el año de la peste;
moría el pueblo bajo el sol;
con su cortejo de enlutados
pasaba al trote algún doctor
y en un hartazgo dilataba
su puerta «Los Hijos de Dios».
La Terapéutica era inútil;
andaba el Viático al vapor
Y por exceso de trabajo
se abreviaba la absolución.
Y pasó el Domingo de Ramos
y fue el Miércoles del Dolor
cuando, apestada y sollozante,
la muchedumbre en oración,
desde el claustro de San Felipe
hasta San Pablo, se agolpó.
Un aguacero de plegarias
asordó la Puerta Mayor
y el Nazareno de San Pablo
salió otra vez en procesión.
En el azul del empedrado
regaba flores el fervor;
banderolas en las paredes,
candilejas en el balcón,
el canelón y el miriñaque
el garrasí y el quitasol;
un predominio de morado
de incienso y de genuflexión.
—¡Oh, Señor, Dios de los Ejércitos.
La peste aléjanos, Señor...!
En la esquina de Miracielos
hubo una breve oscilación;
los portadores de las andas
se detuvieron; Monseñor
el Arzobispo, alzó los ojos
hacia la Cruz; la Cruz de Dios,
al pasar bajo el limonero,
entre sus gajos se enredó.
Sobre la frente del Mesías
hubo un rebote de verdor
y entre sus rizos tembló el oro
amarillo de la sazón.
De lo profundo del cortejo
partió la flecha de una voz:
—¡Milagro...! ¡Es bálsamo, cristianos,
el limonero del Señor...!
Y veinte manos arrancaban
la cosecha de curación
que en la esquina de Miracielos
de los cielos enviaba Dios.
Y se curaron los pestosos
bebiendo el ácido licor
con agua clara de Catuche,
entre oración y oración.
Miracielos: casuchas nuevas;
la tapia desapareció.
¿Qué mano avara cortaría
el limonero del Señor...?
¿Golpe de sordo mercachifle
o competencia de Doctor
o despecho de boticario
u ornamento de la población...?
El Nazareno de San Pablo
tuvo una casa y la perdió
y tuvo un patio y una tapia
y un limonero y un portón.
¡Malhaya el golpe que cortara
el limonero del Señor...!
¡Mal haya el sino de esa mano
que desgajó la tradición...!
Quizá en su tumba un limonero
floreció un día de Pasión
y una nueva nevada de azahares
sobre la cruz desmigajó,
como lo hiciera aquella tarde
sobre la Cruz en procesión,
en la esquina de Miracielos,
¡el limonero del Señor...!



