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martes, 31 de diciembre de 2013

"VANKA" UN CUENTO DE NAVIDAD DE ANTON CHEJOV TRADUCIDO POR MARCO AURELIO RODRIGUEZ



La Navidad como si fuera parte de la ley de la naturaleza, sucede para tratar de hacer mejores personas a los que viven su ritual. La solidaridad, el amor y el respeto al prójimo son principios fundamentales de este rito ligado a la fiesta del solsticio. La infancia como protagonista primordial de este ritual y las adversidades de gran parte de los niños de la humanidad, pobres, carentes de afecto, de paternidad y sobretodo de alegría, llevan a los hombres y mujeres creyentes en la infancia, a reflexionar una y otra vez sobre la atención, el cuidado y el afecto que brindamos, no solo a nuestros hijos, hermanos, sobrinos, sino a esa multitud que florece en las calles de los pueblos del mundo.

Anton Chejov, nos sorprende con esta historia traducida por Marco Aurelio Rodríguez y mueve en nosotros la fibra de la compasión con el fin de hacer brillar la esperanza, mas que en estos  personajes, en nosotros los lectores, para  desde allí proyectarla hacia nuestros hermanos, nuestros hijos, hacia los niños de la humanidad








Vanka



Anton Pavlovich Chéjov *

Traducción: Marco Aurelio Rodríguez. **



Vanka Zhukov, un niñito de nueve años, al que tres meses atrás habían llevado al zapatero Aliajin para que lo adiestrara en el oficio, pasó la Nochebuena sin acostarse.

Después de esperar a que los dueños y los zapateros salieran de casa para asistir a la misa de Gallos; temeroso de ser descubierto sacó, del armario un tintero y una plumilla oxidada, y tras colocar ante sí una arrugada hoja de papel, se dispuso a escribir.

Antes de trazar la primera letra miró varias veces asustado al oscuro icono que colgaba de la pared rodeado de estantes llenos de hormas, y dejó escapar un suspiro entrecortado. El papel descansaba sobre un banco, ante el que se hallaba de rodillas.

«Querido abuelito Konstantin Makarich -escribía-: Te mando esta carta. Te felicito por la fiesta de Navidad y te deseo todo lo que pueda darte Nuestro Señor. No tengo padre ni mamaíta. No me queda nadie más que tú.»

Vanka paseó la mirada por la oscura ventana, sobre la que oscilaba el reflejo de la vela, representándosele claramente en ella la imagen del abuelo Konstantin Makarich, guardián nocturno en casa de los señores Jivariov. Es éste un viejecito de unos sesenta y cinco años, menudo, raquítico, extraordinariamente ágil y vivaracho, de cara risueña y ojos borrachines. De día duerme en la cocina de servicio o pasa el tiempo bromeando con las cocineras, mientras que de noche, arropado con un capote, da vueltas por la hacienda acompañándose del golpeteo de un garrote. Con la cabeza baja le siguen Kashtanka, su perra y Vium, llamado así por la negrura de su pelo y su cuerpo alargado como el de una serpiente. Vium es un perro sumamente respetuoso y amable. Mira de manera conmovida a propios y extraños; pero no engaña a nadie. Bajo su respetuosa sumisión se esconde la más jesuítica hipocresía. Nadie mejor que él sabe acercarse oportunamente y agarrar por la pierna, meterse en la cueva donde se guardan las provisiones para mantenerlas frescas o sustraer una gallina. Varias veces le han pegado por las patas traseras, dos ha sido colgado, y todas las semanas lo azotan hasta dejarle medio muerto, pero siempre revive.

Seguramente en este momento el abuelo está junto al portalón guiñando los ojos a las ventanas rojas de la iglesia de la aldea, dando pataditas al suelo con sus zapatones y bromeando con la servidumbre. Lleva el garrote atado al cinturón, mueve las manos, se encoge de frío y con su risita de viejo pellizca igual a una doncella que a una cocinera.

- ¿Un poco de rapé? -dice ofreciendo su tabaquera a las mujeres.

Estas toman el rapé y estornudan. El abuelo se llena de indescriptible entusiasmo y con una alegre risa, les dice en voz alta:

- ¡Arranca..., que se te congela!

