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sábado, 16 de febrero de 2013

Trece Narradores Venezolanos del Siglo XXI

Trece Narradores Venezolanos del Siglo XXI


La narrativa venezolana goza de un gran momento, no solo para los creadores que se ven inmersos en una alternativa de promoción de su obra, que quedo evidenciado en el Encuentro de narradores  organizado por Monte Avila Editores en noviembre de 2012, sino también para los lectores, gracias a la producción editorial de las distintas casas editoriales que colocan al alcance del lector las mas diversas novedades.
Venezuela ha sido un país de grandes escritores, de gran trayectoria en el género narrativo. Gallegos fue la gran figura de por lo menos tres cuartas partes del siglo XX, Guillermo Meneses y La mano Junto al Muro fueron renovadores de la literatura venezolana y latinoamericana, Julio Garmendia, José Rafael Pocaterra, Urbaneja Achepol, por solo citar algunos, se encargaron de dejar en grande el nombre de Venezuela en la primera mitad del siglo XX. Adriano González León hizo lo suyo con País Portátil, al alcanzar el máximo Premio Seis Barral, Salvador Garmendia y Los Pequeños Seres, junto a Memorias de Altagracia, lograron darle un sello propio a nuestra literatura. A partir de estas voces entramos con toda la fuerza al siglo XX. La lista sería Interminable. Los talentos son muchos, la producción literaria multisapida, y escribir sobre ello, exigiría un estudio meticuloso de las corrientes, estilos literarios, estéticas, que no son el objeto de esta nota.
El Siglo XXI se inicia con un movimiento literario movido por cambios profundos en la realidad venezolana. Venezuela se exige otras dinámicas. La literatura, aunque escribirlo parezca fabula, se mueve por todo el territorio venezolano. Se multiplican las bienales literarias, concursos y talleres de creación. La edición y la imprenta se abren a los autores inéditos y lo mas importante, se brinda un respaldo a voces nuevas que desde un principio se replantean formas escriturales sustentadas en un espíritu de libertad frente la creación. 
Que rico es poder sentarse en un auditorio a escuchar relatos narrados en voz alta, aunque mas rico es poder disfrutarlos en la intimidad de la lectura silenciosa, sostenida, íntima y que importante es disponer del tiempo que como lectores podamos  hacernos para tan especial e importante momento
Creemos propicio el encuentro entre voces iniciadas y consolidadas  en el siglo XX  y las nuevas voces de la narrativa del siglo XXI y por ello presentamos una breve selección de narradores del Siglo XXI, de todo el país, de distintas edades, que para el día de hoy asumen la escritura como compromiso del hombre con el acto creativo. Cual arquitectos, músicos, poetas, físicos, filósofos, hombres y mujeres de oficio creador llegan a ustedes con una selección afectiva capaz de ser leída sin agotamiento en un formato electrónico, con la convicción de que pasará a formar parte de su memoria lectora, creativa pero sobre todo de sus lecturas afectivas

Quedan con ustedes:

 

 

Luis Britto García



La foto

era color sepia pero la copia actual, ampliada, es gris y hasta cierto punto brumosa. De izquierda a derecha, en primera fila, sentados: joven de mirada profunda y cabellos con gomina, camisa manga corta y pantalones a rayas; a su lado, joven flaco con grandes entradas, las manos sobre las rodillas, el cordel de un zapato desatado; a su lado, joven parecido a Ramón Novarro, mejillas chupadas y un paltó doblado sobre las piernas; a su lado, joven con lentes redondos, montura metálica, peinado con la raya en el medio, un peine en el bolsillo de la camisa; a su lado, joven con mirada de desnutrido que parece estar observando las nubes o deslumbrado por el sol del patio de la prisión, y de él llama la atención ese gesto y no la ropa que tiene o cómo es su cara; a su lado, joven con bigotes y corbata de lacito y camisa a rayas grises; a su lado, una pierna doblada y la otra extendida, joven gordinflón, con el aire de quien acaba de caer sentado. Agachados: joven que sonríe, joven que está serio, joven que mira con intensidad, joven que parece aburrido, joven que mira a la derecha, joven que pone gesto trágico, joven a punto de dejar de ser joven. Parados: joven con las manos cruzadas sobre el pubis, joven con los brazos cruzados sobre el pecho, joven con los brazos a la espalda, joven con los brazos caídos, joven con los brazos en los bolsillos, joven que sostiene un paltó en el brazo, joven con la mano derecha en el hombro izquierdo. La ropa, se ve muy ajada, quizá por lo pasada de moda, quizá porque la foto fue tomada a la semana de estar presos y no dejaban pasar envíos de ropa limpia desde afuera. No se nota ningún detalle del patio del cuartel.
De izquierda a derecha, el tercero, parado, fue el del discurso que después le dirían fogoso, tenía cosas como aquí está la juventud y cumplimos con el llamado, a él lo pusieron preso por decirlo y a los demás porque aplaudieron, tres meses después lo botaron del país pero al fin llegó a Ministro. El primero, sentado, dos años más tarde murió de un tiro de fusil al tratar de cruzar la frontera disfrazado de peón. El tercero, segunda fila, fue el que compartió con el Presidente la comisión de cincuenta millones que los norteamericanos pagaron para tener más concesiones petroleras que los ingleses. El cuarto, primera fila, estuvo preso otra vez durante la dictadura, pasó en eso varios años, después fue Ministro de Relaciones Interiores y participó en la desaparición del estudiante Alberto Méndez, cuyo cuerpo fue horriblemente mutilado, etc. El segundo, primera fila, fundó publicaciones humorísticas y murió de hambre. El quinto, tercera fila, fue el tronco de abogado que le gestionó a los americanos las concesiones del hierro. El cuarto, segunda fila, era marico. El séptimo, primera fila, nadie se acuerda quien era.
En cuanto al tercero, primera fila, participó en la gran venta de inmuebles de propiedad pública y después se descubrió que él actuaba a la vez como abogado de la Nación y de la empresa compradora. El quinto, segunda fila, fue llevado al Consejo de Ministros para que pusiera la fuerza hidroeléctrica de Guayana en manos de la familia Umeres. El sexto, primera fila, montó la empresa constructora que acaparó los contratos de obras públicas mientras era Ministro el séptimo, segunda fila, que era propietario del noventa por ciento de las acciones. El quinto, primera fila, compró en cien mil bolívares su nominación como diputado por el gran partido popular y vendió su voto en tres millones cuando se discutía la reforma tributaria.
El segundo, tercera fila, llegó a Presidente e hizo respectivamente, matar, encarcelar y expulsar del país, al primero, segunda fila, primero, tercera fila, segundo, tercera fila, y sexto, primera fila. El cuarto, tercera fila, se puso de acuerdo con el sexto, misma fila -para entonces Ministro-, se hizo expropiar sus haciendas por el cuádruplo de su valor y ahora es banquero. El sexto, segunda fila, anda con un cáncer en la próstata. A la hija del tercero, primera fila, yo me la cogí.
La foto está cada día peor y la gente se parece menos. La publicaron primero en el Libro Rojo de la Subversión, y después ha ido dando tumbos hasta aparecer en Memorias de una Vida Política, que el cuarto, primera fila, escribiera en Antibes. Por aquí y por allá, sobre una que otra cabeza, hay crucecitas, y a veces hay dos cabezas muy juntas y no se sabe de quién es la crucecita.
El mundo da muchas vueltas.





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Gabriel Jiménez Emán 

 

 

 

El idiota. 

 

Cuando el sabio señaló la luna, el idiota se quedó mirando el dedo del sabio, y vio que se trataba del índice. Era un dedo arrugado, envuelto en una epidermis desgastada, cuyo tejido anterior se hacía tan fino que el espesor de la sangre, fragmentado en pequeños puntos rojos, se dividía a su vez en forma de tabique, debido a las líneas irregulares que en grupos de cinco separaban a las falanginas de las falangetas. Por la parte posterior, en la superficie de los nudillos, estas líneas eran más numerosas y parecían nervaduras de hoja, pues el sabio era tan viejo que la piel del nudillo era un pellejo de consistencia inerte, y hasta tenía ciertas marcas de los mordiscos leves que el sabio le había dado en los momentos de reflexión. En los demás dedos del sabio había ciertos vellos que el idiota apenas conseguía registrar con el ojo, tal era su concentración en el índice, distintos de aquellos por ser lampiños, con los poros más grandes y de una uña más pronunciada, curva y de una pátina tenue de amarillo. Su superficie se adivinaba casi tan lisa como la de un cristal, y brillaba. El contorno de la cutícula estaba perfectamente dibujado; no había en su línea cóncava ni el más mínimo desprendimiento. El nacimiento de la próxima uña, blanco y puntiagudo, formaba con la cutícula un óvalo que el sabio miraba a veces, encontrando en él una especie de centro universal cuyo significado desconocía. Se detuvo por fin el idiota en la parte superior de la uña, que coincidía exactamente con el nivel de la yema y cuyo borde se inclinaba hacia abajo. Allí el idiota vio, perfectamente reflejada y redonda, a la luna.