ANDRES ELOY BLANCO


De: Poesía




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BARRABAS



Su linaje venía de Bethábara, en el país de los Gadarenos.
Tenía las barbas negras y pobladas como una lluvia, bajo unos ojos ingenuos de animal, y entre los nombres innumerables el suyo era Barrabás.
Conocía los libros sagrados, era caritativo y respetuoso, guardaba el sábado y sabía que Jehová era terrible y poseía una muchedumbre de manos y en la punta de cada dedo un castigo.
Era el mediodía. Un viento perezoso se derramaba sobre el patio y desbordaba entre las rejas del calabozo. El aire estaba aplastado de un olor indefinible y molesto.
Había allí gran cantidad de gentes hacinadas, ladrones, prostitutas, vagos, uno que otro perro de lanas lagañoso, y un soldado con armas que hacía la guardia caminando de un extremo a otro con rapidez, tal como si se propusiese dejar plegada una distancia muy larga.
En una vuelta lo enfocó con los ojos: entre las barbas le resaltaba la piel pálida como el agua sobre las piedras. A la mirada siguió la interrogación.
— ¿Yo? Barrabás…
— ¿Barrabás?… ¡Ah! Sí. El asesino. ¿Sabes? Te van a matar.
— Sí. Ya lo sé, respondió con indiferencia por decir algo, callando para contemplarse con abstraimiento las uñas largas y sucias. El guardia continuó su paseo.
Al volver a pasar junto a él, continuando en su posición, le preguntó:
— Oye, ¿como que dijiste algo de matarme? ¿Ah?
— Sí. Te crucificarán. Ya está dicho.
El otro siguió en su vuelta monótona y Barrabás tornó a meterse aquella mirada torpe en el hueco de las manos.
Pasado un rato volvió a llamar al guardia.
— Mira. ¿Sabes acaso a quién he matado?
— Sí. Al hijo de Jahel. Le diste de puñaladas.
— El hijo de Jahel… ¿Es todo?
— No. También apareces complicado en el motín.
— En el motín… ¡Ah! Bueno… Espera. Mira. No te vayas. ¿Sabes? Todo eso que has dicho es mentira, todo, todo. Pero ¿me matarán de todos modos? Claro. Me matarán. ¡Ps!… ¡Entonces…!
— Entonces, ¿qué? Piensas acaso hacerte el inocente. Es inútil. Jahel lo ha dicho todo. Venías en la gran nube de gritos de los del motín y cuando los soldados los sorprendieron en la calle, tú, para salvarte, te entraste en la casa de ella por la ventana. Lo demás lo sabes mejor que yo.
Barrabás permaneció callado. Al cabo de un instante, como bajo el imperio de una idea súbita, dijo:
— Oye… Todo eso es mentira ¿sabes? No es necesario. Ya sucedió. Bueno. Pero te lo voy a contar para… ¿Tienes hijos? Bueno. Pues para eso. Para que un día se lo cuentes a ellos cuando no recuerdes nada mejor. No conozco a Jahel, ni conocí a su hijo, ni sé la cara que les modeló Jehová y esto es cierto como una vida.
Una noche, había tanta luna que parecía un día convaleciente, venía yo por las calles, caminando, como hacen los hombres cuando no tienen que hacer. También los comerciantes! Cuando de pronto, siento desembocar en una esquina uan turba de hombres con armas y gritos corriendo a todo correr. Venían sobre mí como un manicomio suelto. ¿Nunca te ha pasado eso, guardia?
— No mientas, era el motín y tú venías con él.
— No miento. Venían sobre mí. Además lo que uno cree, es como si efectivamente fuese, o quizás más. Te digo, pues, que venían sobre mí y yo me eché a huir. Corrían como cosas, no como hombres ¿sabes? no se fijaban en mí, ni gritaban mi nombre, entonces comprendí que si me alcanzaban habría de perecer bajo la lluvia de sus pies. Había una ventana abierta y me tiré por ella como una piedra. Di vueltas sobre un lecho y caí en un rincón. El que dormía se despertó dando voces de alarma.
Tú sabes, el que viene hace rato en la oscuridad ve; el que despierta no ve. Yo veía como desde otra cama se alzaba también una sombra y cómo las dos se enlazaron y lucharon furiosamente. Desde mi rincón yo comprendía que me buscaban a mí. Cayeron al suelo: una arriba, una debajo. Y la de abajo dio un sólo grito y se quedó callada. Desde mi rincón yo comprendía que la de abajo había ocupado mi lugar. Al grito vinieron las gentes y las luces y me encontraron a mí delante de una muejr desgreñada y temblorosa y en medio de los dos un hombre con un cuchillo de través en el pecho.
Y la mujer comenzó a dar alaridos y a decir: “Mi hijo. ¡Mi hijo mío! ¡Me lo mataron!”; mientras se restregaba sobre él besándole y manchándose de sangre.
Entre sus voces me veía con odio y exclamaba: “El asesino. Ahí está. Llévenselo. ¡Me lo ha matado! ¡El asesino!!” Y todos me veían con los ojos vidriados de odio, pero yo no comprendía.
Aquello era demasiado extraordinario y violento; empecé a sentir lástima por aquella mujer que había matado su carne, y pensaba en la inutilidad de aquellos gritos, porque la muerte es un viaje y al que se va no hay modo de detenerlo porque se va quedándose.
Cuando vine a saber de mí y a regresar de aquella gran sorpresa, me llevaban por la calle atado entre el odio de las gentes. Desde entonces estoy en la cárcel.
Barrabás calló, viéndose las uñas con su gesto habitual. El carcelero cortó el silencio.
— ¿Por qué no dijiste eso a los jueces?
— No me lo preguntaron.
— El murmullo de las conversaciones de todas las gentes amontonadas en el calabozo se hacía denso como un coro. El viento sacaba un ruido de agua de los árboles del patio. El carcelero había quedado en cuclillas delante del preso.
