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martes, 18 de diciembre de 2012

13 Poetas Venezolanos del Siglo XX


13 Poetas Venezolanos del Siglo XX



Vicente Gerbasi
 
 Canoabo. Estado Carabobo (1913) – Caracas (1992)
 


 
 
TE AMO, INFANCIA

Te amo, infancia, te amo,
porque aún me guardas un césped con cabras,
tardes con cielos de cometas
y racimos de frutos en los pasados ramajes.

Te amo, infancia, te amo
porque me regalas la lluvia
que hace crecer los riachuelos de mi aldea,
porque le diste a mis ojos un arcoiris sobre las colinas.

¿Aún existen los naranjos
que plantó mi padre en el patio de la casa,
el horno donde mi madre hacía el pan
y doradas roscas con azúcar y canela?

¿Recuerdas nuestro perro que jugando
me mordía las piernas y las manos?
Nacían puntos de sangre, un pequeño dolor,
pero todo pasaba pronto con el sabor de las guayabas,

Te amo, infancia, te amo
porque eras pobre como un juguete campesino,
porque traías los Reyes Magos por la ventana.

Un día llevaste a la puerta de mi casa
un hombre de barba que hacía bailar un oso a golpes de
tambor,
y otro día le dijiste a mi padre que me regalara un asno
negro.

¿Recuerdas que tú y yo lo bañábamos en el río?
¿Recuerdas que había una penumbra de bambú y helecho?

Te amo, infancia, te amo
porque me ponías triste cuando estaba enfermo,
cuando mi madre me hablaba de su tierra lejana.

¿Recuerdas? Una vez me mostraste un eclipse a las diez de 
la mañana
y las aves volvieron a dormir.

¿Existe aún aquel niño sin parientes
que un día bajó de la montaña
y me pidió el pan que yo comía en la plaza de la aldea?

Te amo, infancia, te amo
porque me regalaste mi aldea con su torre,
y sus días de fiesta con toros y jinetes y cintas
y globos de papel y guitarras campesinas
que encendían las primeras estrellas más allá de los árboles.

Te amo, infancia, te amo
porque te recuerdo a cada instante,
en el comienzo del día y en la caída de la noche,
en el sabor del pan,
en el juego de mis hijos,
en las horas duras de mis pasos,
en la lejanía de mi madre
que está hecha a tu imagen y semejanza
en la proximidad de mis huesos.


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Ana Enriqueta Teran
 
 Valera. Estado Trujillo  (1918)
 
 
 
 

PIEDRA DE HABLA

La poetisa cumple medida y riesgo de la piedra de habla.
Se comporta como a través de otras edades de otros litigios.
Ausculta el día y sólo descubre la noche en el plumaje del otoño.
Irrumpe en la sala de las congregaciones vestida del más simple acto.
Se arrodilla con sus riquezas en la madriguera de la iguana…

Una vez todo listo regresa al lugar de origen. Lugar de improperios.
Se niegan sus aves sagradas, su cueva con poca luz, modo y rareza.
Cobardía y extraño arrojo frente a la edad y sus puntos de oro macizo.
La poetisa responde de cada fuego, de toda quimera, entrecejo, altura
que se repite en igual tristeza, en igual forjeceo por más sombra
por una poquita de más dulzura para el envejecido rango.

La poetisa ofrece sus águilas. Resplandece en sus aves de nube profunda.
Se hace dueña de las estaciones, las cuatro perras del buen y mal tiempo.
Se hace dueña de rocallas y peladeros escogidos con toda intención.
Clava una guacamaya donde ha de arrodillarse.
La poetisa cumple medida y riesgo de la piedra de habla.



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Juan Sánchez Peláez
 
 Altagracia de Orituco. Estado Guárico (1922 )  -  Caracas, (2003)
 
 


PROFUNDIDAD DEL AMOR

Las cartas de amor que escribí en mi infancia eran memorias
de un futuro paraíso perdido. El rumbo incierto de mi
esperanza estaba signado en las colinas musicales de mi
país natal. Lo que yo perseguía era la corza frágil, el lebrel
efímero, la belleza de la piedra que se convierte en ángel.

Ya no desfallezco ante el mar ahogado de los besos.
Al encuentro de las ciudades:
Por guía los tobillos de una imaginada arquitectura
Por alimento la furia del hijo pródigo
Por antepasados, los parques que sueñan en la nieve, los
árboles que incitan a la más grande melancolía, las puertas
de oxígeno que estremece la bruma cálida del sur, la mujer
fatal cuya espalda se inclina dulcemente en las riberas
sombrías.