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Wilfredo Machado





Contra la academia


          Los escritores ciegos caminan unos al lado de los otros tomados de las manos como  asustadas vírgenes que deshojan margaritas en el umbral de la muerte. Esperan por un barco en mitad de la niebla que nunca llegará y que los transporte al altar de la fama o a la academia. Se asustan si no aparecen en las páginas dominicales, al lado del café y del croissant por las mañanas. La pobreza y la vida que giran como un remolino por las calles los aterra. No se ensucian las manos con la  tinta. Inmaculados hasta cuando bostezan, su vida es un festín de oprobios y banalidades. Opinan sobre todo; pero, fundamentalmente, sobre lo que no saben, sobre lo que no entienden  y sobre lo que nunca vivieron. Se ocultan en los armarios entre las ropas íntimas donde yace el deseo de ser otros. Ilustres geniecillos de terracota, entrelazan los dedos con miedo frente a las adversidades del mundo a esperar que pase la tormenta. ¿Quién podrá rescatarlos se preguntan? Como todo menor de edad, firman comunicados pidiéndole auxilio a sus mayores, que nunca les responden. Cuando cruzan los puentes se marean y el abismo, tan cercano, los aniquila. El mayor riesgo que corrieron en sus vidas fue firmar un contrato editorial, una cuenta bancaria. Creen que la vida es una telenovela por capítulos con un final feliz. Se escriben notas elogiosas unos a otros que más parecen epitafios para la vanidad y el olvido. En sus cráneos vacíos donde habita el orgullo no hay espacio para el amor ni la compasión. Hoy, luego del discurso de ingreso del sillón X, hemos acabado de arrojar las últimas paletadas de tierra y coronas de flores sobre sus cuerpos descompuestos, porque también los gusanos tienen derecho a su festín de letras. Paz a sus restos.  




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Juan Antonio Calzadilla Arreaza




Arte Narrativa


EDICION FINAL

Finalmente el escritor recogio todos todos sus trozos narrtivos disopersos a lo largo de meses sobre su vasta y desordenada mesa. Con horror constató que había traspapelado el trozo esencial. Un terrible vacío le inundio heladamente las entrañas.

EL TROZO PERDIDO

El trozo perdido rezaba:

"Ya el escritor no se encuentra entre sus textos, se ha hecho pedazos, es acaso el mero horizonte de su multiplicada ausencia"



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Antonio Mora






De: Crónicas de Acirema



LOS ÓRGANOS más desarrollados en los aciremenses son los codos. Tener un buen par de codos y saberlos utilizar es sinónimo de éxito, sobretodo en los terrenos de la política y de la economía. Algunos teóricos de nuevo cuño hablan de las extremidades inferiores en función de la zancadilla. Pero la ventaja de los codos sigue siendo incuestionable.
El proletario sólo conoce la utilidad de los codos en las puertas de los estadios y cuando reparten algo gratis.
La frase “romperse el codo”, lejos de tener algún sentido oculto significa simplemente fracturárselo.





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Eduardo Mariño

 



SOMBRAS QUE BAJAN POR EL RÍO 

 



“Vengo para conduciros a la otra orilla donde reinan las eternas tinieblas...” 
   Dante, Infierno, III

A María Quiroz
           

Hacía rato que había escampado.  El río sonaba como una recua de ganado escapando de los jinetes del infierno.  La quinta noche de mayo, carajo... la luna se llevó los bagres y se trajo guindado este invierno que parece no acabarse nunca.
     Yo estaba recostado en la puerta del bar de Pedro, Brisas del Río, y ahorita que lo pienso, no creo que esa noche hubiese brisa del río, si no más bien un silbido mojado que bajaba del cerro y se le pegaba a la gente en el cuerpo, como una camisa emparamada del sudor del miedo.  Estaba  ahí recostado del quicio, igual que todas las noches, mascando chimó y viendo pasar a la gente.  Recordando.
     El llegó como a las ocho de la noche.   Era evidente que venía de San Carlos.  La gente de San Carlos sólo viene a El Baúl por dos cosas: a beber o a preguntar pendejadas que ya casi nadie recuerda. Mayormente sólo pueden preguntármelas a mí, a este viejo hediondo.  Pero deben interesarles mucho esos cuentos de antes,  porque aceptan tranquilos mi olor y ocasionalmente me regalan una cajeta, o me brindan unos palos de cocuy, que sin embargo, nunca me quitan este temblor, este escalofrío.
     Dije que llegó o que más bien lo trajo el agua, porque venía emparamado y azulito del frío.  Se echó un palo y los ojos se le aguaron como a un carajito.  Cuando la gente le pierde la costumbre, o nunca la ha tenido, el cocuy los regaña y los patea.  A mí, ya el aguardiente no me sabe a nada.   Tan sólo el chimó me amarga la lengua un rato, y me hunde en ese velar apendejeado que es el recuerdo. Le preguntó a Pedro por mí.  Este se le quedó viendo y me lo mandó para acá, apuntando con el tuco de dedo que le dejó el caribe hace no sé cuantos años.  Hablaba apuradito, como si yo me fuera a ir de aquí  o si la lluvia lo regresaría  pa´i mismo de donde vino.  Cuando lo agarré por el brazo tembló como una mujer, y luego se quedó quietico mientras lo llevaba para la mesa.
     Cuando se quitó los lentes le vi unos ojos oscuros y asustados.  Seguro que una barba como esta debe asustar a cualquiera. Me preguntó si era posible limpiar una montaña y amontonar leña como para un mes en una sola noche,  que si era verdad que habían “familiares” rondando en estas calles, en noches como estas.  Todo esto lo iba diciendo  poco a poco, soltando el cuento como si quisiera echarlo el mismo.   Me le quedé callado un rato,  esperando a ver que hacía después de hablar.  Clarito se le veía el miedo en los ojos.  Pero no era que me tenía miedo a mí, sino a mis respuestas.  Como si no quisiera que esos cuentos fuesen verdad.  Cuando vio que me empujé el palo que me había traído y le iba a contestar,  se echó para atrás y se recostó, buscando seguridad en la silleta.
     Mire amigo -le dije- aquí se oyen muchos cuentos de esos.  A mi me parece que a usted le contaron fue de Jorge Noche.  Si va donde Pedro y le dice que me le de una caja de Tarazona y esa botella de aguardiente que tiene en la repisa, yo le puedo conversar un rato de Jorge Noche, porque nadie más que yo le puede echar el cuento por aquí.  Vaya pues pa´ que hablemos.  Cuando vino, me carraspee la garganta, me eché un trago para enjuagarme la lengua y le empecé, con esta misma voz ronca y agotada, a hablarle de Jorge Noche.  De esa sombra que camina de cuando en cuando por estas calles y a quien todos alguna vez le han tenido miedo.
     Le dije que para pelar una montaña sólo hacía falta una noche si el brazo estaba bueno y el machete bien amolado.  Le conté del cerro que le mandaron a limpiar y que amaneció peladito al día siguiente, con toditica la leña amontonada en una orilla.  Que  los familiares  no rondan calles sino las almas de quienes los llaman a estas noches.  Le conté de los desaparecidos en el río y en otros lugares que no es conveniente nombrar ahora.  De cómo  su negra canoa remontaba el río nada más de mandarla como a una bestia; “pa´lante, vamos  pa´lante”.  Le repetí, casi susurrando, las terribles palabras que Jorge Noche pronunció en la cruz de  la pica que queda  al otro lado del río, más allá  de la carama que dejó el invierno cuando el río bajó por la calle del medio,  y que mucha gente todavía  dice que se escuchan cuando el río anda arreblestao y han enterrado  a alguien en el cementerio del cerro.  Nombré las personas  que le habían visto bajarse un día de la canoa, en medio del río, y salir sequito pa´ la orilla, como si viniera caminando por una  trocha en el agua.  Me afincaba en las palabras para ver como le temblaba el ojo, porque afuera, estaba volviendo a desbarrancarse el palo de agua,  y los centellazos se reflejaban en la botella y en sus lentes.   Le dije que no era bueno preguntar demasiado sobre esas cosas, y mucho menos escribirlas para que otros las conocieran.  En eso guardó el cuadernito y se me quedó viendo, como esculcándome los ojos.
     ¿Y está muerto Don?  Fue lo que me preguntó.  Yo le dije que las sombras  nunca se mueren del todo pues hasta en plena resolana, queda una rendijita de oscuro por donde se cuelan de la otra orilla, a recordarle a uno que también somos sombras, fantasmas perdidos en estas sabanas que en el verano son ardientes  peladeros y en el invierno, oscuros pozos de muerte, negras lagunas donde hierven luces misteriosas.
     Escuche -lo miré a los ojos-  cuando dijeron que se había muerto ese hombre, yo fui el primero en llegar a su casa.  Ahí lo que había era una urna en medio de la sala, trancada con clavos, como en los tiempos de antes, no como ahora que eso más bien parece un escaparate de señorita.  Me quedé ahí esperando, esperando a que llegara la gente a ver si en verdad Jorge Noche era difunto.  Cuando llegó Petra  a  rezarle,  acompañada  de  un bojote de viejas y curiosos -hasta los borrachitos de los botiquines vinieron-  yo me aparté pa´un rincón y me puse a mirar.  Ahí no lloró nadie m´ijo, eso era un silencio muy hondo.   Luego vino el Jefe Civil a ver lo del  muerto, y a preguntar pues, y pidió que abrieran la urna para ver si en verdad ahí había un muerto.  Pedro, sí, ese mismito que está ahí, le dijo “cuñao,  pero espere que terminen el rezo, mire que eso es malo...”  pero nada, ese hombre abrió esa caja con un pedazo de cabilla y ahí fue que vino lo feo mire, ahí salió un mariposero negro, de esas que tienen un como ojito así en el ala.  Toda la sala se llenó de esas bichas, que aleteaban y apagaban las velas.  Se formó un desbarajuste y ese viajero corriendo y persignándose.  Y cuando se medio espantaron las mariposas y se pudieron asomar a la urna, ja!,  ahí lo que había era un esqueleto pelaíto, como de muchos años, pero en la boca, en la encía le relumbraba el diente de oro que según y que Jorge Noche le había arrancado con los dedos, a un hombre en San Fernando de Apure.  Ahí mismo yo me fui de esa casa, me vine para acá y me recosté del quicio de la puerta del bar,  como ahorita que usted llegó.
     Cuando terminé de echarle el cuento,  ese hombre estaba pálido.  Se paró  y me dijo, acompáñeme para la puerta.  Me preguntó ¿Quién es usted amigo? ¿Por qué usted sabe esas cosas? ¿Cómo sabe todo eso y lo cuenta de esa manera que mete tanto miedo?  Yo le dije, eso no importa ahora,  váyase ahorita que está escampando antes que lo agarre otra vez el aguacero, mire que ya es muy tarde y no es bueno que ande por ahí a estas horas.
     Y me salí, me fui buscando la orilla del río,  caminando pasitico a poco.  Cuando me di cuenta venía atrás mío corriendo.  Me jaló por le hombro y me dijo: “Usted tiene que decirme quién es,  a eso fue que vine”.
     En eso voltié y le contesté, gritando porque estaba lloviendo y el río sonaba como si estuviese arrastrando al infierno con él: “ya le dije que no era bueno preguntar demasiado sobre esas cosas”.  Y lo miré directo a los ojos, y le vi el miedo brillándole como esas luces de la sabana.  Entonces me di cuenta que aunque me le fuese iba a seguir buscándome siempre. Véngase conmigo –le dije-  y lo agarré por un brazo, y lo jalé hasta la orilla y le señalé un reflejo que venía subiendo el barrial furioso que era el río,  remontando esa corriente.   Con el centellazo se vio clarita la canoa negra de Jorge Noche, que venía subiendo sola, que venía mansita buscando su nuevo dueño.