De pronto Barrabás tomándolo por un brazo le preguntó con ansiedad, casi con angustia:
— ¡Oye! ¿A quién se crucifica?
— A los que han cometido un delito.
— ¿Unicamente?
— Unicamente.
— A mí ¿me van a crucificar?
— Sí.
— ¡No puede ser! ¿Qué delito he cometido?
El guardia quedó confuso no hallando respuesta. En lo áspero de su inteligencia comprendía que aquella pregunta encerraba algo transcendental. Con movimientos mecánicos comenzó a acariciarse la barba como un autómata.
Repentinamente se le iluminó el rostro como si hubiese hecho un hallazgo.
— Barrabás. Has cometido un delito. Tu muerte está justificada. Es un delito grave.
— ¿Estás loco? Cuál…
— Uno que hay que castigar muy duramente.
— ¿Cuál?
— El delito de callar.
— ¿Callar?
— Sí. Sabías la verdad y la enterraste dentro de tu boca.
El carcelero se levantó con aire satisfecho, era el hombre justificado, y continuó su paseo tedioso y lento, lento y abrumado, sin fijarse en la expresión abstraída del rostro del prisionero que declamaba como una letanía a media voz:
— El delito de callar…!
— ¿No estabas muerto?, parecía que la voz de la mujer salía de aquel tono violeta del cielo. ¿No te habían matado?
Y le corría las manos, como modelándolo por todo el contorno de la figura.
— Barrabás, mi hombre, dime ¿es que me he muerto yo también y estoy viendo las sombras, o es cierto que estás, en tu voz y en tu sangre, delante de mí?
El hombre, tomándole la cabeza con las manos le respondió:
— Estoy metido en un gran asombro, y no creo estar vivo porque así debe ser la confusión de la muerte. ¿Crees que vivo?
— Sí. Ahora siento la seguridad. ¿Por qué no habrías de estarlo? Vives y te veo.
— Tú lo dices. Debe ser así.
Pero Barrabás era ingenuo y alegre y ahora estaba triste; era dulce y despreocupado y estaba torvo; era indiferente y en el rostro se le inmovilizaba la obsesión.
— Mujer, ¿lo habías oído decir alguna vez? La verdad es un delito. Un delito horrendo. ¿Sabes?
— Estás delirando. ¿Qué te pasa?
Barrabás calló, dejándose posar la mirada sobre le borde de las uñas mugrientas y salvajes, como era su costumbre.
— Yo estaba preso , ¿sabes?
— Sí.
— Y me iban a crucificar.
— ¡Jehová te ha salvado, mi hombre!
— ¡No!. Es falso. No me ha salvado Jehová. Me salvó un delito.
— ¿Cuál? ¿El tuyo? Estás loco…
— No, el de otro. Pero cállate. No me interrumpas.
El hombre quedó en silencio un rato como ordenando sus ideas y luego prosiguió en su conversación con la lentitud de quien va sembrando.
— Me iban a crucificar. Pero, sabes, cuando llega la Pascua se acostumbra soltarle un preso al pueblo. El que él quiera. Escogen a dos para que el pueblo elija a uno de entre ellos. Yo fui uno de los llamados. Pero no tenía esperanza. Tenía sobre mí un gran crimen.
La mujer le interrumpió:
— Sí, habías muerto al hijo de Jahel.
— No, no era ese m crimen. Mi crimen era otro. Otro que no comprendo: callar. Me lo dijo el carcelero. Me dijo también que era horrible y sin perdón. Callar. Esto parece absurdo ¿verdad? Pues no, no lo es. Esto es diáfano, esto se explica; absurdo fue lo otro, inexplicable, como un sol a media noche.
Y Barrabás quedó en silencio por un momento como si las palabras se le hubiesen despeñado en un abismo.
—Sabes, vino a buscarme el carcelero, el mismo con quien había hablado antes, y me llevó por los corredores vestido con el ruido de mis cadenas. En el camino me dijo:
— ¿Tienes esperanza o no?
Yo le respondí:
— No sé. ¿Sabes quién es el otro?
— Sí, me han dicho que se llama Jesús. Creo que es un maniático.
Delante del Pretorio se había derramado el pueblo, y el pueblo me veía, y veía al Gobernador, oloroso de flores, y al otro reo. El otro reo era un pobre hombre flaco, con aspecto humilde, y con unos grandes ojos que le cogían media cara.
El Gobernador interrogó al pueblo: “¿Cuál de los dos queréis que os suelte?” y yo sentía dentro de mí cómo se me desbocaba el corazón de angustia. Pero entonces empezaron todos a dar grandes voces: “A Barrabás. A Barrabás” como un mar que hablase.
Yo sentí emoción. Toda aquella gente me aclamaba y me conocía. Pero al volverme vi el rostro del otro prisionero que estaba humillado como si los gritos lo apedreasen y empecé asentir lástima, porque pensé que en el martirio aquel hombre sufriría má que yo.
Como el carcelero estaba a mi lado, pude decirle al oído:
— Este ¿es Jesús?
— Sí.
— Su crimen debe haber sido mucho más grande que el mío. ¿De qué se le acusa?
— Desprecia las leyes de César. Promete hacer cosas sobrenaturales. Es un gran vanidoso. Asegura que él sólo dicer la verdad.
— ¿Es eso un delito?
— Un gran delito.
El guardia no dijo más, pero dentro de mí, como un viento, se metió este asombro. No sé si he soñado, si estoy muerto, o si es mi sangre y mi voz la que le habla.
Igual que al través de una tiniebla vi al Gobernador que se lavaba las manos en un jarro, como hacen los hombres después que han comido.
Me soltaron las cadenas, y caí entre aquella resaca de gentes como un madero.
Y ahora mujer, quiero que me digas. ¿Lo habías oído decir alguna vez? ¿Es que las palabras pueden echar puñados de confusión sobre la vida? ¿Habías oído alguna vez cosa semejante?
Sin esperar respuesta salió al camino que se hundía en los ojos de la mujer. El cielo estaba sembrado de violetas y Barrabás se destacaba en su fondo como un bloque de piedra desbastado a hachazos.





