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lunes, 10 de diciembre de 2012

Cuentos Venezolanos de Navidad


  





 RETABLILLO DE NAVIDAD   
 

Aquiles Nazoa


De su esposo en compañía,
soñolienta y fatigada,
por ver si les dan posada
toca en las puertas María.
El le dice: -Esposa mía,
ten calma, vamos a ver...
Nos abrirán al saber
que te encuentras en estado
y un lecho busca prestado
tu niño para nacer.

Pues tiembla la Virgen bella,
él se quita en el camino
su paltocito de lino
para ofrecérselo a ella.
-Vaya mi linda doncella
con este manto abrigada
-dice con gracia forzada
mientras siente las diabluras
que hace el frío en las roturas
de su franela rayada.

De portón van en portón
suplicando humildemente
y en todos les da la gente
la misma contestación:
«Esta casa no es pensión»,
o «¿Cuánto van a pagar?...»
Y en uno que en otro lugar
hay quien al ver a María
dice alguna picardía
para hacerla sonrojar.

¡Qué pobrecitos que son!
¡Qué pena tan sin alivio!
Todos tienen lecho tibio,
¡nadie tiene corazón!
De cansancio y aflicción
la Virgen se echa a llorar
y torna triste a mirar
que en la noche, alta y desierta,
la luna es como una puerta
que se abre de par en par.

A la casa de un pastor
van por fin José y María;
sólo piden hostería
para que nazca el Señor.
Pero hay allí tanto amor
por los buenos peregrinos,
que la pastora sus linos
abandona en el telar
y al punto les va a buscar
cuajadas, panes y vino.

Ya la Virgen tiende el manto
sobre la hierba olorosa;
ya como delgada rosa
se dobla su cuerpo santo;
ya a través de un claro llanto
los ojos del buey la ven;
llora el burrito también.
Y la historia nos relata
que una estrella de hojalata
brilló esa noche en Belén.