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Sol Linares

 


-






























Labiadas
 

Te diré la razón que tuvo Pedro Plano para no volver. Esa noche llegó, con el bendito y
matracoso cuento de su asexualidad; pensaría que como tú, yo debía creerle la estúpida idea de que
es una planta. Verde olivo, para colmo, adaptada dramáticamente al desorden climático por el asunto
ese del calentamiento global. Pero qué iba a hacer, Manolo, ya sabes lo aburrida que soy para tus amigos y lo incómoda que se pone la noche cuando tú no estás, nos entumecemos, nos atragantamos, y no queda otra salida que bajarse una botella de ron para aproximarse a eso que ustedes llaman tertulia. Me hubieras visto, eres bastante acertado cuando dices que el licor te estimula la suspicacia, pero también hace que la gente se aproveche para contarle a uno sus aberraciones, lo digo porque a la tercera cuba libre ya me había tomado en serio las confesiones de Pedro Plano. Ya me estoy creando el mal hábito de emborracharme para aceptar a tus amigos excéntricos, has hecho de esta casa un nicho de viernes hedónicos a cuenta de que uno se equivoca de siglo y vos te la das de vanguardista. Lo que hacen los tragos, fíjate, lo ponen a uno suelto de lengua y cuando menos lo esperas todos caemos en la trampa del más sincero, arranca el comercio de intimidades, contamos nuestros secretos bajo una falta de generosidad, y aclaro que nadie lo hace gratuitamente, quien revela algo de sí espera a cambio el mismo gesto. Pero qué iba a contar yo de mí, Manolo, eso lo sabes tú y lo saben tus amigos; no practico ballet, no soy lesbiana, ni claustrofóbica, ni me la doy de enigmática ni de un coño, y tampoco tengo tanta imaginación como Pedro Plano para inventarme una fábula de mí misma. Así que Pedro Plano se valió de este ostracismo mío y se dedicó toda la noche a restregarme su filosofía pluricelular.
Deduje que sus anteojos fotocromáticos respondían a su condición de planta trepadora, farsante, ventanero. ¿Qué lo entienda, me dices? No. Comprende que me manejo como un reloj de cuerdas y este mundo va muy rápido, es más cómodo si me quedo así, rezagada a la corriente librepensadora de esta época, aferrándome todavía a Clint Eastwood, Frank Sinatra y trova vieja. Yo sé que de bruta no lo tengo todo, aunque ustedes insistan en tratarme como a un disco de acetato o como si mi vida fuera la reproducción patética del Show de Lucy. Es cuestión de lógica, mira. Si me pongo a seguirle la corriente a Pedro Plano un buen día tendré que actuar delante de él como si fuera una matica, como vos, que poco te falta para regarlo.
Todo lo que uno escucha en esta vida, Dios mío. Dijo que no le gustan ni las mujeres ni los hombres.
¿Asexual? Me quiso como entrar miedo, así como el miedo frío que te despiertan los mitómanos. Y yo de guara le digo:
— Pero al menos te masturbás, ¿no?
Inmediatamente lo vi venir con su boca llena de vegetales. Dijo que sentía una gran apatía por el sexo, que para eso se había ido al Tíbet, para alcanzar la conciencia superior de las plantas.
También dijo que hacer el amor era trivial y que el orgasmo es un desgaste cósmico innecesario. Te lo juro por mi santísima madre, Manolo, que aquí me lancé el trago de un solo golpe. Y no me preguntes cómo pasó lo que te voy a contar, pero en ese instante me imaginé el pene de Pedro Plano: todo poblado de musgos, desperdiciadito, intransigente como el tallo de un cactus y adaptado tontamente a la acumulación del agua. Ah, pero yo, la suprema, no contenta con su abnegación, por cierto más penosa que el hambre del asceta, me puse a querer a arruinarle al tipo su filosofía vegetal, ya sabes que a uno se le resquebraja la moral cuando tiene delante casos tan difíciles y nos ponemos a querer salvar a los hombres de algo que tampoco sabemos.
Y a que no sabes... Apagué las luces. Prendí aquellas velitas aromáticas que vos compraste para hacer yoga. Puse el disco de B.B. King. Encendí un cigarrillo de los tuyos, de esos cubanos sin filtro (horrorosos), y me he sentado cerca de Pedro Plano, con la pierna cruzada al estilo de Sharon Stone en Bajos Instintos. Supongo que se ha debido reír de mi cara y de mis ojos ablandados, imagina no más la mirada tonta que se le pega a uno cuando se echa unos palitos, y lo retontas que nos vemos las mujeres paloteadas tratando de seducir a un hombre. Después abrí mi bocota y me escuché a lo lejos preguntándole, con el tono grave de aquél que ha pasado su vida estudiando botánica en un monasterio, que a qué familia de plantas pertenecía. Pedro Plano también se unió a mi propia gravedad para responder, me dijo que pertenecía a la familia de las labiadas, y que su alma aromática contiene la esencia de la hierbabuena, circunscrita a sus antepasados mediterráneos (pucta).
—¿De la familia de la menta o del orégano?— pregunté. Pedro Plano se sonrió, así, alegremente, como quien reconoce en la boca de otro una vieja parentela en común. Me explicó que la hierbabuena pertenece a la clase de Mentha Piperita. Mientras tanto yo pensaba que ésta había sido hasta ahora mi mejor clase de biología, que hubiéramos aprendido mejor la materia si los profes de secundaria se hubieran hecho pasar por matas de plátano. Con todo y todo yo andaba deslumbrada por el rizoma de Pedrito. Comprendí el origen de sus ojos verdes, repletos de clorofila. Luego me puse a soñar en que si no sería ésta una manera de seducirme, y busqué, no me preguntes cómo, su lengua de alga.
Nos besamos. Mucho nos besamos, y era como besar a una hoja. Su lengua lisa, venosa en el dorso, amarga pero dulce, trajo a nosotros el olor a hierbabuena. Me enteré de que estaba completamente desnuda cuando escuché el trancazo de la puerta y yo sola en casa. Por eso nunca volvió.