ARTURO USLAR PIETRI



 
De: Barrabás y otros relatos




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GUARDAR LA CUARESMA


El padre López salió el Miércoles Santo, después de misa, a dar una charla en un centro de Alcohólicos Anónimos y, como sabía que iba a regresar de noche y en esos días estaba haciendo una brisa fresca -cosa rara, porque Semana Santa aquí es muy caliente- , se puso una chaqueta encima del traje. A medianoche, cuando regresaba, un hombre lo detuvo en la calle, poniéndole el cañón de un revolver en las costillas. Le pidió la billetera y la chaqueta. Pero apenas el hombre se dió cuenta de que su víctima era un cura, le devolvió las cosas. «Tome, padre» , le dije «yo soy incapaz de asaltar a un sacerdote y menos en Semana Santa».  «Pués , me alegro» , le contestó el padre López, mientras, para pasar el susto, sacaba un par de cigarrillos de una cajetilla que llevaba en la chaqueta. El padre encendió uno para fumárselo el y otro para el ladrón, pero el ladrón retrocedió, diciéndole:  «No, gracias, padre, yo no fumo durante la cuaresma» 






ARMANDO JOSE SEQUERA








De: La comedia urbana




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POR ESOS CAMINOS DE LA MUERTE

Yo lo supe, siempre lo supe, ¡claro que lo sabía! yo les dije a ustedes que tarde o temprano esto iba a pasar. Pero ustedes nunca me creyeron, me dijeron achacosa, que yo lo que hablaba era puro cuento de camino, que mi vida se había quedado detenida en las historias de mis ancestros, que ignoraba que hoy existía internet, que el hombre había llegado a la luna, que habían descubierto el genoma humano, que si los clones y el etanol...
Pero, estaban equivocados, nunca me dieron la razón. Porque la ley de la vida y sus misterios son implacables. Yo les dije que, más temprano que tarde, se iban a doblegar ante los embrollos de la naturaleza y sus cosas sagradas.
Ustedes nada que me creían y se fueron de madrugada por esos caminos, y no es nada, que se llevaron a Miguel, a mi Maraco, a ese que parí a orillas del río en tiempos de la peste, ese que tuve que ocultar bajo la maleza para que su padre no lo ahogara, por temor a que fuera un espectro del demonio, que sobrevivía a la muerte para traer desgracia.
Fueron ustedes quienes me lo arrastraron a la desgracia y ahora está allí, en esa sala fría, apretujado en ese cajón, rodeado de velones, de trinitarias y cayenas, con la tragedia en la cara, la misma tragedia que le borró su sonrisa, su alegría. Todo, por culpa de ustedes y de ese río que al final terminó reclamándolo.
Cuando les dije que, hoy Viernes Santo no se fueran al río, porque estaba escrito que el río siempre reclama un alma el Viernes Santo, ustedes dijeron: esta vieja está requete loca!. Y cuando les insistí que no se fijaran en mujer desconocida, me llamaron celópata!. Y nada, allí está, se van para el río hartos de miche, y tabaco, se ponen a esperar mujeres, cuando saben que estas tierras son selva, soledad, purgatorio, infierno.
Y no vieron que no era mujer sino espanto, la que se les acercó para pedirles fuego, les sonrió a todos, les preguntó que cuál era el menor y allí con sus juergas del diablo, le señalaron a Miguelito, mi Miguelito; ese que estos oídos no volverán a escuchar, estos brazos jamás abrazarán y esta memoria atajará en sus recuerdos para que no se me desintegre en el olvido.
Lo cierto es que empezaron a convidar a Miguel con eso de que: agárrala, apriétala, bésala, dile que te gusta, báñate con ella. Y mi muchacho, seguro que nervioso, asustado o tímido. Cansado con eso de que si no conseguía novia iba a parar en maricón, que no enamoraba ni a las burras, que no se le paraba ni con chuchuguasa, no le quedó otra cosa que obedecé a sus caprichos ingratos y de terror.
A él, que yo lo soñaba cura, monseñor, mi puerta al cielo, ustedes me le llenaron la cabeza de espantos.
Fue por eso que Miguelito comenzó a enamorá a esa mujer y ella seguro que aceptó. Claro, si era hija del mismísimo mandinga y cuando mi muchacho estaba emocionado, lo invitó a bañarse al río y este tonto, le hizo caso y se metió en esas aguas.
Quién le dijo que se metiera al río, tan crecido en esta época. Y mi muchacho que nadaba tan poco, pero con el valor que había agarrado no se iba a detener. Era Viernes Santo. ¡Ave María Purísima!.
Y es por eso que le empezaron a brotar escamas por los pies, por los tobillos, por las piernas y las uñas le crecieron como garfios y se le abrieron esas troneras profundas en el cuello y se le saltonearon los ojos y nadie lo vio, ni lo escuchó gritar, cuando la mujer comenzó a abrazarlo.
Segurito que aplaudían cuando ya no vieron mas en el río ni a Miguel ni a la mujer. Y fue allí, en medio de los silbidos, las risas, los aplausos, las groserías, que una cola de ballenato pequeña sobresalió del río y vieron que la mujer se había transformado en sirena, esa misma que tiene más de doscientos años saliendo por estos ríos, esa que dicen que viene de la Playa, que sube por los caños a contracorriente para llevarse el alma de los incautos, que entran a las aguas en días santos.
Bueno, gracias a Dios no se llevó su cuerpo. Miguelito hoy está aquí en esta sala, todo escamado, con esas enormes aletas pegadas en los pulmones, con los ojos brotados, los labios hinchados y esas troneras abiertas en el cuello.
No se lo llevó la infeliz, mis oraciones a la Virgen de las Mercedes, a San Miguel Arcángel, a Santa Elena y ese río revuelto, me lo trajeron de regreso.
Mañana lo velaremos, le daremos sagrada sepultura y si es por mí, ustedes váyanse al río y báñense a ver si la sirena les arranca la vida. Así Miguelito no se me va solo, por esos caminos de la muerte.



