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jueves, 28 de febrero de 2013

Tres grandes poetas de la primera mitad del Siglo XX: Ramos Sucre, Cruz Salmerón Acosta y Pio Tamayo.


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Venezuela durante la primera mitad del Siglo XX estuvo marcada por un Regimen dictatorial abominable, bajo la tiranía de “El Benemérito” Juan Vicente Gómez.
El único buen gesto de este dictador, fue morir el 15 de diciembre de 1936, aunque en la historia oficial esté escrito, como último capricho que le fuese cumplido por sus médicos y gente mas cercana, que su deceso ocurrió al igual que El Libertador el día 17,
Su regimen abominable sometió a la nación a un retraso irrecuperable. Su mandato fue el responsable de iniciar la explotación petrolera, la cual se desarrolló con una entrega ciega a las transnacionales. La represión a todo movimiento que le hiciera oposición, lo contrariara, o exigiera libertad de expresión fue una constate. todo ciudadano que ejerciera la protesta recibía como respuesta inmediata: torturas, carcel y desaparición forzoza. La carcel "La Rotunda " en Caracas y "El Castillo de Puerto Cabello" en Carabobo, fueron centros de tortura y asesinato sistemático.
El cierre de la Universidad Central de Venezuela, fue otra acción que representó un retraso en el desarrollo intelectual de la nación en esos tiempos.
Los escritores e intelectuales, que historicamente han jugado un papel importante en los procesos revolucionarios renovadores, se hicieron escuchar. La Generación del 28, denunció las aberraciones del dictador y se hizo voz que trajo como consecuencia el reconocimiento internacional de sus miembros, pero que condenó al exilio y la carcel a todos sus integrantes.
En medio de ese escenario represivo, silenciador y sangriento, voces de una calidad excelsa se manifestaron publicamente y como consecuencia sufrieron de forma directa o indirecta las aberraciones de la Tirania.
En este espacio queremos homenajerar a tres escritores, de la primera mitad del siglo XX, fundamentales para la poesia venezolana: Jose Antonio Ramos Sucre, Cruz Salmerón Acosta y Pio Tamayo, que representan un enigma, un misterio de la poesía venezolana y aunque han pretendido invisibilizarlos, el legado a la historia de la poesía venezolana, es significativo, en cuanto a formas, contenidos y referentes.
Por otra parte estos poetas tienen características comunes que permiten presentarlos como un conjunto de voces de ese tiempo:

Nacieron en tiempos cercanos 1890, 1892, 1898 y fallecieron en épocas cercanas 1930, 1929 y 1935, ninguno de los tres superó los 40 años. 

Todos sufrieron la presión y la represión del régimen del General Gómez: exilio, auto-encierro y cárcel. 

Sufrieron muertes trágicas: suicidio, enfermedad penosa y enfermedad como consecuencia de la tortura y el presidio  y 

Cada una de sus voces representan el espíritu de esa época.

Otra característica que los hace cercanos es:

Fueron silenciados por los preciosistas, los sabios, los intelectuales de generaciones posteriores, que fijaron su mirada estética en Europa desconociendo, el aporte de estas joyas de la palabra venezolana.

En estos tiempos quizá sea Ramos Sucre quien goza de mayor difusión entre los lectores. Es compromiso de nosotros los lectores y promotores de lectura, dar a probar algo, de la riqueza que conforma la obra, de estos tres señores de la poesía venezolana 







José Antonio Ramos Sucre



 
1890 - 1930




PRELUDIO

Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras
Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.
El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.