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María Alejandra Rojas






Ambas sueñan

Una mujer sueña que se ve acostada durmiendo. En el cuarto donde duerme ha entrado una ráfaga helada a través de la ventana. Su cuerpo, flácido, busca a tientas una cobija. En su sueño también tiene frío pero no alcanza a cubrirse con nada. Finalmente siente un repentino calor. Ha amanecido: el sol entró en la recámara. En su sueño, alguien abre la nevera de la morgue donde reposa su cuerpo, y este es cubierto por el rayo de luz que emanan las bombillas calientes. Se estiran, una en la cama y la otra en la camilla. Ambas se sienten más tranquilas porque, finalmente, todo parece haber sido un sueño.
 



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Marianne Díaz Hernandez


 




Aviones de papel 

Sentado en el suelo de la cocina, el niño juega con una hoja de papel: la dobla, la desdobla, la dobla de nuevo. Intenta hacer el avión más aerodinámico, el que le permita llegar, en un solo lanzamiento, de la puerta trasera de la casa hasta la copa del araguaney, si es posible, hasta el nido de turpiales que hay en la rama más alta.
Está en flor, el araguaney. Más allá de donde juega el niño, la madre combina ingredientes inusitados en una receta «con lo que hay». Meses atrás, el niño se habría negado al sabor exótico de los inventos de su madre, pero con el transcurrir de las semanas, se ha dado cuenta de que hay otra razón para esos experimentos, más allá de la creatividad de la que siempre ha hecho gala para cocinar, y evita rezongar porque no quiere que su madre llore. Ella cree que él no la oye llorar; sale al patio y se esconde tras el araguaney como si buscara algo, como si revisara si la ropa tendida ya está seca, pero él la escucha, de todos modos, a lo lejos, mezclada con el sonido del viento entre las hojas, con las voces de los hijos de los vecinos, con el silencio. Pero sigue doblando y desdoblando la hoja de papel. No sería bueno que mamá supiera que él la ha oído: probablemente lloraría más fuerte aún y sentiría culpa, aunque no sabe bien de qué.
Busca otra hoja y empieza de nuevo. Papá siempre dice -papá siempre decía- que los aviones no volaban bien porque las alas no quedaban del mismo tamaño. Ven acá, que te enseño. Tiene que ser simétrico. Y entonces armaba con una hoja el mejor avión nunca visto, el que atravesaba el patio planeando con sus blancas alas desplegadas, el que podía sostenerse por más tiempo en el aire. Lo malo, era que también estaban los otros días: los días en que se frustraba y estaba de mal humor, tú nunca vas a aprender, eres torpe como tu madre, le decía. A él no le parecía que su madre fuese torpe; le parecía dulce y suave y hermosa y a veces triste, y sus manos eran como palomas cuando tendían la ropa recién lavada en las cuerdas del patio. Eso era su madre: una paloma –si mamá hubiera querido ser pilota como yo, seguro habría sido la mejor de todas-.
Cuando yo sea grande, voy a ser piloto de aviones, y me voy a llevar a mi mamá a conocer el mundo. Los pilotos pueden hacer eso, ¿no?, seguro en las cabinas hay espacio para quien uno quiera. Me voy a llevar a mi mamá para que conozca los sitios de los que a veces me habla, cuando me ayuda a hacer la tarea, Francia y España y las pirámides de Egipto, y todas esas cosas que salen en los libros.
A los pilotos no debe faltarles dinero, con sus trajes tan blancos y tan recién planchados. Pero el papá decía que no podía ser piloto, porque era demasiado torpe. Después no regresó más. El niño sólo preguntó por su padre una o dos veces; el dolor en el rostro de su madre lo previno de preguntar de nuevo. De cualquier modo, pensaba, no era el mejor papá del mundo –a diferencia de mamá, que sí lo era-, pero no dejaba de ser extraño que se hubiera desaparecido un día de repente, sin llevarse ni siquiera los trajes que todavía colgaban en el clóset, ni los zapatos que seguían llenándose de polvo tras la puerta de la habitación de mamá.
A lo mejor se fue porque no quería ser más mi papá, por lo torpe que soy y eso. No puede ser por mi mamá, porque mi mamá es buena y dulce y suave y huele rico y sabe hacer almuerzo aunque la nevera esté vacía –un día voy a descubrir cómo lo hace-. Igual yo aprendí a hacer los aviones simétricos, mira éste, cómo vuela hasta la mata de guayaba y se queda allá arriba...
Desde que su esposo se había ido, o mejor dicho, desde el momento en que ella asimiló que se había ido, que esta vez sí no iba a regresar, había tenido que empezar a ingeniárselas para proveer a su hijo con lo indispensable, tratando de que no notara el vacío. Había empezado a buscar trabajo por horas como maestra o niñera; él nunca la había dejado trabajar, así que le costaba recordar qué otra cosa sabía hacer, aparte de ser madre y esposa. No se atrevía a pedirle ayuda a sus padres, no creía que se atrevería; tantas veces le habían dicho que esa elección de marido era un error; a estas alturas de la vida, bien sabía que uno tenía que equivocarse por su propia cuenta, que era lo que ella había hecho. Regresar a casa ahora, después de seis años durante los cuales había insistido en que no se equivocaba, en que Darío era el hombre de su vida y en que la intuición de sus padres fallaba de largo a largo, regresar a casa ahora habría sido una humillación intolerable.
Se levantaba, entonces, todas las mañanas en su cama vacía, cuando el sol todavía no había salido, le preparaba el desayuno a su hijo y hacía acopio de toda la valentía de sus veintiséis años para creer que el día de hoy sería mejor. Sin embargo, era el tercer mes sin que Darío apareciera, ni siquiera para darle algo de dinero para el hijo, que ahora parecía que era de ella sola, y ya era bastante obvio que no había nada que esperar de su parte. Pero el fiado en el abasto era kilométrico, y no le parecía probable que la fueran a seguir esperando, y se le empezaban a agotar las puertas donde tocar buscando trabajo.
No importa, pensó. Algo resolveré. Lo importante es que él no se dé cuenta, que no sufra la ausencia de su padre, que pueda seguir haciendo sus tareas y jugando en el suelo de la cocina, sin preocuparse. No entendía la prisa de las maestras en que los niños lo aprendieran todo pronto, y crecieran rápido. Para qué, pensaba. Uno crece y lo primero que aprende, es a dejar de ser feliz, para ser lo que la sociedad espera de uno. En lo que a su hijo respectaba, no había prisa. Si ella podía evitarle la infelicidad por el tiempo que fuera, así lo haría.
Mira, mamá, éste sí va a llegar hasta el araguaney, míralo cómo vuela- le dijo, mientras corría al patio con todas sus fuerzas.
Ella, cortando una cebolla, repasó las opciones que le quedaban, y pensó en cuál hora sería la más adecuada para llamar por teléfono a su madre. 


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Esmeralda Torres






 

Puertas 

 

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Cuando terminó de sonar por octava vez la canción que te gustaba tanto, te levantaste del piso y recogiste los libros que yacían regados a tu alrededor. Preparabas el trabajo final de la materia electiva de tu último semestre, Teoría del texto literario. Colocaste con cuidado, y en orden de importancia, los libros entre una de las cajas abiertas. La sellaste con la cinta de embalar y con el pie la rodaste por el piso de granito pulido hasta apilarla junto a las demás ya cerradas. La niña dormía en su habitación. Sus cosas, ropas y juguetes estaban dentro de dos maletas que permanecían desde hacía dos días en tu cuarto. Algunas cosas las habías regalado para no hacer más pesada la mudanza. No querías que se hiciera brutal y evidente la partida. Te parecía cruel con ella que a pesar de sus dos años era aun tan pequeña para vivir este drama. Abandonar el hogar donde había nacido y a su padre, no podía dejar de resultar duro a pesar de su corta edad. Por ella, no por ti que estabas convencida de que era lo mejor para ambas. Confiabas en que olvidaría pronto y que la nueva vida que ibas a darle, resultaría suficiente para hacerla feliz.