JOSE JAVIER SANCHEZ


De: Antología sin fin

miércoles, 16 de abril de 2014

Semana Santa







Imagen: Nazareno motorizado
De: David Dávila


Semana Santa



El loro de la fortuna lo sacó en un papel de su baúl/

y se lo dió a la niña

y allí la suerte quedó echada

La niña se perdió entre las multitudes

y salimos con camisón añil

a desandar este valle de lágrimas



Ungüentos de aceites recorren nuestras várices

el sahumerio lo impregna todo

hileras de ranchos asemejan palacios romanos 



tiempos de pasión



Culebras ahogadas en alcohol 


parecen escapar

para engüir el silencio de los que se creen culpables



 

Cada año lloramos el vía crucis

caemos tres veces

colocamos siempre la otra mejilla

y el amor nos corona de espinas

y la vida nos azota en la columna

y la esperanza nos trae un manto sin verónicas

 

Son sólo tres clavos

para tanta energía disparada

Nos elevamos en cruz como quien se eleva a la muerte

no sabemos de los tres cual es mas delincuente o cual mas santo

bebemos el vinagre

y todo se hace tinieblas

 

Siempre nuestra madre llorando a nuestros pies

a pesar de que seamos horrorosos ruines miserables

y la vemos como espíritu frágil

porque nuestro ego no nos deja ver su fortaleza

Por eso no podemos líbranos de esta cruz

que es el mayor sacrificio a nuestro ego

De seguro no seremos recordados por los siglos
 


Sólo nos salvamos en esta semana mayor

por el milagro de resucitar en el silencio

en la humildad del abrazo compartido

del pan cortado en trozos para todos

de las semillas regadas para que la tierra se alimente

sin recado fatal

sin la apetencia de ser reconocidos



solo nos salvamos en esta semana mayor

si logramos

curtirnos

con la verdadera humildad

de eso

que significa ser iguales








José Javier Sánchez





lunes, 17 de marzo de 2014

Cesar Chrinos, El gran fabulador, homenajeado en la FILVEN 2014


CESAR CHIRINOS 













Es uno de los escritores venezolanos que nos presenta a través de su obra, como el hombre ha logrado hacer del lenguaje, el mas versatil de los constructos comunicacionales del habla, en particular del habla  venezolana y maracuhca
Con su escritura ha sabido hacer registro de la jerga, de los modismos, de los giros constructivos del lenguaje oral. Ha sabido representar las formas expresivas informales del habla y las ha eternizado en la escritura.
Dirían los puristas "son barbarismos", o en la menor de las alarmas pudieran expresar " que diran mis amistades si leen esto", pero lo cierto es que estamos ante un autor que ha sabido adentrarse en la psiquis de la comunicación, y desde sus formas ha logrado expresar como se expresa la gente corriente, autentica, de la calle.
Su lectura es un reto para los lectores, la cual exige atención, pero sobretodo un pacto, ese pacto intimo que asumimos cuando asistimos a una obra maestra y es compromiso nuerstro como lectores atrevernos a descifrarla, esta lectura no complace a nadie, no es la intensión del autor en ningún momento ser aceptado, no escribe para un público selecto. 
El es la voz de los despojados de alma escritural. Es la voz de los ebrios, de los marchantes, los buhoneros, camioneros, boxeadores, borrachos, prostitutas, de los cocineros, taxistas, amas de casa, fumadores, anarquistas, perversos, sacrilicos, beatos. De los olvidados.
Nació en Coro, estado Falcón, en 1935. Desde hace muchos años radicado en Maracaibo estado Zulia ha convertido su condición de origen es Falconiano -Zuliano. Ha publicado una obra reconocida en el campo de la dramaturgia y la narrativa. Entre sus novelas destacan Mezclaje , que obtuvo el premio Fundarte de novela en 1985; Sombrasnadamás (1992); Pellizco en la piel de un puerto (1994), y Si muero en la carretera no me pongan flores (Premio de la Dirección de Cultura de La Universidad del Zulia en 1997). Su exitosa obra de teatro Traje de etiqueta, montada por el grupo Sociedad Dramática de Maracaibo, asistió con notable éxito al Festival Internacional de Caracas en 1983 y al Festival de Guanajuato en México, 1984. Su más reciente obra, publicada por Monte Ávila Editores en la colección Continentes, lleva por título De las mías de mío caribe (2005). 

