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martes, 15 de noviembre de 2011

Por esos caminos de la muerte

Yo lo supe, siempre lo supe, ¡claro que lo sabía! yo les dije a ustedes que tarde o temprano esto iba a pasar. Pero ustedes nunca me creyeron, me dijeron achacosa, que yo lo que hablaba era puro cuento de camino, que mi vida se había quedado detenida en las historias de mis ancestros, que ignoraba que hoy existía internet, que el hombre había llegado a la luna, que habían descubierto el genoma humano, que si los clones y el etanol...
Pero, estaban equivocados, nunca me dieron la razón. Porque la ley de la vida y sus misterios son implacables. Yo les dije que, más temprano que tarde, se iban a doblegar ante los embrollos de la naturaleza y sus cosas sagradas.
Ustedes nada que me creían y se fueron de madrugada por esos caminos, y no es nada, que se llevaron a Miguel, a mi Maraco, a ese que parí a orillas del río en tiempos de la peste, ese que tuve que ocultar bajo la maleza para que su padre no lo ahogara, por temor a que fuera un espectro del demonio, que sobrevivía a la muerte para traer desgracia.
Fueron ustedes quienes me lo arrastraron a la desgracia y ahora está allí, en esa sala fría, apretujado en ese cajón, rodeado de velones, de trinitarias y cayenas, con la tragedia en la cara, la misma tragedia que le borró su sonrisa, su alegría. Todo, por culpa de ustedes y de ese río que al final terminó reclamándolo.
Cuando les dije que, hoy Viernes Santo no se fueran al río, porque estaba escrito que el río siempre reclama un alma el Viernes Santo, ustedes dijeron: esta vieja está requete loca!. Y cuando les insistí que no se fijaran en mujer desconocida, me llamaron celópata!. Y nada, allí está, se van para el río hartos de miche, y tabaco, se ponen a esperar mujeres, cuando saben que estas tierras son selva, soledad, purgatorio, infierno.
Y no vieron que no era mujer sino espanto, la que se les acercó para pedirles fuego, les sonrió a todos, les preguntó que cuál era el menor y allí con sus juergas del diablo, le señalaron a Miguelito, mi Miguelito; ese que estos oídos no volverán a escuchar, estos brazos jamás abrazarán y esta memoria atajará en sus recuerdos para que no se me desintegre en el olvido.
Lo cierto es que empezaron a convidar a Miguel con eso de que: agárrala, apriétala, bésala, dile que te gusta, báñate con ella. Y mi muchacho, seguro que nervioso, asustado o tímido. Cansado con eso de que si no conseguía novia iba a parar en maricón, que no enamoraba ni a las burras, que no se le paraba ni con chuchuguasa, no le quedó otra cosa que obedecé a sus caprichos ingratos y de terror.
A él, que yo lo soñaba cura, monseñor, mi puerta al cielo, ustedes me le llenaron la cabeza de espantos.
Fue por eso que Miguelito comenzó a enamorá a esa mujer y ella seguro que aceptó. Claro, si era hija del mismísimo mandinga y cuando mi muchacho estaba emocionado, lo invitó a bañarse al río y este tonto, le hizo caso y se metió en esas aguas.
Quién le dijo que se metiera al río, tan crecido en esta época. Y mi muchacho que nadaba tan poco, pero con el valor que había agarrado no se iba a detener. Era Viernes Santo. ¡Ave María Purísima!.
Y es por eso que le empezaron a brotar escamas por los pies, por los tobillos, por las piernas y las uñas le crecieron como garfios y se le abrieron esas troneras profundas en el cuello y se le saltonearon los ojos y nadie lo vio, ni lo escuchó gritar, cuando la mujer comenzó a abrazarlo.
Segurito que aplaudían cuando ya no vieron mas en el río ni a Miguel ni a la mujer. Y fue allí, en medio de los silbidos, las risas, los aplausos, las groserías, que una cola de ballenato pequeña sobresalió del río y vieron que la mujer se había transformado en sirena, esa misma que tiene más de doscientos años saliendo por estos ríos, esa que dicen que viene de la Playa, que sube por los caños a contracorriente para llevarse el alma de los incautos, que entran a las aguas en días santos.
Bueno, gracias a Dios no se llevó su cuerpo. Miguelito hoy está aquí en esta sala, todo escamado, con esas enormes aletas pegadas en los pulmones, con los ojos brotados, los labios hinchados y esas troneras abiertas en el cuello.
No se lo llevó la infeliz, mis oraciones a la Virgen de las Mercedes, a San Miguel Arcángel, a Santa Elena y ese río revuelto, me lo trajeron de regreso.
Mañana lo velaremos, le daremos sagrada sepultura y si es por mí, ustedes váyanse al río y báñense a ver si la sirena les arranca la vida. Así Miguelito no se me va solo, por esos caminos de la muerte.

José Javier Sánchez