EL DUELO

El galán quedó tendido en el suelo de nieve, entre los árboles disecados por el invierno. Salía del baile de máscaras, animado de la pasión de los celos, a demandar un desagravio. Recibió en el pecho el aguda lámina de hierro.
La dama vestida de terciopelo azul, motivo de la discordia, presenció el curso y el desenlace del conflicto sangriento. Le atribuían en secreto uno de los apellidos más nobles de Francia.
El mágico de ropilla escarlata sostiene en sus brazos al moribundo y escucha las últimas palabras, enunciadas con la voz ansiosa y débil de un infante. Presta el auxilio de una ciencia difamada.
La mujer culpable se recoge en el palacio de exquisita arquitectura. Sus autores y fabricantes se habían inspirado en la fauna. Balbuce de miedo al considerar la noticia de una peste ensañada con las hermosas y criada en los puertos de Levante.
La dama sucumbe en la sala del piso de pórfido, al lado de su lebrel blanco. Ha divisado en la penumbra de los aposentos la figura mortal de Empous, una larva de ojos de envidia y cabeza de asno, repulsada por Mefistófeles.








CARNAVAL

Una mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible obsede mi pensamiento. Un pintor septentrional la habría situado en el curso de una escena familiar, para distraerse de su genio melancólico, asediado por figuras macabras.
Yo había llegado a la sala de la fiesta en compañía de amigos turbulentos, resueltos a desvanecer la sombra de mi tedio. Veníamos de un lance, donde ellos habían arriesgado la vida por mi causa.
Los enemigos travestidos nos rodearon súbitamente, después de cortarnos las avenidas. Admiramos el asalto bravo y obstinado, el puño firme de los espadachines. Multiplicaban, sin decir palabra, sus golpes mortales, evitando declararse por la voz. Se alejaron, rotos y mohínos, dejando el reguero de su sangre en la nieve del suelo.
Mis amigos, seducidos por el bullicio de la fiesta, me dejaron acostado sobre un diván. Pretendieron alentar mis fuerzas por medio de una poción estimulante. Ingerí una bebida malsana, un licor salobre y de verdes reflejos, el sedimento mismo de un mar gemebundo, frecuentado por los albatros.
Ellos se perdieron en el giro del baile.
Yo divisaba la misma figura de este momento. Sufría la pesadumbre del artista septentrional y notaba la presencia de la mujer de facciones imperfectas y de gesto apacible en una tregua de la danza de los muertos.


EL EXTRANJERO 
 
Había resuelto esconderse para el sufrimiento. Se holgaba en una vivienda sepulcral, asilo del musgo decadente y del hongo senil. Una lámpara inútil significaba la desidia.
Había renunciado los escrúpulos de la civilización y la consideraba un trasunto de la molicie. Descansaba audazmente al raso, en medio de una hierbal prehensil.
Insinuaba la imagen de un ser primario, intento o desvarío de la vida en una época diluvial. El cabello y la barba de limo parecían alterados con el sedimento de un refugio lacustre.
Se vestía de flores y de hojas para festejar las vicisitudes del cielo, efemérides culminantes en el calendario del rústico.
Se recreaba con el pensamiento de volver al seno de la tierra y perderse en su oscuridad. Se prevenía para la desnudez en la fosa indistinta arrojándose a los azares de la naturaleza, recibiendo en su persona la lluvia fugaz el verano. Dejó de ser en un día de noviembre, el mes de las siluetas.