Tomaste una toalla limpia del closet y fuiste al baño para refrescarte antes de acostarte. En el estante ya no estaban tus cosas, lucía vacío y obsceno. Unas afeitadoras, un pomo de champú y un desodorante. Nada más. 
A la mañana siguiente, cuando él regresó del trabajo, encontró sobre la mesa del comedor tu juego de llaves y ninguna nota. Colocó un suéter sobre el mueble de tela y el maletín con libros y los implementos de su oficio. Revisó las habitaciones y las encontró vacías. Los closets vacíos. La biblioteca parcialmente vacía, el mueble con los discos, vacío, la vida vacía; pero pensando en que sus razones eran poderosas, en ese momento, tu partida y la de su hija, no le importó. A pesar de ello, a pesar de que le habías comunicado tu intensión de abandonarlo, pensando en que todo sería pasajero cuando se lo comunicaste, no te creyó. Cerró la puerta del apartamento y se marchó a la casa de sus padres. 
Han pasado algunos años y revisando unas fotos de tu hija pequeña, los recuerdos de esos días se te meten por la hendidura de tu corazón que sigue abierta a un costado de tu pecho. Guardas las fotos y tomas el computador para continuar con el texto que escribes desde hace unos meses. Es el libro donde narras las historias que vas contando. Para ti y para ella.
Escuchas la puerta de entrada cuando la abren con violencia. Sabes que el cuarto donde ella duerme, ahora adolescente, sigue cerrado, como siempre con seguro. Entiendes que es la misma historia que se repite, eternamente, y ya no sabes a cuál texto pertenece esta parte. Si a la vida de antes o a la vida de ahora que es la misma y que escribes en tu computador, mientras él, afuera, llega a la casa y a tu vida; a tu vida vacía, a tu vida de siempre. A tu vida de habitaciones vacías, a tu vida de estantes obscenos, a tu vida en cajas que nunca terminan de llenarse ni de vaciarse. Un viento fuerte te golpea la cara otra vez y lo ves parado en la puerta del cuarto, mirándote a los ojos y como siempre, cuando esto ocurre, lanza las llaves sobre la mesa, a tu lado




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Lennis Pérez








Rosita 
Rosita, ¡Rosita! —llamaba la abuela desde el zaguán—. Esta muchachita del carrizo, ¡venite Rosita que el guarapo se enfría y todavía no te hago la trenza!
Y peinaba la abuela el cabello largo que cubría la cara redonda, risueña de mi Rosita.
En las tardes, de vuelta al calor de la cocina, Rosita contaba pepitas a golpe de seis. Día tras día el mismo diálogo. La radionovela, la gotita en el tinajero, los gritos del lorito Lorenzo, el aire que comenzaba a cargarse de los cantos de grillos y las ranas entre los helechos, los musgos y la tierra mojada. Las calas, dalias y cayenas sembradas por la abuela en las latas de leche y los peltres.
Rosita, apúrate, Rosita, que se murió la co­madre y nos esperan en el pueblo. ¡No le metas el dedo a la leche que se corta Rosita! ¡Anda mucha­cha, no te metas en el gallinero que las gallinas se espantan y no ponen!
Fuiste creciendo, Rosita, te hiciste mujer y mal­ta seguía tejiéndote la trenza antes de salir en las ma­ñanas. Tú con tu carita redonda, con tus ojos dulces, contando pepitas con el rosario de abuela. Ya no es­toy más, Rosita.
La abuela se quedó dormida entre los musgos, entre el rumor de la tarde y nuestro secreto crecía con la llegada de la noche. Una sombra entre los helechos me robó el eco cantarino de tu risa, un destello tiñó de sangre mi camino de regreso, el agua del tinajero no calmó mi sed adolescente. Te codicié, te tuve y me fui desvaneciendo en la bru­ma, en el oleaje de preguntas sin respuestas. La radionovela del pueblo se alimentó de tus secretos, eso me restó el aliento. Quedó mi cuerpo yerto. Ahora soy sombra, limo, aroma de espino. Me fui o te fuiste, Rosita. Me dejaste solo y a oscuras. No basta el clavel blanco ni las florcitas amarillas, no basta la luz de las velas blancas, mi Rosita, quiero volver de esta sombra que me cubre por beber de tu canto y de tu risa. Seguiré velando tus sueños, abri­gándote con mi cántico en el espectro de la noche con olor a tierra mojada... (Rosita... Rosita...).

 

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Patricia González 






Esto huele a chivo (Corpus Christi)
Otra vez, mi amor blanco, esto merece una celebración. ¡Ya quiero que me llueva encima! Vayamos a las calles de La Villa. ¿En qué rollo maldito me habré metido ahora? El consejo del cubano lo ignoro. Bendíganme el cielo, te encontré. Me preocupa tener aguante para tanta enfermedad. Lo fácil es nada para mí, por eso te acepto mío. Todo es tan irregular que decido marcharme con los Diablos de Yare. Tú y yo pacientes de atar. Esperamos nuestro turno. Agarra todos mis rosarios y tráelos.
Cencerros, correas, caderas. Santo Patrono Francisco de Padua líbrame del maligno. Cascabeles, cascabeles, pásame los cascabeles. Me encomiendo. A ti, amor blanco, te regalo una máscara roja, verde, azul y amarilla, estás pálido. La coloco al lado izquierdo de tu escaparate. Cuando la fecha llegue me la prestas escondido, tú inventas tu sacrificio mientras yo danzo con la máscara puesta. Nadie mi sexo percibe. Bailaré frente el altar que construyó tía Margarita. Danzaré y me agitaré hasta que el Santo me conceda estar contigo sin sufrir. Prohibitiva pero hago lo que se me antoja. El Santo permite reunir a los diablos, al niño Jesús y a mí. Tú prefieres colocarte el pañuelo rojo y andar por toda la casa danzarín. ¡Qué hipócritas eres! Ese color no se puede llevar con hipocresías, conscientes o no, pero a ti se te perdona todo, amor blanco. Pásame tu casco, el militar, el viejo, debemos simular. Casco viejo.
Cuatro cachos. Francisco casi ya eres, diablo mayor. Crea promesas e incumple. Tienes la intención de hacer votos. Año tras año. Sigue pidiendo benevolencias, Dios quiera que nunca se vean cumplidas. Costumbre. Tú estás ciego, así que debemos pedir al Santísimo Sacramento que te devuelva esa vista. Dos puertas en los ojos y no quiero trancas en mi cuarto. Sé primer capataz. Tú serás perfecto, los diablos deben estar sucios. Amor curtido, destruye el portón. Agarra la vaselina, ahora viene el látigo. No dejes de darle a la maraca, diablo. Látigo y maraca en manos.
No estás encontrando nada. Somos parte de la congregación y yo quiero más. Quiero que tú dirijas los ritos, que te adueñes de la cofradía, de todos los diablos y promeseros difuntos. ¡Te me vas ya al cementerio! ¿Quién sabrá que estás curtido? Para todos eres blanco, tu moral está intacta para ellos, te vendría bien ganar el puesto de Lector capataz. Un solo hombre con moral correcta en la cofradía, los demás llevamos caretas. Quiero que juramentes a miles y miles de noveles promeseros.
Saracundé. Te dije que tenías que traer los colores tú, en las alfombras de flores. Nunca haces caso. En tu brazo hay una cruz de palma bendita, saberlo me tranquiliza. Azote diablo, orden y rigor. Toma el mando, como en ejército santo. Montezuma española. Estamos haciendo un desastre de la danza. Arte. De rojo la procesión. Misa.

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Laura Antillano



 


La luna no es de pan-de-horno


Usted, Señora mía, me dejó como regalo el desgarre, y siempre tuvo la victoria final. Usted, Señora, no tenía derecho a dejarnos la desesperanza como legado eterno, con este ahogarse en su ausencia y con ella, con esta sensación eterna de lo inconcluso. Entre usted y yo había demasiado que decir todavía... y sin embargo, ahí estaba, vestida de blanco, con es vestido blanco de florecitas menudísimas, y su perfil siempre digno, sereno, y el cabello negro-azabache, acostada en un ataúd, que no tenía nada que ver con usted, como tampoco tienen nada que ver con usted esa sala de funeraria con cortinas de terciopelo oscuro, y las sillas pegadas a la pared, todas circunspectas, los trajes negros, el café, aquellos rostros casi todo conocidos por historias distintas, y las coronas de flores secas, con anotaciones hechas en escarcha sobre la cinta. No, Señora mía, ese no era su mundo, se trataba con más acierto de una representación teatral donde a usted me la habían metido en el centro, de actriz principal, de punto de partida para la historia. Usted pertenece a otras latitudes, a una luz de cielo suavecito, a un sol quemante, al mercado viejo de Maracaibo, a los que traen el plátano de Bobures en la madrugada, al periquito que está sobre la nevera y sufre de los nervios, las canciones de Agustín Lara, Toña La Negra, Leo Marini, Los Panchos y Guty Cárdenas, Clark Gable, las florecitas de bellalasonce, los encurtidos en su frasco mostrando todos los colores, el vino Sagrada Familia, los cromos de niños comprados en el mercado de Las Pulgas, los cojines de retazos, los cuentos de Sabana de Uchire y el río Manzanares, la historia del caballo  Marco Polo, la infancia alimentada de recortes de pan, los desmayos en el colegio, sus faldas anchas de muchacha de veinte años, su cabellera cascada que cae sobre los hombros, su mirada lejana, serena, perdida, la sorpresa frente a esa Caracas desconocida, los primeros dibujos, los esbirros, el Morrocoy Azul, la cárcel de papá, el apartamento de El Silencio, los siete hijos, un parto tras otro, el retrato grande de la abuela, los recuerdos de Barcelona, Uchire, Clarines, Puerto La Cruz, el terremoto de Cumaná, la imagen de la virgen de Lourdes con su manto azul, los dibujos de muñequitos, las historias de cuando se bañaba en el aljibe del patio, la enredadera de nomeolvides, con sus flores amarillas, las dos trinitarias, su risa. Una risa rara, de pocas veces, pero hermosa risa, como un estallido, con los ojotes arrugaditos en los extremos, y los dientes blancos, con toda la apertura de los labios y esa sonoridad, toda muy suya.