Yo amo la perla mágica que es esconde en los ojos de los
silenciosos, el puñal amargo de los taciturnos.
Mi corazón se hizo barca de la noche y custodia de los
oprimidos.
Mi frente es la arcilla trágica, el cirio mortal de los caídos,
la campana de las tardes de otoño, el velamen dirigido hacia
el puerto menos venturoso
o al más desposeído por las ráfagas de la tormenta.
Yo me veo cara al sol, frente a las bahías mediterráneas, voz
que fluye de un césped de pájaros.

Mis cartas de amor no eran cartas de amor sino vísceras de
soledad.

Mis cartas de amor fueron secuestradas por los halcones
ultramarinos que atraviesan los espejos de la infancia.

Mis cartas de amor son ofrendas de un paraíso
de cortesanas.

¿Qué pasará más tarde, por no decir mañana? murmura el
viejo decrépito. Quizás la muerte silbe, ante sus ojos
encantados, la más bella balada de amor.



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Hugo Fernández Oviol


Cabure. Estado Falcón, (1927) - Coro, (2007 )







EL CABALLO DE IBRAHIM




Hay algo terriblemente soez en la mente moderna;
la gente, que tolera toda suerte de mentiras indignas
en la vida real, y toda suerte de realidades indignas,
no soporta la existencia de la fábula.
Octavio Paz

Para Julyrma


Había una vez un hombre bueno llamado Ibrahim. Era un genio, un ilusionista, que andaba lleno de ciencia, de sueños y de amor. Como es lógico, este hombre maravilloso había nacido en Cabure y como yo tuve la suerte de nacer en el mismo lugar y algunos creen que soy poeta, naturalmente, Ibrahim y yo fuimos amigos.
Durante la infancia practicamos los mismos juegos, fuimos a la misma escuela y compartimos miedos y alegrías. Más tarde anduvimos juntos un largo trecho compartiendo la idea de cambiar al mundo.
Últimamente habíamos establecido una hermosa relación: cada vez que nos encontrábamos yo le hablaba de mis nietos y él me entregaba sus sueños y sus nuevos conocimientos e invenciones; así por ejemplo:
– Yo le decía Ricardo, mostrándole una cascada musical; y él me hablaba de las galaxias y me regalaba un caballo cósmico.
– Yo le decía Patricia, liberando un centenar de mariposas; y él me hablaba del cosmos y me convencía de que somos polvo de estrellas.
– Yo le decía Hugo Alejandro, haciendo brotar un chorrito de agua de la tierra; y él me hablaba de la sed y me entregaba la forma de bebernos el agua del mar.
– Yo le decía Alejandra, entregándole un ramo de rosas; y él me hablaba de la contaminación ambiental y me regalaba una cocina solar.
– Yo le decía Pedro Rafael, mostrándole una parábola que va desde mi padre hasta mi nieto; y él me hablaba de la estabilidad del movimiento y me entregaba su nave universal.
Sin embargo, no todos queríamos a Ibrahim. Los circunspectos señores del claustro universitario, los prósperos constructores del cemento y la cabilla; los vendedores de gas y energía eléctrica; los fabricantes de licores y cigarrillos; los importadores de aviones y automóviles; sintieron amenazados sus sacrosantos intereses y declararon la guerra a los sueños de Ibrahim: le negaban los recursos para sus investigaciones, saboteaban el proceso de sus experimentos y robaban el resultado de su trabajo; pero, como Ibrahím no se rendía, cambiaron de táctica y lo declararon loco, apedrearon su casa, le negaron el pan y el agua y terminaron pretendiendo sepultarlo debajo de una espesa capa de silencio.
Ibrahím continuaba erguido y desafiante; pero un día sintió un inmenso cansancio y recogió sus sueños, sus angustias y sus esperanzas, los metió en una pequeña alforja, montó en su caballo cósmico y se fue a vivir a otra galaxia.
Desde entonces yo ando solo con el amor de mis nietos y con la esperanzada seguridad de que el galáxico caballo de Ibrahim anda suelto por el aire.