"Capítulo Tejido" es un album fotográfico de su ars poética






CAPITULO TEJIDO

 

Cesar Chirinos

A las 5 de la mañana un aroma de horno (Pedro Díaz abierto como un “paraguachín”). A las 5 y media una sirena en las nubes (la “Cervecería Zulia” llama al trabajo y al mismo tiempo a los colegiales para que se deslagañen). A un cuarto para las seis el locutor hablando con los habitantes de Santa Rosa de Agua para que no se les vaya el agua. A diez para las seis, la cañada otra vez en navidad: las Rita, las Aura, las Consuelo, las Ernestina, las Victoria y las Estrella (en cayapa) la están aseando de cara. A esa misma hora, la curvina, la lisa, el róbalo y el armadillo en la puerta. A las 7 el periódico (noqueado el abuelo Lumumba, las mujeres de Manzanillo buscan prestada una casa para “oficiarle” la “última noche” a Julio Jaramillo, muerto ayer. Dejó 26 hijos, ninguno es cantante, ninguno es artista). A las mismas 7, asalto a un camión blindado en el Tigre (Radio Calendario). A las 7 y veinte (si por casualidad lloviera a esa hora, como suele suceder) Dédalo, el hijo de Eulalia, estaría cogiendo las dádivas de Dios traídas por la corriente de la cañada (pedazos de colchones, mitades de radios, puertas de neveras, zapatos, etcétera que llega hasta la mina de metales preciosos descubierta cuando cae un aguacero). 7,15: el poeta sale para sus clases de latín en el Coquivacoa. Las ocho: los hijos de Misleydy se están explicando (cada uno en su versión) cómo fue la derrota del gallo que compraron en “vaca” por 120 bolivares. Las ocho: Guillermo Barrera (el locutor) leyendo los versos de Vargas Vila. Seguidamente, el mismo locutor poniendo “Puerto Cabello” y recordando un aniversario más del “Bolerista de América”. A las 8 y media, escribo el poema a las “caminadoras”, del que hablamos antes; en él las mujeres pintarrajeadas y trajeadas con zaraza de turco con pasaporte de libanés, aparecen contra miaos, sobre miaos, compañera mía, navegando en falso por hotel portuario. Las 10: el medidor de la luz, la camioneta del gas con su campanita, el viejito Salvador quien regresa del viaje de la compra del pan y se ha quedado varado esperando el viejito de los billetes de lotería, quien espera por el viejito Candelario. Ahí caerá también el viejito Aniceto, y más tarde, el viejito Socorrito. Distintas áreas pero una sola raíz: ya están asimilados a la cañada, tienen los mismos gustos, son crecidos al mismo tamaño, hablan las mismas palabras, calzan el mismo número, tienen la misma talla. Todo lo repiten y todo lo copian. Desde aquí se les oye su queja por las dos derrotas de los viejitos boxeadores. Socorrito compara a Lumumba con Sandy Sandle y Aniceto a Clay con el bombardero de Detroit. Salvador tiene un hijo periodista y es probable que lo que se le está oyendo (desde aquí) de Julio Jaramillo y sus 20 y pico de hijos y la casa prestada de las mujeres del Manzanillo, le cogió del periódico donde trabaja su hijo. A un perro llamado Kiko, Brancusi lo ha confundido con una perra llamada Kika y lo está montando, pero eso para Kiko y Brancusi es sólo un juego. A estas horas se sabe que es día de labores, no por el fogueo y las actividades, sudadas, violentas, llenas de vulgaridades, sino porque el inmigrante, conocido desde ayer nomás, está saliendo de su mediagua con sus mecates terciados en el pescuezo; él estudió en el INCE nudos de camión y por ese nombre se le conoce; habla de tú y “Vale” y fuma de una manera peculiar. Le siguen el “cólico miserere” de Misleydy y el camión de volteo de Asdrúbal haciendo de ambulancia directo al Urquinaona. A las 11 le roban a Eulalia el “picó” y sale en el periódico declarando y por la radio hablando. Eulalia le dice a Guillermo Barrera que a ella le gustan las desgracias porque así sale retratada en el Panorama. Doce del mediodía: “la danza de las horas” (“llevo los sacacaldos, los vasos de cama, las peinetas, los haraganes, los lampazos. Llevo los jojotos, llevo las papas, llevo la cebolla, llevo las patillas, llevo los mangos, llevo los aguacates, llevo la yuca, llevo ¡el sol que jode! Forro colchones, corto matas, limpio techo, tumbo paredes, pongo ampolletas, saco la pava, meto la pava. 