Usted, Señora, se llevó a la tumba el último despojo de la esperanza, la posibilidad de creer que puede tragarse la amargura y volcarse en un río de aguas turbias, para renacer alegres y gozosos como una vida que empieza. Nos dejó a cambio una habitación, llena de muñecas de porcelana, muñecas de rostros antiguos y ojos vidriosos, que parecen buscarla con la mirada y lamentan su ausencia. Nos dejó una hermosa jaula vacía. Los cromos. La mesa de dibujo, los pinceles, los tubos de las acuarelas italianas, los dibujos inconclusos. Los libros del aduanero Rousseau y los primitivos. Nos dejó sus juguetes de cuerda, las fotografías, sus trenzas, su mirada de niña de los años cuarenta (porque usted, Señora, nunca creció, siempre fue esa niña que fue por los años cuarenta).

No sabe cómo la busco, madre, no sabe. No tiene idea. Usted está en todas partes, como nos dijeron que estaba el ojo de Dios, cuando estudiábamos catecismo en la escuela, entiéndame bien, no se trata de hacer un poema, ni de caer en lugares comunes, entiéndame bien, Señora, que lo que le digo reviste toda la seriedad que el caso requiere. Usted está en todas partes, con decirle que me ha tenido varios días preguntando por ahí quien podrá conseguirme una matica de malabar, y tanto le di al asunto, que la señora del mercado libre, después de venderme un ramito de esas flores blancas y aromáticas, un ramito redondo, que parecía bouquet de novia, se decidió a venderme una matica, que hoy por fin tengo en casa, y que es como tenerla a usted de alguna manera, aunque en la casa grande de El Milagro, nunca haya habido una mata de malabar.

Hace algunos días, decidí ir a cortarme un poco el pelo, yo creo que más por la distracción propia de mi observación al mundo de la peluquería, que es una especie de centro de catarsis para la generalidad de las mujeres, porque allí pueden hablar mal de los maridos, o porque encuentran eco para los comentarios más simples y más íntimos. Entré al local, con la natural timidez y el desconcierto de no hallar por dónde comenzar a explicar lo que quería, me senté mientras esperaba mi turno, y como quien se instala frente al televisor, había señoras bajo el secador, y otras frente a ellas con la mesita de pedicurista, arreglando sus uñas y oyendo la historia de turno, sobre la amante nueva del marido, el aumento del precio del café, la nueva escuela para perros, las últimas vacaciones de Miami... estaba absolutamente ensimismada en las diversas conversaciones, observando los gestos, inventando mentalmente la historia de cada cliente, de cada peluquera, cuando se abrió la puerta del local y vi la entrada de una señora no mayor de treinta años, vestida con sencillez y circunspección, seria, de perfil y mirada serenos, pero con rictus de total decisión y firmeza remarcado en la línea de sus labios, tenía el cabello muy negro recogido en lo alto de su cabeza, y con ella venía una niña, de unos ocho años, muy robusta, con el cabello largo, y el uniforme de la escuela, blancos con pespuntes rojos, sus medias tobilleras, y los zapatos de tira cruzada, se le notaba nerviosa y excesivamente tímida, no miraba de frente, parecía esquivar todas las miradas que su entrada provocara. La madre se dirigió directamente a la que parecía la encargada de la peluquería, y la niña nos miraba, casi agarrada de su falda (y digo casi porque su gesto hacía pensar que lo deseaba pero era como si una película invisible le impidiera palpar esa superficie, esa película estaba definida en ciertas miradas de la madre). A la niña la sentaron frente al espejo. Apenas sus deditos tocaban el brazo del sillón, se miraba al espejo sin querer mirarse. La peluquera cogió tijeras, navaja y peine, y comenzó su tarea. La madre estaba de pie justo a ella, conservando la seriedad que parecía habitual. El cabello cortado comenzó a caer al piso, y la imagen del rostro de la niña a transformarse frente al espejo, no se movía, parecía una estatura, creo que temía por las tijeras, a la vez era latente su timidez, no quería mirarse, y de pronto su cabeza se movía mimosa cuando el movimiento de las tijeras parecía producirle algún cosquilleo detrás de las orejas, entonces sonreía a medias, y su rostro todo se ruborizaba, la madre la miraba e impedía que ella levantara las manos previendo algún movimiento brusco inconsciente, para evitar ese cosquilleo, largo rato estuvieron cayendo al piso los mechones de cabello castaño, ya yo no pude cambiar el centro de mi atención desde que las vi llegar: porque, Señora, esa niña era yo, y por supuesto, esa mamá tenía que ser usted. Me levanté, olvidando la razón por la que me encontraba en ese lugar, y salí aceleradamente a la calle, necesitaba respirar el sol, volver a atajar la realidad del presente.

Luego ocurrió en un consultorio médico, esperaba mi turno ojeando algunas de esas revistas viejas y desteñidas que adornan los consultorios (y que usted a veces se llevaba de regreso a casa por haber descubierto un artículo que podría interesarnos, como aquel que me consiguió sobre la vida de Selma Lagerlöf, la poetisa sueca), estaba pues en la espera, cuando en la sala contigua, la de espera en pediatría, descubrí una señora, con las mismas señas, el mismo gesto de resignación, la misma tristeza, y esa belleza extraña casi serena, acompañada de dos niñas, muy parecidas, vestidas con trajes iguales, casi del mismo tamaño, con el cabello largo, las piernas colgando del asiento porque no alcanzan el piso, sentadas una a cada lado de la madre, las tres calladas, como suspendidas en un hilo, y una luz blanca en el fondo, entra por el balcón. Recordé el consultorio del doctor Mendoza, las esperas largas, el tratamiento de la dieta de adelgazamiento, la balanza de peso, la toma de las medidas, la paletica de madera dentro de la boca, la calva del doctor auscultando, sus preguntas. Me acordé del sarampión y una larga noche de fiebre en que, entre neblinas veía el rostro de usted con el termómetro en la mano, recordé la lechina, en la que todos caíamos a la vez y usted tenía que pasar de una cama a la otra, con el frasco de loción fría mentolada y el polvo boricado. Como comprenderá, aquella señora sentada, tan serena, me hizo olvidar la razón de mi espera en el consultorio y abandoné el edificio de la clínica, sin ninguna seguridad de adónde quería dirigirme.