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Juan Calzadilla


Altagracia de Orituco. Estado Guárico (1931)







PRÓLOGO DE LOS BASUREROS


Avanzaré sin sentir asco
ni pena ni repugnancia
largo a largo a tenderme en las gradas
de este reino donde el papel higiénico
flamea en los palcos de botellas.
Me iré a engordar los límites
en donde el cují y la rosa
se abrazan sin contrariarse
y la ciudad está en paz con sus víctimas
y no duerme desvelada
por el pico de los pájaros ebrios
que a mis sueños escarban sin prisa
y a mis expensas
aún no terminan de darse su cena.
Barranco abajo coronando los cerros de lata
con el sol retorciéndose en mi espina
encontraré hecho jirones
el hule de los sillones baratos
y veré a la carcoma
con sus huevos al hombro
entrar a los túneles del cedro.


Aquí donde al salitre por fin
los automóviles dan su brazo a torcer
y el jugo de frutas
no anda más por las ramas
y chorrea por los escalones
de la depredación.
Avanzaré entre la goma espuma y el anime
entre el poliéster y la fibra de vidrio
entre el vynil y la silicona,
marcharé avaro forrado de ropas
bamboleándome como un astronauta,
calzado con zapatos de a kilo
descenderé por las dunas de vidrios rotos
y el corcho de los desiertos.
Avanzaré a buscar lo que de ningún
modo encuentro, buscaré
lo que no se me ha perdido
entre resortes cuyos espirales
a mi paso hacen befa de mis pantalones
inflados como globos por el viento.
Subiré a los altares donde
el cobre y la porcelana
al paisaje montan guardia
y en la rosa del orín
dan a beber la gota de agua
que ya no sale por los caños.
Aquí donde el fuego no anda con rodeos
y va rápidamente al grano
como la luz en la punta del rayo.


Me iré de bruces entre los primeros
a descubrir cuanto antes
la manera de sellar con mi cuerpo
la boca de los tarros de basura.
Me iré a ver cómo en la pira del sol
por orden del instante
arden ya, de mayor a menor,
ay, todas nuestras tribulaciones.




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Ramón Palomares


Escuque. Estado Trujillo (1935)







EL JUGADOR

Yo soy como aquel hombre que estaba sentado en una mesa de juego
Y al promediar la tarde ya estaba bien basado
Y dio y dio hasta que estuvo rodeado de montones de plata 
Y ya en la tardecita era puro de oro
Y le llegaban mujeres y le ponian los brazos al cuello 
y él se reía
Y estaba lleno de joyas, lleno de prendas 
y los ojos y las orejas eran de fina joyería
y los bigotes y la barba eran de verdad piedras! Y muy 
Muy preciosas!
Y a las nueve ya estaba en su apogeo
Y la mesa y los jugadores y los que estaban en lo alrededor 
brillaban
Y aquello eran nomás soles Y un gran sol que era él
Y esa casa era un solo resplandecer y resplandecer 
Y mientras más entraba la noche
más y más claro se hacía
Y el tiempo iba y venia y así
hasta que todo era una gran montaña
Y el hombre estaba en el centro y en lo más alto del monte 
Y se veía como una enorme piedra roja y en lo alrededor 
todos eran de oro y todos de monedas
riéndose con aquellos dientes que chispeaban
y hablando con sus lenguas de porcelana y rubíes.

Entonces eran como las doce Y el reloj 
dijo a dar las doce
Y al ratico nomás quedaba la casa 
Y al ratico
nomás quedaba la sala con la gente brillando y brillando
Y ya no quedaba sino la mesa y los montoncitos de oro
Y el hombre miraba a todos lados 
Y abría la boca y miraba
Y desaparecieron las mujeres Y vio los montoncitos de
ceniza
Y se quedó desnudo 
Y se puso a llorar
Ai se dio cuenta Que todo se le había vuelto noche
Y resplandores Nada!
Todo de luto y hosco
Y esos ojos de él vieron una luz 
y volvieron en sí
Y volvieron a mirarse como era él
Y tendió la mano sobre los montoncitos de ceniza 
sonriendo
Ya me voy —dijo
Me voy como me vine —dijo 
"Adiós"
Y se fue por lo oscuro.
 
