jueves, 26 de marzo de 2015

José Javier Sánchez: “Si no fuese escritor fuese escritor”



José Javier Sánchez: “Si no fuese escritor fuese escritor”

Por Diana Moncada*

Quizás sean sus ojos miopes entrecerrados -cerquitas del objeto mirado-, una imagen que bien retrata a José Javier Sánchez, un poeta que ha traducido el palpito citadino en poesía. Su miopía, paradójicamente, quizás es la mejor testigo de las huellas que la fiesta popular ha dejado y continúa dejando en Caracas, su ciudad matriarca, y la palabra, su grito, su llanto y su esperanza.

La Maga y el aprendiz
La infancia de José Javier transcurrió bajo las faldas de una Maga que sembró en su pequeño aprendiz el valor de la fe, y le enseñó entre tantas otras cosas “a desenterrar lombrices y misterios de la tierra”1. Doña Isola Linares de Sánchez -su abuela- se ocupó de su crianza procurando su compañía en las misas, funerales, en el mercado y todos aquellos eventos adjetivados “para adultos”. Entre ellos hubo una relación de complicidad y amor fervoroso que configuraría la personalidad del futuro poeta. Cuando la Maga murió: 
Cuando ella murió, supe también que ella era el hogar;
el techo, el piso, las paredes,
las ventanas y hasta las mismas cuerdas
donde colgaba mi espíritu cuando era derrotado.

Y con su brisa me secaba los dolores.

Y me reanimaba con la gran oración de sus abrazos.


La relación con su abuela, lo llevó a defender la convivencia de lo que él percibe como ideas contradictorias: a pesar de ser un tipo de izquierda es un hombre muy religioso. Confiesa que sus amigos se burlan de él diciendo: “¡tú eres marxista y te la pasas rezándole al niño Jesús!”. Sin embargo él replica: “Yo no creo en la existencia de un Dios como un hombre con chiva que nos va a salvar. La esencia de Dios es la esencia de la naturaleza. Creo en la gente, en el poder de cambio, en las acciones, pero por esa relación con mi abuela soy rezandero, echo agua, le rezo a mis amigos cuando se mueren. Es una contradicción que no es el fin del mundo”.
Un barrio de Los Mecedores ha sido el escenario del parrandero, teatrero, casi monaguillo y escritor. A los 9 años, una edad que él recuerda como decisiva, comenzó hacer teatro en el Centro Cultural de su zona, con estudiantes y militantes izquierdistas. En ese entonces sus pequeños pasos iban y venían de la escuela, al teatro y de ahí a la biblioteca. Con tan solo 12 años fue miembro fundador de dos agrupaciones teatrales y fue seducido por Aquiles Nazoa, César Rengifo, Máximo Gorki y otros, acercándose por vez primera a ideas revolucionarias, mientras, paradójicamente, su abuela lo había inscrito en “La Legión de María”, una organización de la Iglesia Católica, de cuyo seno escaparía para formar parte de los Boys Scouts.
Aquella época fue fértil en el cultivo de las ideas, fue fundamental también su participación en la Federación Revolucionaria de Educación Media, donde participó en diversas actividades contra la represión política de los años ochenta.

La acción cultural
El poeta perteneció a un grupo de payasos llamados Los Torritos, que brindaba apoyo a las escuelas de la Pastora y San José y visitaba orfanatos y sectores populares:“era un trabajo social y político. Nadie nos pagaba ni medio. Conseguimos recursos haciendo shows en el Boulevard de Sabana Grande para comprar maquillaje para pintar a los chamos y materiales para hacer las fiestas en los barrios”. El colectivo se articularía a la gran red de comunidades que lucharon a finales de los años ochenta, contra el proyecto de la cota mil que amenazaba con desalojar a miles de familias de los sectores y barrios adyacentes para su expansión desde San José hasta La Guaira. “Fue un trabajo popular intenso, que nos permitió enlazar el trabajo cultural con los problemas sociales que aquejaban a nuestra comunidad para ese momento”.
Aquello representó un importante logro que lo convenció del poder de la acción colectiva, además le permitió madurar en él la relación entre el arte y la política, presente en su escritura. “No necesariamente escribir con conciencia política es hacer panfleto”, explica, “pero no podemos negar la realidad y desvincularnos de lo que pasa alrededor. La palabra tiene un compromiso más allá de la belleza y la poesía puede servir para gritar ante la injusticia social”.