Juega para hoy, sietemilcuatrocieeentosuno, el millonario navideño!”). “La danza de las horas”: la campanita “Efe”. El burro del cepillaero templado y el glamour de los mocosos del beisbol de tapas de refrescos. El mismo burro enfriado a fuerza de paja (paja seca, se entiende). Están llamando a Eulalia para que sostenga a uno de los muchachos que no se quiere dejar poner una ampolleta en la nalga (“mijita, a ver si Dios quiere que se le quite esa tos de cajón que le ha caído”). Entre la discusión de la muerte del gallo y los versos de Vargas Vila, el diccionario para darle respuesta a Misleydy sobre si es o no “mala palabra” la palabra pene. Misleydy oyó decir en la última noche del cantante: “para que el alma de Julio Jaramillo no pene más”. Entre el diccionario y los versos, la gaita, la salsa, la fiesta de la calle Delgado:

San Benito lo que quiere que lo bailen las mujeres

San Benito lo que quiere que lo bailen las mujeres

San Benito lo que quiere que lo bailen las mujeres

Decimos que es día de trabajo y no nos equivocamos: si fuera domingo, todo este zoológico cambiaría por las mujeres de belleza extraña que nos reparten a Dios (un pedacito para cada uno) de casa en casa. Ya no las deseamos como la primera vez, las vemos como la serpiente que nos recetan, la de un paraíso corrompido y sádico, la biblia de sus designios malsanos, una biblia dentro de otra biblia. Tememos que en verdad sea carne desnuda diabólica y nos entra la curiosidad de descubrirla. Entre la llegada del turco del mentol y mi poema a las “caminadoras”, hay un vaso repleto de “Cadillo e perro” ingerido con deleite. La segunda biblia sólo es santa para calcular y seleccionar a los fulanos, zutanos, menganos y perencejos, a quienes corresponden los Adán, las Eva, los Elohim, los Edén, los querubines y las serpientes. Cuando ya los han asignado convenientemente, que las mujeres vírgenes de piel de hicaco se deshacen en entusiasmos porque creen haber inculcado sus mensajes, cuando, en realidad, es una sombra de entusiasmo pasajero, ellos toman la serpiente o la parábola de ella para jugar y apostar. El simple hecho de cambiar serpiente por culebra los hace competidores. Entre salir las mujeres descalzas en busca de camaradería y el “Cadillo e perro”, tenemos una llamada de larga distancia en la panadería. Entre el San Benito que quiere que lo bailen las mujeres y quedar mi novela en blanco, el San Benito bonchón, bañado con ron, sacrificado con ron, danzado con ron, gritando con ron. El patrono necesita de la voz de la sangre, no de la voz de la conciencia. La llamada es para otro escritor o para otro hombre, pues fue pedida por mí hace siglos, cuando estuve hecho un ovillo con un mismo tiempo para estar en todas partHes y en ninguna. Asumía las estaciones sombrías con sustancias corrosivas. Ahora no, ahora hiedo ortodoxamente a colapso. Me acuerdo de la parte del cuerpo de Lenin, del estudio de las cosas y de la parte del cuerpo de Mao, del proceso y desarraigo de las contradicciones. Debí pensar en Descartes y, antes, en mi participación, mitad activa, mitad pasiva.