También da tabaco a los perros. Kashtanka estornuda, mueve el hocico y ofendida se retira a un rincón, en tanto que Vium, por respeto se abstiene de estornudar y se limita a mover el rabo.
El tiempo es espléndido: el aire, quieto, transparente y fresco. Y aunque la noche es oscura, la aldea se distingue con sus blancos tejados y sus delgadas columnas de humo saliendo de las chimeneas; los árboles están plateados de escarcha y hay montones de nieve. El cielo aparece cuajado de estrellas que parpadean alegres, y la Vía Láctea se destaca nítida como si para la fiesta la hubieran lavado y frotado con nieve...

Vanka exhaló un suspiro, mojó la pluma y continuó escribiendo:

«Ayer me regañaron. El amo me sacó por los pelos al patio y me pegó porque cuando les estaba meciendo al niñito en la cuna, me quedé dormido. También la semana pasada el ama me mandó que le limpiara un arenque, y como empecé por la cola, me lo quitó de las manos y se puso a golpearme en la cabeza con el mismo pescado. Los zapateros se burlan de mi. Me dicen que vaya a la taberna por vodka y me mandan que robe pepinos al amo, que luego me pega con lo primero que se le viene a mano... De comer tampoco hay aquí nada. Por la mañana te dan pan, en la comida papilla; pero por las noches no te dan té ni sopa. Todo se lo comen ellos. También me mandan a dormir al zaguán; pero, cuando su niñito llora, no puedo dormir nada y tengo que estar meciéndole la cuna... Querido abuelito: ¡Por caridad en nombre de Dios, sácame de aquí y llévame a la casa de la aldea! ¡Ya no aguanto más!... Te saludo hasta tus piececitos y rezaré a Dios por ti eternamente. ¡Llévame de aquí porque me voy a morir!...»

Vanka torció la boca, se frotó los ojos con un puño negro y dejó escapar un sollozo.

«Yo te prepararé el rapé -prosiguió escribiendo-. Rezaré a Dios por ti, y si hago algo malo, golpeáme todo lo que quieras. Si crees que no hay allí trabajo para mí, le pediré entonces al administrador que me tome para limpiarle las botas o que me mande en lugar de Fedka a pastar el ganado. ¡Abuelito querido!... ¡No puedo soportar más esto! ¡Es, sencillamente, la muerte! Quería escaparme a pie a la aldea, pero no tengo botas y me da miedo la helada. Cuando sea grande, yo, en cambio te daré de comer. No permitiré que nadie te haga daño y si te mueres rezaré por ti lo mismo que rezo por mi madrecita Pelagueia. Moscú es una ciudad muy grande; todas las casas son de señores y hay muchos caballos. Lo que no hay son ovejas, y lo perros no son malos. Los chicos aquí no salen de noche, y en el coro no dejan entrar a nadie. He visto una tienda donde vendían anzuelos y sedales para toda clase de peces. Los tenían en el escaparate. Eran muy buenos. Había uno que podría hasta con un salmón de dieciseis kilos. También he visto tiendas en que se vendían escopetas de todo tipo, parecidas a las del señor. A lo mejor cada una de ellas vale cien rublos. En las carnicerías tienen perdices y codornices y liebres, pero no te dicen dónde las matan...

«Querido abuelito, cuando los señores pongan el árbol de Navidad con los dulces, coge para mí una nuez dorada y guárdamela en el baulito verde. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna. Dile que es para Vanka.»

Vanka suspiró convulsivamente y fijó de nuevo la mirada en la ventana. Recordaba que cuando el abuelo iba al bosque a buscar el árbol de Navidad para los señores, le llevaba consigo. ¡Qué tiempo tan alegre aquel!... El abuelo hacía con la garganta como un crujido, mientras el árbol también crujía, y Vanka, los imitaba. El abuelo, antes de empezar a cortar el árbol enciende su pipa, luego ocupa un largo rato en tomar rapé y burlarse de Vanka porque tiene frío... Los jóvenes pinos, revestidos de escarcha, esperan inmóviles, sin saber cuál de ellos ha de morir. De pronto, inesperadamente, sin saberse cómo ni de dónde, sobre los montones de nieve pasa rauda una liebre. El abuelo no puede contenerse y grita:

- ¡Atrap..., atrap..., atrápala!... ¡Ah, demonio de bicho!...

El pino cortado es conducido a la casa de los señores, donde proceden a adornarlo. La que más se entusiasma es la señorita Olga Ignatievna, la favorita de Vanka. Cuando todavía vivía Pelagueia, la madre de Vanka, que servía de doncella en la casa de los señores, Olga Ignatievna le daba caramelos a Vanka, y como no tenía otra cosa que hacer, le enseñó a leer, a escribir, a contar hasta cien y hasta a bailar la cuadrilla. Sin embargo, cuando Pelagueia murió, el huerfanito Vanka fue enviado a la cocina de la servidumbre, junto al abuelo, y de la cocina pasó a la casa del zapatero Aliajin, en Moscú.