ELOGIO DE LA SOLEDAD

Prebenda del cobarde y del indiferente reputan algunos la soledad, oponiéndose al criterio de los santos que renegaron del mundo y que en ella tuvieron escala de perfección y puerto de ventura. En la disputa acreditan superior sabiduría los autores de la opinión ascética. Siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso. Demasiado altos para el egoísmo, no le obedecen muchos que se apartan de sus semejantes. Opuesta causa favorece a menudo tal resolución, porque así la invocaba un hombre en su descargo:
La indiferencia no mancilla mi vida solitaria; los dolores pasados y presentes me conmueven; me he sentido prisionero en las ergástulas; he vacilado con los ilotas ebrios para inspirar amor a la templanza; me sonrojo de afrentosas esclavitudes; me lastima la melancolía invencible de las razas vencidas. Los hombres cautivos de la barbarie musulmana, los judíos perseguidos en Rusia, los miserables hacinados en la noche como muertos en la ciudad del Támesis, son mis hermanos y los amo. Tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad. No rehúyo mi deber de centinela de cuanto es débil y es bello, retirándome a la celda del estudio; yo soy el amigo de los paladines que buscaron vanamente la muerte en el riesgo de la última batalla larga y desgraciada, y es mi recuerdo desamparado ciprés sobre la fosa de los héroes anónimos. No me avergüenzo de homenajes caballerescos ni de galanterías anticuadas, ni me abstengo de recoger en el lodo del vicio la desprendida perla de rocío. Evito los abismos paralelos de la carne y de la muerte, recreándome con el afecto puro de la gloria; de noche en sueños oigo sus promesas y estoy, por milagro de ese amor, tan libre de lazos terrenales como aquel místico al saberse amado por la madre de Jesús. La historia me ha dicho que en la Edad Media las almas nobles se extinguieron todas en los claustros, y que a los malvados quedó el dominio y población del mundo; y la experiencia, que confirma esta enseñanza, al darme prueba de la veracidad de Cervantes que hizo estéril a su héroe, me fuerza a la imitación del Sol, único, generoso y soberbio.
Así defendía la soledad uno, cuyo afligido espíritu era tan sensible, que podía servirle de imagen un lago acorde hasta con la más tenue aura, y en cuyo seno se prolongaran todos los ruidos, hasta sonar recónditos.




LA CIUDAD 
 
Yo vivía en una ciudad infeliz, dividida por un río tardo, encaminado al ocaso. Sus riberas, de árboles inmutables, vedaban la luz de un cielo dificultoso.
Esperaba el fenecimiento del día ambiguo, interrumpido por los aguavientos. Salía de mi casa desviada en demanda de la tarde y sus vislumbres.
El sol declinante pintaba la ciudad de las ruinas ultrajadas.
Las aves pasaban a reposar más adelante.
Yo sentía las trabas y los herrojos de una vida impedida. El fantasma de una mujer, imagen de la amargura, me seguía con sus pasos infalibles de sonámbula.
El mar sobresaltaba mi recogimiento, socavando la tierra en el secreto de la noche. La brisa desordenaba los médanos, cegando los arbustos de un litoral bajo, terminados en una flor extenuada.
La ciudad, agobiada por el tiempo y acogida a un recodo del continente, guardaba costumbres seculares. Contaba aguadores y mendigos, versados en proverbios y consejas.
El más avisado de todos instaba mi atención refiriendo la semejanza de un apólogo hindú. Consiguió acelerar el curso de mi pensamiento, volviéndome en mi acuerdo.
El aura prematinal refrescaba esforzadamente mi cabeza calenturienta, desterrando las volaterías de un sueño confuso.



OMEGA 
 
Cuando la muerte acuda finalmente a mi ruego y sus avisos me hayan habilitado para el viaje solitario, yo invocaré un ser primaveral, con el fin de solicitar la asistencia de la armonía de origen supremo, y un solaz infinito reposará en mi semblante.
Mis reliquias, ocultas en el seno de la oscuridad y animadas de una vida informe, responderán desde su destierro al magnetismo de una voz inquieta, proferida en un litoral desnudo.
El recuerdo elocuente, a semejanza de una luna exigua sobre la vista de un ave sonámbula, estorbará mi sueño impersonal hasta la hora de sumirse, con mi nombre, en el olvido solemne.








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Cruz Salmerón Acosta





(1892-1929)

AZUL

 

Azul de aquella cumbre tan lejana
hacia la cual mi pensamiento vuela,
bajo la paz azul de la mañana,
¡color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul cielo emana,
y azul de este gran mar que me consuela,
mientras diviso en él la ilusión vana
de la visión del ala de una vela.


Azul de los paisajes abrileños,
triste azul de los líricos ensueños,
que no calman los intimos hastíos.

Sólo me angustias cuando sufro antojos
de besar el azul de aquellos ojos
que nunca más contemplarán los míos







PIEDAD

 

No era ni amor lo que ella me tenía;
era tal vez piedad, lástima era,
porque mi oculta pena comprendía
y ella se compadece de cualquiera.