 

 
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Víctor "El Chino" Valera Mora 


Valera.  Estado Trujillo (1938) – Caracas (1982)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amanecí de bala


Amanecí de bala
amanecí bien magníficamente bien todo arisco
hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja
mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer
alta y rubia cuando vaya a la Facultad de Farmacia se lo diré
seguro que se lo diré asunto mío amanecer así
esta mañana cuando abrí las puertas con la primera ráfaga
alborotando tumbando todo entraron a mis pulmones
los otros poetas de la Pandilla de Lautréamont
grandes señores tolerados a duras penas por sus mujeres
al más frenético le pregunto por su libro vagancia city
como me gusta complicar a mis amigos los vivo nombrando
el diablo no me llevará a mí solo
ella antiguamente se llamaba Frida y estaba residenciada en Baviera
en una casa de grandes rocas levantadas por su amante vikingo
sus locuras en el mar de los sargazos
hay sol hasta la madrugada y creo que jamás moriré
sin embargo deseo que este día me sobreviva
soy desmesurado o excesivo y no doy consejos a nadie
pero hoy veo más claro que nunca y quiero que los demás participen
hermoso día me enalteces desenfrenada alegría
no tengo comercio con la muerte no le temo
llevo en la sangre la vida de cada día soy de este mundo
bueno como un niño implacable como un niño
guardo una fidelidad de hierro a los sueños de mi infancia
en este punto soy socrático él y yo elevamos volantines
restituimos la edad de oro el "qué habrá" al final del arco suspendido
ahora mismo se está mudando un río
hoy una morena de belleza agresiva me dijo pero si estás lindo
entonces yo le dije acaso no sucede cada dos mil años pierdo el hilo
día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas
desnudos nos hundimos en las aguas del mismo río



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Gustavo Pereira


Punta de Piedras. Estado Nueva Esparta (1940)
 


Dama de niebla


Dama de niebla que rondas mis horas mis saltos y mis sábanas
Ebriedad que me persigues a mansalva
Deja la forma sinuosa de tu tejado de palomas sobre mi almohada
  cuando amaneces en medio de mi tristeza inútil
    como un nido desprendido y todavía cálido de plumas

Extranjera que pusiste entre mis dedos tu cubierta de redes
y la inexpresiva piedad del otoño
Extranjera que me hiciste en tu pecho desenfrenado demonio
y creíste en mi amor inmortal

Pues bien Te amo para siempre
Te amo para siempre porque el instante que te amé es parte de la cuerda de la eternidad
y allí colgamos todavía

No sabrás nunca quién marcó el número de tu desdicha
ni qué tambor indio es éste que suena en la callada noche de tu soledad
No sabrás nunca qué callejuela ni qué rincón devoran al amo de tu melancolía
Perdida en el hastío no sabrás nunca beber otro rumbo que el del recordarme
sobre ti y entre ti
mientras mis cuadernos en blanco descansan en la mesa de tus brumas
y mi perro percibe tu olor en la mano que ahora lo acaricia.



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Luis Alberto Crespo
 
Carora. Estado Lara   (1941)
 
 
 
 
 

Confesión



Nada tengo que ver con la ceniza
no soy de los suyos
ni de su justicia



Si uso su nombre
es para ocultar que viví



Me gusta sí recorrer su camino
que sabe adónde vamos
pero no el color de su viaje
no su polvo
que es de corazón afuera



Y amo su jardín
-su flor suelta imaginaria-
porque queda lejos.









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José “Pepe” Barroeta


Pampanito, Estado Trujillo. (1942) – Caracas (2006)

Todos han muerto

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.
Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.

Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.

En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.

No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba.
Dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreí con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.





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Lydda Franco Farías 

San Luis, Estado Falcón (1943) – Maracaibo, Estado Zulia (2004)







UNA

UNA amanece
con el cuerpo de cera
con la víspera haciendo piruetas
con ojeras que delatan los retorcimientos
(del amor

UNA sabe que tiene prejuicios
y los va perfeccionando
UNA es a-política
UNA no se mete en camisa de once varas
UNA estampa el beso curricular
él se va con sus ínfulas
con su ontológica suficiencia
UNA comparece ante el tribunal de los hijos
y cede ante la tiranía de los hijos
UNA tiene el deber de ser bella
porque entre otras cosas para eso está UNA
y para comprar lo que nos vendan
y para sufrir por la muchacha de la telenovela
que es tan desgraciada (la muchacha y la
telenovela)
y para llorar de felicidad porque a la final
el sapo se convierte en magnate y se casa
con ELLA

UNA es tan fiel tan perrunamente fiel
qué asquerosamente fiel es UNA
UNA se asoma al espejo y comprueba lo
que no es
sabe qué cara va a poner
qué silencio va a arriar
qué píldora de domesticidad va a tener que
tragarse
qué anticoneptiva es UNA
UNA queda tendida
knoch out
para reaparecer el día siguiente
pidiendo la revancha




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Elí Galindo

San Sebastián de los Reyes, Estado Aragua (1947) - Caracas (2006)





HOY ME SIENTO UN ÁRBOL CARGADO DE LLUVIA.