Vuelve la rifera y su combo trayendo el 15, vuelve el hijo de Socorrito con los mismos datos para el 5 y 6. Vuelvo hacer el numerito de leer “El Inmoralista” en acecho, a Kafka como pato a la naranja, a Arrabal, intrépido del aire y Manhattan Transfer con Bud doblando el periódico cuidadosamente, aburrido, en silla de barbería, amarrado al cajón del limpiabotas. Vuelve el correo a decirme en una carta que la civilización antigua todavía existe. Los vecinos vuelven a tocar la puerta para decirnos: “¿dónde estaban anoche que no los sentimos?”. Se nos muere Brancusi y lo sentimos durante el tiempo que pasamos llevándolo a los sepultureros negros que vuelan. Empiezo el poema que yo me había imaginado dedicado a las “caminadoras” y que ahora toma cuerpo de Diciembre, donde parece que empiezan todas las cosas y terminan todas las cosas, donde parece que se aterriza y donde parece que se despega, donde parece que morímos y parece que renacemos.

Cuando vuelvo mis pasos

meo la semilla

Germina entonces

la estatua que contemplo.

 

 

 

Del libro: Si muero en la carretera no me pongan flores (Fundarte, 1981)

 

 

 

 


miércoles, 5 de marzo de 2014

EL REGRESO DEL AMIGO. de Raúl Torres




 


 
El regreso del amigo*









Raúl Torres

En la despedida del amigo
queda un adiós detenido
palabras que se congelan,
ganas de ya haberlas dicho
lágrimas que no se lloran
pa´ no aceptar que se ha ido
pena convertida en gloria,
amanecer extendido.


Para la partida de un amigo
que nos devolvió la risa
no hay adiós definitivo,
ni finales de cenizas
tanto corazón dolido
no se va creer la prisa
de la muerte que ha intentado
manchar su roja camisa.


Toda la ternura de este amigo
desparramada en la brisa
de un pueblo que habían dormido,
de una América hecha trizas.
Nadie piensa que se ha ido,
fue un momentico a la misa
y va a volver con Sandino,
con el Che, Martí y Bolívar.


Ese rastro que dejó el amigo,
ese antídoto de vida
contra la sierpe que sueña
a América dividida
el que levantó al mendigo
y compartió su comida
su manera de estar vivo
nunca va a tener medida.


Todos los amigos del amigo
tienen el alma bordada
con las frases que nos dijo
con campechana sonrisa.
Nadie piensa que se ha ido,
fue un momentico a la misa
y va a volver con Sandino,
con el Che, Martí y Bolívar.


Toda la ternura de este amigo
desparramada en la brisa
de un pueblo que habían dormido,
de una América hecha trizas.
Nadie piensa que se ha ido,
fue un momentico a la misa
y va a volver con Sandino,
con el Che, Martí y Bolívar.


Ese rastro que dejó el amigo,
ese antídoto de vida
contra la sierpe que sueña
a América dividida
el que levantó al mendigo
y compartió su comida
Nadie piense que se ha ido,
fue un momentco a la misa


Coro:

Todos los amigos del amigo
tienen el alma bordada

de un pueblo que se despierta
de una América arrasada.


Todos los amigos del amigo
tienen el alma bordada

la ternura de este amigo es
la luz desparramada


Todos los amigos del amigo
tienen el alma bordada

con las frases que nos dijo
con su risa campechana


Todos los amigos del amigo
tienen el alma bordada

seguiremos el camino
del amigo junto al alba


Todos los amigos del amigo
tienen el alma bordada

no hay adiós definitivo,
ni finales de cenizas


Todos los amigos del amigo
tienen el alma bordada

con las frases que nos dijo
con campechana sonrisa.


Nadie piense que se ha ido,
fue un momentico a la misa.


* Escrita el 7 de marzo de 2013. 
Grabada el 8 de marzo. 
Estrenada en la Mesa Redonda del 12 de marzo de 2013.