         A veces pienso llegar al cementerio, y me hago la imagen, sentada un rato ante esa que debe ser la tumba de usted, o que dice es la tumba de usted (porque entendámonos de una vez: usted para mí no está ahí dentro, está más bien en todas partes como ya le digo), y sentarme, pues, ante esa tumba que debe o debería estar cubierta de malabares, y digo sentarme porque es ésa la posición del reposo más digno y reflexivo, la soledad junto a usted, Señora, que siempre fue la soledad. La veo en esas largas noches de insomnio, bajando a oscuras las escaleras de la vieja casa de El Milagro, la veo sentarse pausadamente, sacar el cigarrillo de la cajetilla, encenderlo, colocar el fósforo en el cenicero, y con un brazo cruzando el frente de su cintura, y el otro apoyado en él, provocar las humaredas silenciosas, y esos ojos suyos siempre ausentes, siempre flotando en espacios desconocidos e insondables para los que la rodeábamos. Quería decirle, Señora, que ahora puedo saber con certeza lo que usted sentía y pensaba en esos momentos largos; ahora, como le digo, lo sé, porque de pronto me tocó ser usted, y mi inconsciente me llevó a encender igualmente ese cigarrillo y sentirme tan ausente. Le cuento que las niñas están bien, las menores un poco confundidas por su ausencia, pero ya viven lo cotidiano, ya regresaron a la escuela, ya comen otra vez tres veces al día, ya hay que reñirlas para que se bañen y sentarse con ellas para que hagan la tarea de la escuela. Los primeros días de la ausencia de usted, cuando regresamos a casa, pasado el entierro, los reencuentro familiares, y con todo ese peso muy dentro, haciendo “de tripas corazón”, como diría usted, comenzamos la vida cotidiana. En casa no había quien quedara para preparar la comida, arreglar un poco las habitaciones y, en fin, estar para recibir a los ausentes a las doce del mediodía; entonces me quedé, se reiría usted, ya lo sé, diría: “¿Ella?, no puede ser, ¿y cómo lo hizo?”. Pues sí, yo, aquí, así como soy, así como usted me ve, con toda mi torpeza, sí, mi torpeza, esa que siempre me criticó, mi distracción, mi descuido para recordar las cosas más elementales, en fin... me tocó; bueno, los demás a la Universidad o al colegio, la casa se quedaba silenciosa. Comenzaba por el cuarto de atrás, doblando sábanas y cobijas; después, una pasada rápida de escoba, de pronto un detenerse unos minutos en un rincón a limpiarse las lágrimas de la cara con el dorso de la  mano, por una fotografía encontrada, un papelito o simplemente una imagen mental, nostálgica; además, era mi momento, porque delante de papá y los demás no se debe llorar, usted comprende, ¿verdad?, estoy segura de que me daría la razón en este asunto. Y bien, no intenté pasar coleto seguido porque el tiempo se me recortaba y después el almuerzo terminaba tarde y la gente tenía que salir a las dos y media de nuevo y se iban a quedar a media todos. Pasar a la cocina para inventar algo rápido, de manera que al llegar las niñitas y los demás ya tuviera la mesa a medio montar; la fregada de los platos le tocaba a otro, y en la tarde continuaba la batalla campal a la hora de mandarlas al baño; no se imagina lo que costó convencerlas de que hay que bañarse todos los días; por fin descubrí una insólita treta: el champú de fresa, les gustó tanto el olor que era como si lo comieran, después el baño era la aventura de lavarse la cabeza con champú de fresa, y todos quedábamos contentos. Inventé o reoficialicé la hora de la merienda, otra treta para pasar al momento de hacer las tareas; lo hice como la “once” de los chilenos, poniendo mesa y todo, adornando el pan con mermelada, sirviendo Toddy o té frío, o lo que encontrara por ahí, el asunto resultaba, y al final, sentarse con la Diana, para, muy pausadamente, acompañarla a hacer su tarea, leer los enunciados de la maestra, explicarle, mandarla a sacarle más punta a ese lápiz “que parece un toconcito”, “no borres tanto que se ensucia el cuaderno”, “siéntate bien, no te acuestes sobre el papel”, “ahora léelo tú misma”, “ajá, ¿entendiste?”, “¿qué es lo que te preguntan?”, “¡pero si tú sabes la respuesta!”, “anda, trata de recordar, eso es, ¡ves que sí la sabías!”, de golpe descubrir que mi pomposo título de Licenciada en Letras Hispánicas no me ayuda a diferenciar las palabras esdrújulas de las graves o agudas, que he olvidado cómo se hace una división con decimales (“epa, ¡papá!, ¿tú te acuerdas de cómo se hace esto?”), qué son los marsupiales, y muchas otras cosas que Diana pregunta y que me hacen, disimuladamente, recurrir a la biblioteca. Entonces, cuando llegaba la noche, yo la estaba esperando, esperaba esa hora precisa en que todos dormían, porque necesitaba volver a vivir la noción del silencio, olvidar el bullicio de las horas del día, el televisor, las discusiones, el acelere, las órdenes horarias, y me sentaba en medio del blanco silencio, en la mesa del comedor, con una cajetilla de cigarrillos y la caja de fósforos, y me fumaba uno y después otro, sin pensar en nada en especial, sólo en la tranquilidad de ese silencio. Fue una noche de ésas cuando descubrí que usted estaba allí, estaba dentro de mí, era yo misma, ¿comprende? Puedo entonces determinar con certeza el origen de esas largas noches de insomnio suyas, puedo palparlas, conocer su forma y su textura.

         Ahora me pregunto cómo pudo combinar ambas cosas, cómo construyó ese mundo de dibujos menudos, de delicado encaje, de filigrana, y a la vez... todo esto. Usted, Señora, ha sido injusta al dejarnos el legado de su desdoblamiento, esa doble mirada al mundo que nunca palpamos antes. He leído sus apuntes de paseos, sus observaciones de letra cuidadosa sobre la gente en la calle, la ciudad, el sol, las cosas, los pájaros; he leído los borradores de sus caras, sus anotaciones para nuevos dibujos... Todos son detalles que construyen una mujer que no fue la que conocía, y me recuerdan la noche en que nos encontramos, casualmente, a una hora insólita (diez de la noche) en el área del mercado. Yo regresaba de la Universidad, mis clases terminaban muy tarde y debía venir al centro de la ciudad para tomar cualquier transporte que me llevara a casa; siempre teníamos problemas por mis horas de llegada, a usted le parecía insólito que la Universidad terminara a esa hora, para mí era un asunto de mirada, de punto de vista, de escalas de importancia. Esa noche me acordaba de parar en la esquina a esperar el paso de algún carrito por puesto –la zona despertaba mi curiosidad, una noche vi una redada policial para detener a las prostitutas, y siempre pasaban cosas extrañas entre esas cuevuchas semiiluminadas-; de pronto, esa noche la distingo nada menos que a usted; allí, muy cerca de mí, comprando cigarrillos en un puesto, mi mamá, con su cabello negro recogido, su camisa de florecitas, ancha y suelta, su perfil sereno. El asunto era poco menos que insólito; me acerqué, nos saludamos como dos amigas que se encuentran, tan sorprendidas estábamos una frente a la otra; el resto del trayecto a casa lo hicimos juntas, usted no me contestó nada muy preciso sobre la razón por la que se encontraba por allí, yo tampoco recuerdo haber preguntado mucho, pero sí me llamó notablemente la atención el conocimiento que la gente parecía tener de usted, desde los vendedores de plátanos hasta la señora del puesto de periódicos y cigarrillos. Regresamos a casa silenciosas, cómplices de alguna manera.     

         Quisiera ir de verdad, y sentarme un rato en el cementerio y conversar con usted estas cosas, y preguntarle otras que nunca me atreví a preguntarle, como, por ejemplo, qué fue lo que sintió exactamente aquel día en que papá regresó de la cárcel, y usted estaba tendiendo mis pañales en el balcón de la D16 de El Silencio, y lo vio desde allá arriba, quedándose con una pañal suspendido entre las manos por la emoción, y mirándolo bajarse del carro, y pagarle al chofer, así, con un paquetico de ropa entre las manos, con la camisa medio abotonada, sin chaqueta, flaco, barbudo, desgarbado, humillado tantas y tantas veces; yo quisiera saber lo que usted sintió mirándolo, paradita en el balcón, con el pañal muy húmedo entre las manos. Quisiera saber por qué rompió su diario de los veinte años, aquel librito azul cerrado con llave, que yo le pedí tanto, cada vez que bajaba todas las cosas de su closet, para revisarlas y limpiarlas de polvo y recordar. ¿Por qué lo rompió?, yo sólo quería corroborar si lo que usted pensaba a los quince o veinte años era lo mismo que yo pensaba, nada más que eso. Quisiera saber tantas cosas, Señora mía, que usted se quedó sin decirme.

         A veces suelo escaparme de mi papel de profesora universitaria, y me voy por ahí, a caminar, y busco una plaza, una que tenga muchos árboles y donde pueda encontrar una banca tranquila y solitaria donde sentarme y pensar en usted. Entonces revivo nuestra visita a la tumba de la abuela, y todas las imágenes de mis ocho años, cuando la abuela murió y usted perdió un bebé ese mismo día, y las dos tumbas estaban muy cerca una de la otra. Ir a visitar la de la abuela significaba limpiarla un poco, vaciar los floreros de mármol y los lados de la placa de piedra que reza nombre y fecha, colocar agua fresca y flores nuevas, Ir a la del nené, cubierta de piedrecitas blancas, significaba sentarse en un murito, debajo de un árbol grande, y pasar largos ratos las dos, sin hablar, usted con la cabeza inclinada sostenida por el codo, yo recogiendo piedritas blancas y ordenándolas por tamaño sobre la superficie del murito. ¿En qué pensaba, Señora? Dígame, ¿en qué?