Hoy me siento tendido bajo una gran oscuridad
estoy como una piedra
y fluye sobre mí cubriendo todas las aguas y se hunde
es un sonido suspendido igual a esos animales
que viven del aire y se desplazan

Hoy me siento un árbol cargado de lluvia
que alguien sacude bruscamente.
Pienso en mis antepasados
un soplo que recorre mi sombra
esa línea puesta allí como un animal sediento
por manos extrañas
que será cortada por manos extrañas
Cerrado como un círculo.

hoy no doy paso
sino a esas cosas vagas
que levantan mi cabeza
que descienden
sobre mis cinco espíritus muertos


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William Osuna



Caracas (1948)





Epopeya del Guaire 



El río Guaire tiene malos modales, cuando va
en los autobuses nunca le cede el puesto
a las parturientas, se sienta primero que las
damas, en los entierros grita más alto que
las viudas, dice impertinencias del muerto, cuentos de
los otros ríos.


A mí que no me nombre, dice el
Orinoco, grumete en La Invencible ni
pudo unir  sus aguas a los siete mares de China.
Los indios lo taparon con  concha de  totuma
para que los españoles no se lo bebieran.


No se parece a los ríos   de   don Jorge Manrique.
La mar océano   no   lo soporta; respecto a
él filosofa como un sabio chino: “Un río que no sabe
             morir es un golfo”.


¿Quién lo maleó?


No lleva doblón ,  ni sencillo, ni baúl de
pirata en  sus    dominios.
Tampoco rabo de tigre, tiene la carne peluda.


No trabaja, no canta.
Se monta en un perol de leche o
sobre el capó de un carro a mirar
los colores de la ciudad: es un río
que contempla, no para que lo contemplen.
Tan pobre: si la luna de los amantes
se atreviera a conversar con él ningún puente
la aceptaría; que no le vaya a pelar
los ojos a la laguna negra, el poeta
Acevedo sería capaz de encerrarlo en un soneto.


Bronca de ríos y que hermanos. No me
meto en esos líos familiares. Así me
enseñaron en la escuela. No es mi problema.


 Por el camino que da a la selva,
donde se gesta un remolino de caimanes;
y  el árbol de caucho brilla   como un
estuche de precioso bisturí , Andrés Mejía le fue
a meter chirimbolos del Guaire al Magdalena:
el Magdalena tan reilón  con sus dientes de
oro y muelas de esmeralda lo dejó beber
ron durante tres días. No le paró.
Lo emborrachó, le silbó una cumbia, un bambuco.


Y así lo envió al Motatán, metido en
un guacal de manzanas para la casa de
Hermes Vargas. Cuentos de Andrés. Más sabe Andrés
por Andrés que el Magdalena y sus pedrerías.
La flor fétida, el aceite de las refinerías, la
garcita urbana y una nevera desportillada
son cifras que acompañan. En algunos casos el
sol es un golpe de espuelas contra las
aguas revueltas.


El río Guaire es mi amigo. Yo le
pido la bendición. Él es como un burrito
indómito que atraviesa la ciudad cargado de botellas 
           vacías:


ningún río de las Francias y de las
Alemanias se le  compara. Está enamorado de la
quebrada de Catuche. Qué  amores
intercambian bacinillas detrás de los estacionamientos,
           si los vieran.
El Dumbo Márquez no lo quiere: su Harley Davidson
se ahogó en sus aguas. Yo sí lo
quiero, no es  como  el Orinoco que se
alimenta de músicos; se tragó  toda una orquesta,
y las cartas de amor de Argenis Daza Guevara;
y si no quería cantar y amar, ¿por qué lo hizo?
Qué desperdicio. Tan pedante.


En mi infancia yo quería al Orinoco.
En ese cruce había un araguaney, donde se
enlazaban los gatos, que lo miraban a uno
con sus ojos de oro. El viento corría
por ahí: hablaba como duro cartón. Bajaba gruesa
neblina por la Puerta de Caracas. Todos los
autobuses pasaban de largo y se metían al cine.


Mi infancia que tenía más colores que los
de un poeta de provincia en su provincia,
no distinguía las aguas, todas eran iguales.


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