«¡Ven, querido abuelito!... -proseguía Vanka-. ¡Por el amor de Dios te lo pido!... ¡Sácame de aquí!... ¡Ten piedad de mí! ¡De este desgraciado huérfano! ¡Todos me pegan y tengo tantas ganas de comer!... Además, ¡tengo una tristeza tan grande que no te la puedo contar!... ¡Me paso el tiempo llorando!... El otro día el amo me dio un golpe tan fuerte en la cabeza con una horma, que me caí al suelo y tardé mucho en volver a respirar... ¡Mí vida es una perdición!... ¡Peor que la de un perro!... También le mando mis saludos a Alona, al tuerto Egor, y al cochero. Mi armónica no se la dejes a nadie... Quedo de ti tu nieto.

Iván Vanka Zhukov.»

«¡Ven, querido abuelito!»

Vanka dobló la hoja escrita en cuatro partes y la metió en el sobre comprado la víspera por un kopek... Después de pensarlo por un momento, mojó la pluma y escribió la dirección: «Para mí abuelito en la aldea».

Luego se rascó , dudó por un instante y agregó: «Para Konstantin Makarich».

En seguida y contento de no haber sido molestado mientras escribía, se caló el gorro y, sin vestir el abrigo, así en mangas de camisa, echó a correr a la calle... Por los dependientes de la carnicería supo que las cartas se depositaban en los buzones, desde donde eran repartidas por el mundo por unos cocheros borrachos que conducen las troikas del correo, con el tintineo de sus campanillas. Vanka llegó de una carrera al primer buzón e introdujo la preciosa carta por la ranura...

Una hora después, mecido en sus dulces esperanzas, dormía profundamente. Soñaba con la estufa y veía sentado al abuelo, descalzo, con las piernas colgando y leyendo la carta a las cocineras. Vium daba vueltas junto a la estufa, moviendo el rabo...





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*   Antón Chéjov
(29/01/1860 - 15/07/1904)

Antón Chéjov
Antón Pavlovich Chéjov

Escritor ruso  Nació el 29 de enero de 1860 en Taganrog, Ucrania. Hijo de un tendero y nieto de siervos. Cursó estudios de Medicina en la Universidad de Moscú. Publicó relatos y escenas humorísticas en revistas en su época de estudiante. Terminada la carrera casi no ejerció debido a su éxito como escritor y porque padecía tuberculosis, en aquel tiempo una enfermedad incurable. 
Al principio escribía bajo el seudónimo de Antocha Chejonte iniciándose con cuentos, anécdotas y sketches cómicos. Su primera colección de escritos humorísticos, Relatos de Motley, se editó en 1886, y su primera obra de teatro, Ivanov, se estrenó en Moscú al año siguiente. Posteriormente escribió La isla de Sajalín (1891-1893). Se convirtió en una de las más señeras figuras del realismo ruso; creador del relato moderno en el que el efecto depende más del estado de ánimo y del simbolismo que del argumento. Algunos de sus mejores relatos se encuentran en su libro publicado póstumamente Los veraneantes y otros cuentos (1910). 
Casi a finales de siglo conoció al productor Konstantín Stanislavski, director del Teatro de Arte, de Moscú, que en 1898 representó la obra de Chéjov La gaviota (1896). Esta asociación, permitió la representación de varios de sus dramas en un acto y de sus obras más significativas como El tío Vania (1897), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904). Sus biógrafos han registrado 588 novelas cortas, o relatos largos. 
En 1901 se casó con la actriz Olga Knipper, que había actuado en sus obras.  Antón Chéjov falleció en el balneario alemán de Badweiler el 15 de julio de 1904.    
 ( Biografìa tomada de:



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** Marco Aurelio Rodríguez


La Guaira, 1955 .Periodista, politólogo, poeta y escritor. Realizó estudios en la Universidad Estatal de Moscú M.V. Lomonosov (URSS)  y en la Universidad de Belgrado (RSFY). Guionista, traductor, corresponsal internacional, publicista, humorista-pirotécnico literario, publica para periódicos y revistas. Autor de los libros Nada del otro mundo (2010); Cáncamo (2010). Fue incluido en la antología Sueño urgente, que recoge trabajos de poetas de México y Venezuela (2010). Premio Municipal de Periodismo 2010.