Hoy que voy recobrando mi alegría,
animado quizás de una quimera,
se va tornando mucho menos mía,
como si ella ya no me quisiera.


Yo sí he formado de mi amor un culto,
y en tanto aquí mi juventud sepulto
y la aureola del martirio ciño.


¡No me quites, Señor; mi sufrimiento,
si es que habré de perder con mi tormento
la conmiseración de su cariño!





DE MIS ANDANZAS

Yo fui Quijote por algunos años
y llena el alma de un ensueño hermoso
tuve en mi Dulcinea del Toboso
los mil encantamientos más extraños.

En mis luchas de pérfidos engaños
para mí no hubo tregua ni reposo,
y, lanza en ristre, arremetí furioso
contra molinos y contra rebaños.

Aunque más de una vez burlado fuera
sólo me avergoncé por vez primera
cuando, como el Manchego sin fortuna

me encontré sin honor y desarmado
a los pies de un barbero disfrazado
de Caballero de la Blanca Luna.






LA HORA MELANCÓLICA

Es la hora melancólica y serena,
en alta noche y en apacible calma,
brilla la luna y a lo lejos suena
música alegre que entristece el alma.

Música de placer para el dichoso
que dulces esperanzas atesora,
música para mí como el sollozo
de mi solitario corazón que llora.

A los tranquilos rayos de la luna
imágenes de amor llegan flotantes
bañándome, al pasar, una por una,
con la serena luz de sus semblantes.





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Pio Tamayo



 
(1898-1935)