         Sus cosas las estamos embalando poco a poco, papá no quiere tocar nada (parece un cristal a punto de estallarse), y entonces, cuando hablamos de limpiar el polvo, envolver en tela las muñecas, guardar su ropa en un baúl... él coge un libro de poemas y se pone a leerlos en voz alta, o a mirar por la ventana los barcos que atraviesan el lago como si los descubriera por primera vez, o habla de que hay que llevar los gatos al veterinario, o se busca los tomos de la revista Élite y se sienta a hojearlos lentamente... Entonces nos miramos y sabemos que él no podrá ayudarnos por ahora; hacemos nuevamente de “tripas corazón”, y tratamos de tocar todo por encima, de no mirar, de no pensar, de despersonalizar la tarea necesaria. Desde su ventana se sigue viendo el lago, Señora, y las matas del patio tienen quien las riegue, el periquito sigue siendo un histérico, y de vez en cuando hay que poner goticas para los nervios en el agua que toma.

         Yo tengo un recurso final: escapar a la cocina y ponerme a limpiar los closets, la despensa (usted hacía eso acaso una vez al mes, ¿recuerda?); entonces lavo cuidadosamente cada plato, taza, vaso, bandeja, cubierto, cucharón, cafetera, dulcera, jarrón; me afano en los detalles más pequeños, pongo insecticida, sacudo los estantes, ordeno y reordeno, y estoy tranquila hasta que aparecen cosas como las dos máquinas de moler maíz, pesadas, de hierro, con su forma extraña, recluidas en cajas desde que parecieron esos productos en polvo que sustituyen al maíz que había que moler. La cojo y las examino detalladamente; la más grande era la de la abuela: la recuerdo tanto como su gran cocina, o su piedra para golpear la carne al sazonarla, y la abuela y usted en sucesión están en estas máquinas de moler maíz, están en las dos exprimidoras de naranja, están en el colador anaranjado, en los platicos para servir postre, objetos heredados, objetos cotidianos que dibujan la casa, la sensación tibia de la casa. Vivo la imagen de la abuela, bordando, sentada al lado de la radio, mientras yo jugaba debajo de la mesa, metida en una jungla imaginaria. La veo a usted, sentadita en la mesa de dibujo, construyendo su mundo de personajes diminutos, haciendo total abstracción de esta realidad que rechazaba. Y me pregunto si dentro de unos años habrá una cuarta de nosotras que nuevamente lave, con suavidad y nostalgia, cada objeto, y a éstos que ahora yo veo estén sumados los míos, y ella tenga también esta sensación de vidas inconclusas, e tristezas ancestrales...

         Señora, si al final somos la misma, por qué tanto subterfugio, tanta distancia, tanto silencio, tanto dejar de decir, Señora mía, quiero decirle que, en su velatoria (y cómo odio usar estas palabras), la gente que venía de su rama familiar me identificaba al verme (vino gente de muy lejos, gente que quizás usted no vio en muchísimos años); al verme pensaban: “Esta tiene que ser su hija y es innegable la mirada, el tono bajo, la sensación de estar flotando en otras galaxias”; usted y yo nos parecemos hasta en eso, Señora; son cosas del destino, de la historia. Y nunca nos detuvimos a medir ni siquiera nuestras posibilidades de rebelión, porque debe usted saber que lo fue a su manera y yo a la mía y que es casi ley del contexto esto de la dialéctica; un acuerdo total entre las dos hubiera sido historia falsa, puro artificio, pero, en el fondo, usted debió saber siempre que yo era su prolongación, la continuación de la anécdota. Qué difícil se nos hizo todo, madre, qué difícil, hablarse, entenderse, qué de claves tuvimos que inventarnos, cómo no es dulce ni bondadoso el amor cuando se trata de seres nacidos para las más tortuosas pasiones, cómo somos duras cuando amamos y suaves frente a los que nos son indiferentes. Como dejamos que nos ahogue ese laberinto antidialéctico cuando emociones y orgullo están en juego, en franca batalla, en aguerrido y abierto combate, cómo lágrimas ocultas, palabras no dichas, gestos resguardados, pueden acorralar el mar.

         Mi huida. Ese escape del mundo cálido. La ventura de aprender a vivir. Y aquella frase suya retumbando fuerte: “La luna no es de pan-de-horno”; claro que no es, mamá, ahora sé lo mucho que no es; es de piedra y fuego, y dura, con un palo, con todo, hay que estar de pie, y con “el ánima bien templada”, porque como dice el poeta: “el ánima bien templada salva la doliente criatura...”.

         Ya la veo a usted, Señora, al abrir la puerta de la que fue mi casa nueva, en lo más alto de un viejísimo edificio en las márgenes de la ciudad: la veo a usted, con el rostro contraído, con su seriedad que vea rictus, y mi sorpresa toma el carácter del asombro profundo frente a su persona, y dos preguntas se me clavan “entre pechos y espalda”, como quien vive una duda sin ninguna posibilidad de certeza. ¿Qué hace mi madre aquí?, ¿cómo pudo subir cinco pisos de escalera? Trataba de oír una respiración acelerada, pero usted estaba serena; eso me hizo pensar en cuánto tendría allí, detenida frente a mi puerta, recuperando su ritmo respiratorio y cavilando para seleccionar las palabras precisas con las cuales decirme: “Vuelve a casa, vuelve con nosotros”, sin que yo fuera a descubrir ni su dolor ni su angustia, que eran dos cosas que necesitaba ocultarme, por orgullo, por carácter, o quién sabe por qué. Usted pasó adentro, mamá, con paso lento, y se sentó en la mecedora, una mecedora de fibra de cardón, con asiento de cocuiza. Fueron muy largos esos minutos en que la vi observar minuciosamente esa que era mi casa. Yo esperaba con ansiedad sus palabras y no sabía mirarla ni qué decirle, y... le ofrecí café, y fui desdeñada.

         Cuando ya una calma sin palabras ocupaba todo aquel espacio, con la luz blanca y grande de la ventana al fondo... usted me miró. Su rostro tenía una expresión indefinible; no había dolor ni tristeza, había algo como decisión, pero no era exactamente eso tampoco; yo pude ver sus ojos, eran los mismos de la fotografía, esa grande, que está en mi habitación.  Entonces oí su voz, creo que fue la primera vez que habló, me dijo: “Recoge tus cosas porque vine a buscarte”. Ah, Señora mía, qué difícil era decirnos simplemente que nos queríamos, qué difícil. Usted nunca pudo, en ese entonces, hablarme como lo que yo era, una muchacha de veinte años, que descubría al mundo como un gran circo, con equilibristas, payasos y también empresarios. Pero yo tampoco era capaz de dilucidar todo el amor que podía haberla llevado a usted a subir los cinco pisos de aquella escalera, húmeda y oscura.

         En estos días, limpiando la habitación, encontré por casualidad la tarjeta que usted me envió de Huston... La habían ocultado para que yo no la viese, llegó después de su muerte, como todas las que envió a cada uno de sus hijos. Querida madre, me hablaba usted de los niños, los parques y los pájaros, estaba feliz y quería verme... ¿Qué imagina que puede sentir al leerla? En cosa de horas, usted se traslada a la sala de cirugía, vestida con la ilusión de un próximo retorno. En unas horas se nos notifica que ha muerto. En unas horas se nos participa que seremos seres inconclusos per secula seculorum. En unas horas nos desgarran el sueño. En unas horas nos la entregan a usted, metida en una caja gris. En unas horas nos hacen reconocer que ya no hablará más del aljibe de la casa de Clarines, ni de los caballitos sanjuaneros, ni de las muñecas de trapo, no de la no me olvides, ni cantará Perfume de gardenias, ni servirá la cena de año nuevo, ni cuidará los gatos, ni se reirá, ni construirá esos encajes dibujados de muñequitos, oficio de alquimista, de artesano chino. En unas horas, en un puñadito chiquito de horas, quieren enseñarnos, de una vez por todas, que “La luna no es pan-de-horno” ¿Se imagina, Señora mía? Es el desgarre total, es que lo agarren a uno y le den palo y palo, es como si lo rasgaran con una hojilla desde el centro mismo de la cabeza, es como si de pronto la ciudad se vaciara y no te quedara ni un alma conocida. Es el vacío. El silencio infinito y blanco. Es como quedarse mudo y tragarse el grito. Por eso, usted comprenderá, pedí que cerraran el ataúd; por eso, no pude seguir viéndola así, con el vestido blanco y su rictus de seriedad, porque uno tiene sus límites, Señora mía, y sabe cuándo está a punto de desgranarse en filamentos de vidrio incinerable, porque uno se empeña en eso de que “el ánima bien templada salva la doliente criatura”. Yo quiero que usted se ponga en mi lugar por un segundo... ¿Lo comprende ahora? Tiene ahora que comprender, Señora, por qué le digo que nos dejó como legado la desesperanza, porque no ha habido nada como ahogarse en esta ausencia, en esta sensación de lo inconcluso.