La poesía llegó con la parranda
“Si no fuese escritor fuese escritor, si no fuese poeta fuese poeta” sentencia. La poesía, según sus palabras, está sucediendo constantemente y ante ella se debe “conservar la capacidad de sorpresa ante lo cotidiano y lo mágico”, expresa, “cuando tus entrañas se mueven ante un hecho y tratas de buscar la mejor palabra para manifestar lo que generó ese hecho en ti, es muy difícil separarse ya del proceso escritural”. El oficio de escritor para José Javier requiere especialmente de voluntad: escribir y leer todos los días, en estado de atención “Hay que alimentarse de lo que sucede alrededor, de la historia de lo que estás escribiendo. La humildad de recibir lo que la realidad pone en tus manos, en tus pies, en tus ojos, te posibilita ver las cosas que la arrogancia no deja ver”.
Si hay un origen de su encuentro con la poesía, este se remonta a su contacto con la música popular. Su pertenencia a una agrupación musical que desde hace 20 años realiza el culto a la Cruz de Mayo en La Pastora, entretejió su relación con la palabra, “en la composición musical de la Cruz de Mayo, teníamos que estar versando todo el tiempo. Se establece una relación con el verbo y con la rima, se repiten los versos y luego comienzas a crear tus propios versos que rezan sobre la relación de lo religioso con la cotidianidad. Pero llegó un momento en que me fastidié de que todo rimara y comencé a fracturar los versos y con ello a encontrar otros contactos con lo poético”, y así fue como las palabras comenzaron a danzar en su pecho.
A José Javier le interesa lo cotidiano, lo urbano y sus ruralidades. En su poesía se vive la ciudad cuerpo a cuerpo con sus tragedias y sus magias, con sus miserias y sus grandezas. El imaginario religioso está presente junto a lo profano, junto a la lucha de clases, la pobreza, el dolor y la esperanza, porque José Javier es un tipo muy esperanzado. Estos son los temas que, a pesar de la autonomía y particularidad de cada libro, se repiten en sus poemarios Fragmentos para una memoria, Hasta que el recuerdo lo permita y Código postal 1010.
José Javier es un poeta de la cuidad, quizás un cronista enamorado. En su Oración a la ciudad, la ciudad es una madre, una matriarca.