Homenaje y demanda del indio. A su majestad Beatriz I, Reina de los Estudiantes

Sangre en sangres dispersas,
almagre obscuro y fuerte,
estirpe jirajara,
cacique Totonó;
baile de piaches, rezo de quenas,
Soy un indio Tocuyo
yo.
Meseta brava y bella
que abre su arcada a los llanos
y sus patios a la luna;
patíbulo de Carvajal,
espinas de cardonales,
polvo y sol.
Altiplano tocuyano
que nutre su carne en jugos
blancos de cañamelar
y los hace sangre roja
en la flor del cafetal;
bueno y santo
por la madre,
y porque me enlaza hermano
del de la selva en Oriente
y del de la sierra al Sur.
Yo llegué de ese altiplano
a avivarme en mis hermanos
los de la Universidad,
savia en afanes quemada,
de dirio de roble erguido,
y a rendirte mi homenaje
de indio triste,
Majestad.
Fracasa entre mi canto y mi altivez indígena
la intención en hinojos.
humo leve de inciensos
como el que ardió en las aras del Tenochittlán
quemó en mi corazón,
y humillo el desgreñado orgullo de los vientos
con aguas de remansos,
cenizas de volcanes
y cánticos de amor.
Así en la tierra antigua donde voló el faisán
usaba la liturguia de la proclamación.
Los miles de estudiantes,
cada estudiante, Reina,
es un mundo en promeso y un jardín de tormentas,
han abierto hoy sus pechos sobre más infinitos,
al ver que oraculiza en tus manos llaneras
el tripartido escudo de su Federación.
Mañana, anhelo, pueblo.
¡Mirandinos colores de la emancipación!
Beatriz del estudiante,
cetro de rebeldías,
corona de futuros;
bajo el palio de auroras de vuestro trono eres
la juvenil canción de amanecer.
En ensueño durmiente al amparo del alma
jubilosa y dinámica de la Federación
hecho viva esperanza
en tu luz de mujer.
Y digan con mis voces palabras de tus súbditos,
que es tu reinado, Reina, el úico acatable
en esta nutridora selva de Guaicaipuro,
de Mara y Yaracuy,
y del equio trueno de los cien mil corceles,
sobre el que galoparon
libertadas naciones.
Fugitivo perfil de la garza Morena.
¡Oh, perfume caliente de mazorcas tempranas!
Durazno de oro en rama;
cosa dulce y romántica
cuando se dice "amada";
ternura inacabable de la venezolana;
orgullo de nosotros.
Reina en cuya belleza
riman nobles y claras mis palabras agrestes,
divinizo tu boca
tan ingenua y traviesa
diciendo la dulzura que le oíyo ayer.
"Cuando yo sea abuelita
lucirémis trofeos y les diréa mis nietos
que fui Reina una vez".
¡Nuncio cándido y bello que sube a vuestros labios
la ternura sagrada que hará de vuestro ocaso
epílogo adorable de cuento de Perrault!
Os verán esos nietos luciendo edades regias
y sonreirán con Vos.
El mejor cortesano,
tendrá una voz mimada de delfín
solemne, afirmará:
Abuelita: Santa Isabel de Portugal,
que convirtiera en rosas el pan de su bondad,
una noche de Reyes se entretuvo en decirme
que túeras heredera de su lineaje real.
Abuelita: desde aquel día te he visto
de reina el corazón.
Oyénndole, el mána píncaro de ellos
vencerán en pugilato:
¿Desde aquel día? ¡Si ella nació con él!
¡Santa Isabel tenía
muchísima razón!
Y ahora, Majestad,
que el sollozo esclavo de un jazcaney rendido,
el súbdito presenta su demanda ante Vos.
Descarnado de insomnios
se consume mi rostro
y los tiempos incrustan sus cauces en la sienes.
Retornan a romper las obras de los montes
baladros caquetías.
Se desatan los ecos de vencidos lamentos
y corren sobre el área salvaje de los llanos,
o se extinguen muriendo en los senos intctos
de un Paracaima hermético.
¡Me han quitado mi novia!
¡La novia que me quiso; mi novia enamorada!
Palabras que se dicen con la pena infinita
de quien ya no podrávolverlas a cambiar...
Que bien decirte Tú,
como a mi novia, Reina.
En ti la miro a ella
y al mirarte me acuerdo...
Era de sol su carne y de un fragil metal.
El eco de sus voces era de acero azul.
Estaba hecha de alturas. A ti se parecía.
Yo fui su novio niño,
ya lo hemos sido tantos
Cantar, correr, soñar,
en el soleado campo, en la vega porosa,
junto al lirio morado,
al laurel
y al signo de las rosas.
Se adornaron mis labios con su nombre armonioso;
con su nombre que es música de banderas y estrellas.
Se miraron mis ojos en el ópalo grande
de sus ojos,
iguales al panal de los tuyos.
¡Y el abrazo materno que de la tierra avanza
la confiaba amorosa sobre mi corazón!
¡Como me acuerdo, Reina!
Temblando bajo sombras la amaba con angustias.
En mis venas lloraban los miedos por su vida.
Y un día me la raptaron.
Un día se la llevaron.
Desde los horizontes,
allá donde hace señas de adioses el crepúsculo,
vi encenderse los últimos luceros de sus besos.
Aprestarse a la andanza, porque la hemos perdido,
y salir a buscarla!
Mirar có mo levantan asfixias hasta el cielo
las crestas de los cerros!
Agotarse llamándola en los senderos mudos.
Obscurecerse en noches solitario y rendido,
¡Y sentirla que sufre y que se está muriendo!
¡Ah! Ya no puedo más, Reina Beatriz. ¡No puedo!
Vuelve a llorar el indio con su llanto agorero...
Pero no, Majestad,
que he llegado hasta hoy
Vos sonriente promesa de encendidos anhelos
y el nombre de esa novia se me parece a Vos:
se llama Libertad.
Decidle a vuestros súbditos
tan jóvenes que aún no pueden conocerla
que salgan a buscarla,
Vuestra justicia ordene,
y yo, enhiesto otra vez,
vibrante el junco en silbo de indígena romero
continuaré en marcha
con la confianza altiva de los de antigua raza,
pues con Vos, Reina nuestra,
juvenil, en su trono, se instala el porvenir!