Ciudad

Caracas mi ciudad

de edificios intoxicados y borrachos vagando por autopistas

de recitales en medio de balas

de velorios de cruz

de libros lloviendo en bulevares

de plazas ebrias

de bellas desandando universidades hospitales iglesias

de vírgenes en burdeles en ranchos en tiendas de ropa y en quebradas

de mujeres hermosas


La palabra como desembocadura
Los proyectos de José Javier parecen siempre desembocar en una relación amorosa con la palabra. Desde 2004 coordinó el proyecto de promoción de lectura Leer es entender, cuya estrategia pedagógica fue desarrollada por Juan Antonio Calzadilla Arreaza, con el propósito de establecer círculos de lectura en las comunidades, “el proyecto partió de un proceso -mágico para mí- de aproximación a la lectura y la escritura a través de la lectura sensible, la lectura crítica y la lectura escritora A su vez estuvo basado en la experiencia practicada por los surrealistas de desautomatizar el lenguaje, de convertirlo en un ejercicio de libertad. Con ese sueño nos fuimos a fundar círculos de lectura por todo el país y en todas partes, escuelas, fabricas, comunidades, penitenciarías, hospitales, etc”, una experiencia que el poeta califica de renovadora y que sin embargo “concluyó por la falta de seguimiento institucional y por debilidad en las articulaciones interinstitucionales de los entes de ese tiempo”.
La experiencia de José Javier como promotor de lectura es vasta y rica, tuvo la fortuna y la responsabilidad de desempañar esas funciones en varias instituciones y proyectos en los que fue acumulando un conocimiento amplio del panorama de la literatura infantil en Venezuela, llegando así, como un río a su cauce, a publicar en el 2013 con la editorial Estrella Roja, la Antología de literatura infantil venezolana: “Esta antología es una aproximación a mis experiencias como lector y como promotor. Por razones de extensión no pude incluir todo lo que seleccioné, pero como primer intento creo que resultó formidable para los lectores y los escritores venezolanos”
La antología fue el resultado también de una red inmensa que comenzó a tejer desde la infancia en la biblioteca de su barrio a la que asistió innumerables veces a satisfacer su voracidad lectora. Aunado a ello, el estímulo de su tío Alí Sánchez, librero de la recordada Librería El Gusano de Luz, quien le traía mágicos libros y juegos, sembró en el pequeño el gusto por la literatura y en ese recorrido, fundó junto algunos amigos la Biblioteca Popular José María Characo, dotada por una rica lista de libros de literatura infantil y juvenil gracias a la ayuda de su amiga Solanger Ortiz, con quién trabajó más tarde en el Banco del libro.
La palabra sigue siendo su arma, su fe, la esperanza que lo conduce a continuar recorriendo los caminos en los que la literatura y la vida se funden contra las vicisitudes, las decepciones y la arrogancia. En esa cabeza soñadora siguen tejiéndose grandes y pequeños proyectos que llevan la lectura y la escritura como bandera y como oficio de liberación y amor.












1Fragmento del poema Una abuela es una casa de José Javier Sánchez

*Diana Moncada. Poeta, Periodista, Fotógrafa, Actriz, Licenciada en Comunicación Social por la UCSAR. Ganadora del Concurso para Obras de Autores Inéditos de Monte Avila Editores en 2013, con su libro Cuerpo Crepuscular.



jueves, 19 de febrero de 2015

Cuentos de Carnaval. Pequeña selección



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Cuentos de Carnaval



El Carnaval como fiesta pagana invita al desorden, al atrevimiento, al cumplimiento de los sueños y deseos más oscuros.  En la antigüedad esta fiesta era preludio a la cuaresma y temporada para satisfacer los deseos mas cuestionados por la moral religiosa signados por el placer, el gozo, la lujuria, la promiscuidad. Las fiestas carnestolendas, fiestas de la carne, eran época de lo permisible, del riesgo, de quitarse la máscara, colocándose una máscara, para con ello ocultar el verdadero rostro, revelado después de desvestir la verdadera esencia, tras un antifaz . 

Comparto estas historias cuyo eje temático, escenario y espíritu se circunscribe con esta fiesta pagana. Con el deseo de celebrar la literatura que se permite registrar en su ejercicio la fiesta de carnaval, como crónica,  excusa o universo  temático y espero que tú como lector puedas comentarlas, difundirlas, pero sobre todo disfrutarlas


***








El murciélago rubio 


Spencer Holst


Hubo una vez un gran murciélago rubio que se sentó junto a un barman.
El murciélago tenía los ojos azules más lindos que el barman hubiera visto.
Mientras volaban a cuarenta millas por hora en el Subterráneo Independiente, el barman se preguntó si esos cándidos ojos azules arderían en la penumbra como tranquilas llamas purpúreas, como las lamparitas azules en los extremos de las plataformas del subte.
El vestido de ella estaba hecho de terciopelo negro con alas de seda negra y guantes de raso; llevaba una curiosa máscara que revelaba más de su rostro de lo que ocultaba; sus zapatos eran de tacón alto y afelpados, y él advirtió que sus pies eran delicados, y se preguntó si ella estaría descalza debajo de esos zapatos, o si llevaría medias, y apostó a que tenía lindos dedos de los pies.
Este barman se estaba enamorando.
Era realmente algo raro: un barman enamorándose de una extraña chica rubia que llevaba un traje de murciélago, en un subterráneo.
La mayoría de los idilios en subterráneo se bajan en la calle 34 para ir a una estación de ferrocarril de ahí a Saskatchewan: pero no tiene por qué ser de esa manera.
Por ejemplo, en esta historia el barman no sólo tendrá el valor de hablarle a esta chica: hasta se enamorarán los dos.
¡Cómo!, dicen ustedes. Están un poco indignados.
Me acusan de sadismo. Permitir que mi personaje, el barman gordo, de cara colorada, se enamore de esta muchachita. Ella se cansará pronto de él, dicen ustedes, lo dejará por un hombre más joven, más adecuado, pues a través de la riqueza y el buen gusto de su traje, y la dignidad y la gracia de sus rasgos, es obvio que proviene de una buena familia. ¡Cuán infeliz harás al barman!, me dicen ustedes.
¡Tonterías! Yo no voy a hacer infeliz al barman.
Con seguridad, sin embargo, el barman tendrá muchos meses horribles después de esta noche de amor, y muchos años de tristeza después, pero esto no es la infelicidad, porque él hará muchas buenas acciones en agradecimiento al mundo por permitirle esta noche mágica.
No, la infelicidad es otra cosa; la infelicidad es no tener el valor.
Pero volvamos a la historia: el tren entró rugiendo en la estación de Delancey Street y los ojos del barman se le salieron de las órbitas porque montones de gente disfrazada estaban bailando y cantando y soplando cornetas y corriendo y gritando y exaltándose en la plataforma del subte.
La chica se levantó.
El barman se levantó también, y con ojos ausentes y distraídos la siguió hasta el andén y fue allí donde habló con ella.
Ella lo miró, asombrada; lo miró de arriba a abajo; después se rió, pero no estaba riéndose de él, de eso él estaba seguro: era una risa de alegría que él iba a recordar.
Ella corrió.
¡Él la persiguió!
Ella corrió a través de la muchedumbre, era escurridiza, parecía deslizarse entre estos locos parranderos gesticulantes, mientras él tenía que luchar por cada pulgada y en su apasionada persecución le pisó un dedo a Napoleón, derribó a una bruja gorda y chillona, golpeó a un payaso en el estómago, sentó en el suelo a un sorprendido gorila, tropezó con la reina de Inglaterra, y ella corría y corría, fuera del subte, por Delancey Street hacia el río, hasta que él la atrapó y ella se quedó quieta en sus brazos mientras tomaba aliento, lanzando ocasionales risitas de alegría.
Era tan suave que él la besó, y después caminaron juntos, del brazo, mirando los fuegos artificiales y las multitudes, deteniéndose aquí y allá para tomar una cerveza.
¡Toda la ciudad estaba de fiesta!
Todo el mundo estaba disfrazado, todo el mundo tenía careta, y había reflectores, papel picado y fuegos artificiales por todas partes, como si fuera un maravilloso Carnaval o algo así, y el barman se sintió un poco fuera de lugar con sus apagadas ropas de calle, sin una careta tan siquiera.
Pero la chica le dijo que estaba muy bien vestido.
Y él le preguntó qué era toda esta celebración, no había oído hablar de ninguna, pero ella simplemente se rió y lo besó, y eso fue todo.
Y así bregaron felizmente a través de las multitudes y de la noche, deteniéndose de vez en cuando para bailar, con una extraña música lenta en las tabernas, o con el jazz salvaje que se tocaba en casi todos los rincones.
Ella señaló un gran reloj en un edificio. Eran las once en punto.
Ella lo hizo apurar hasta una larga fila que caminaba lentamente ante la plataforma de un jurado, y cuando les llegó el turno los jurados hicieron un gran alboroto sobre ellos, y un jurado insistía en señalar con admiración la corbata brillante del barman, de modo que ganaron el concurso y ambos obtuvieron grandes copas de amor.
Los jurados los condujeron hasta un gigantesco trono de amor, alzado muy por encima de la multitud que aclamaba, un tremendo almohadón, más grande que un colchón.
¡Era el trono para ellos! ¡Eran el rey y la reina de la noche! Habían ganado el concurso de disfraces.
Entonces el barman escuchó un tremendo tañido. La muchedumbre empezó a gritar y a aullar.
Él escuchó una sirena, baja, mucho tiempo.
La calle Delancey había enloquecido.
Su chica se sacó la máscara y él contuvo el aliento, tan hermosa era mientras señalaba el gran reloj en el edificio; ella lo dijo en susurros, tierna de pasión, amorosamente; le dijo: “¡Es medianoche! ¡Quítate la careta!”.





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Restos del Carnaval




Clarice Lispector




No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás.  Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume, y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir.  Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados, sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha -yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable- y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo, que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.
Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga -respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel- decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.
Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto a que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.
¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.
Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa -pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil-, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, ente serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.
Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.
Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.







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Avenida Washington, El Paraiso

Disfrazadas de negritas


de: La Comedia Urbana (2005)




Armando José Sequera



En ese carnaval, yo y otro amigo nos disfrazamos, él de cura y yo de Satanás, y nos fuimos a una fiesta en el Carcas Hilton. Allí estuvimos bailando con un par de mujeres disfrazadas de negritas que, pensamos nosotros, se les habían escapado a sus maridos. Durante el baile, nos estuvimos sobando y restregando, hasta que nos preguntaron si las podíamos llevar a su casa. Nosotros le dijimos que, cómo no,  que las llevábamos pero que, antes, nos gustaría ver cómo eran sin máscaras y sin disfraces. Claro, se lo dijimos con su segunda intención y entonces la que estaba con mi amigo dijo okey, que estaba bien, pero que primero tendrían que arreglarse. Eso sí, nos pidieron que las esperáramos un momento y se metieron en un baño. Cuando salieron, resulto que eran un par de hembras de lo mejor, unas tipas de esas que uno cree que jamás se van a fijar en uno. En ese momento, nos dijeron que eran divorciadas y que si las llevábamos a su casa, podíamos quedarnos con ellas hasta el día siguiente. el pent house a,l que fuimos era de un lujo que uno sabe que existe porque lo ve en las películas. Había de todo, lo que se dice "de todo": buenos licores, buena comida, buenas camas, un televisor en cada cuarto, todo el piso alfombrado. Esa noche fue sensacional: yo y mi amigo lo hicimos con las dos, en todas las posiciones que se nos ocurrieron  Pero al otro día, cuando yo y el nos despertamos, descubrimos que las mujeres se habían llevado no solo nuestra ropa y las tarjetas de crédito, sino también el carro y hasta los lentes oscuros de mi amigo.  Después nos enteramos que el apartamento no era de ellas, sino que por la tarde, antes de irse a la fiesta del Hilton, habían forzado la cerradura y se habían metido en él, aprovechando que los dueños estaban fuera del país. Lo peor es que las fuimos a denunciar a la policía y nos dijeron que lo mismo que nos hicieron a nosotros se lo habían hecho a más de veinte tipos, entre ellos,  un inspector y dos comisarios de la misma policía.






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Campeones

(Fragmento)

Guillermo Meneses

Noche dominguera de Carnaval encendió focos de colores y brillo de lentejuelas por las calles caraqueñas. Jadeo, carcajadas, nervio oscuro, zumban y rezongan sobre la ciudad con aroma de aguardiente y perfume barato de polvos de arroz. Los papelillos multicolores, las delgadas serpentinas que, esta tarde, vivieron en la última roja luz del sol, forman ahora sucios montones de basura que encienden los chiquillos con las colillas de los cigarros. Ya se calentó en el alcohol la caldera humana; ya esta listo el deseo para el viaje a su propia hondura. Hay baile y música; risa y aguardiente; ímpetu y locura; odio y sexo. Y antifaz sobre todas las hambres


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Pura Y Luciano Bailarán esta noche. El pintará nuevamente sobre sus anchos labios mulatos el bigotillo puntiagudo, vestirá sus anchos pantalones de raso, pondrá sobre la pelambre el gorrito de fieltro; ella, que ha compuesto el dominó del barbero Madriz, ocultará, bajo el brillo de la seda barata su morenez y su ternura y su alegría por estar arropada en el amor.
Y, como cerca de la esquina de Marcos Parra hay un baile popular a locha la pieza, para allá van.

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