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JESUS, JOSE Y MARIA

 OSCAR GUARAMATO

        Al llegar a la cuesta, el asno apresuró la marcha. María buscó acomodo en la montura y miró hacia el hombre. El polvo y el sudor pintaban duros rasgos en el rostro de José. La barba ensortijada parecía ahora un atado de hierbas resecas. María bostezó y el ruido leve al aspirar hizo que el hombre la mirase.
        - ¿Cansada?.
        - No.
        - ¿Sueño, entonces?.
        - No. No siento sueño.
        El hombre cambió de una a otra mano el rugoso bordón. El asno había terminado de subir y ya en la meseta condicionó el trotecillo al hilo del camino.
        - Sí -murmuro el hombre-. Debes estar cansada. Hemos dejado atrás un pueblo y tres aldeas. También un rio. María comentó:
        - Suerte tuvimos en encontrar el río. Estaba sedienta. También tu. Y este -palmoteó sobre el lomo del asno- este no hubiera resistido mi carga, así como estaba... ¿Observaste cuanta agua bebió?. Bueno, ahora es noche y el aire es fresco. Esta mañana casi me ahogo con tanto polvo y tanto sol.
        - El pueblo no esta lejos.
        En los ojos de María hubo un parpadear de inquietud:
        - ¿Encontraremos posada?. En el otro pueblo y en las aldeas por donde pasamos, no encontramos.
        José no respondió. Registró el interior de una bolsa de fibras y sacó un trozo de pan. Mordió un pedazo. Miró a María -blanda de luna, húmeda de frio. Ella sintió el masticar del hombre y preguntó, sin mirarle:
        - ¿Qué comes?. Parece que comieras hojas secas, o cortezas de árboles, ¿qué comes, Jose?.
        - Estoy comiendo pan. ¿Recuerdas, cuando salimos, al hombre que cargaba la ovejita?.
        - ¿La ovejita con la pata quebrada?.
        - Sí. Ese. El mismo que me dijo: "|Que bonita correa, señor!. ¿La cortó usted?".
        - Ah...
        - Comprendí que seria feliz llevándosela y se la di. Al despedirnos, el me dijo: "¿Quiére una de mis ovejas?".
          Pero no podíamos llevar también una oveja con nosotros al lugar donde vamos, y le respondí: "Mucho le agradezco,señor, su ofrecimiento, pero he aquí a María, mi mujer, que pronto tendrá un hijo, y piénsela cuidando a un tiempo a su niño y al asno y a la oveja". Y el sin desmayar en su empeño por retribuirme el regalo, respondió: "Entonces les daré un pedazo de queso y un pan". Queso de oveja y pan de pastor, ¿quieres?.
        En ese instante el asno tropezó un pedrusco  y María estuvo a punto de caer. José alzo el bordón para castigar al animal, pero María -plumón de brisa, rama de rocío- le había mirado y el hombre apagó su ira y solo fustigó con palabras:
        - |Vamos, burrito, vamos!.
        Adelante, bajo la claridad lunar, emergían las primeras
casuchas del pueblo.
        Y por todas las callejas deambuló José en busca de albergue.
Y en todos los sitios le negaron posada. Y sucedió que en la casa del viejo Tobías, había festejos por la boda de su hija. Y cuando llegó José y suplicó cobijo, el viejo se enterneció y ofreció a los forasteros la parte trasera de la casa. Y era aquel lugar donde amontonaban los toneles inútiles, las sillas rotas y el pienso de las bestias. Y en el pesebre nació el niño. Y el niño se llamó Jesús.
        Era ya neblina de madrugada cuando uno de los invitados salio al patio y oyó el llanto del niño. Y llevó la nueva a los que festejaban.
Y todos desfilaron ante el niño. Y todos preguntaban su nombre. Y hubo una mujer que obsequió a María con un racimo de uvas y otra que trajo carne de cabra asada para Jose. Y cuando todos regresaron a la fiesta y María quiso dormir, llegaron tres hombres: rubio uno; moreno el otro;
y negro el tercero.
        Y dijo el negro:
        - Toma, para tu niño.
        Y dio a María un pomo de ungüentos olorosos.
        Y dijo el moreno:
        - Toma, para tu niño.
        Y dio a María un pájaro de siete colores.
        Y entonces el blanco llamó aparte a José y le dijo:
        - Tu vienes de un pueblo lejano. Yo voy hacia un pueblo lejano.
          Tu no posees ni una misera pieza de plata para dar lecho limpio a tu mujer. Yo te daré oro.
        - ¿Oro? -balbuceo' Jose-. ¿Me darás oro?.
        - Sí. Te daré oro reluciente. Oro que nunca has tocado
          con tus manos.
        José miraba al blanco -los ojos de añil, el cabello amarillo, el pecho de gladiador-.
        - ¿En verdad me darás oro? -pregunto' de nuevo-.
        - Ya lo has oído.
        Jesús, el niño, lloraba junto a la lumbre del amanecer.
El hombre blanco sonreía en la bruma. Jose preguntó, una vez mas:
        - Y... ¿a cambio de que me darás tu oro?.
        La sonrisa del blanco llenaba toda su faz.
        - He dicho que voy hacia un pueblo lejano. He caminado durante dias. Mis pies ya no resisten. Yo te doy mi oro y tu me das tu asno...
        En los brazos de María goteaba el llanto del niño. "Es el frio del amanecer" -pensó Jose. El hombre blanco se impacientaba. Jose miró a María -gacela de ámbar, tamborín de miel- y dijo de repente:
        - Trato hecho.
        - Toma tu oro.
        La pieza brillaba en sus manos como un pequeño sol. Y en una de sus caras había un ave con el cuello torcido. Y José observó: "Es un ave de presa".
        El blanco montó sobre el asno y los otros le siguieron.
Sobre el pesebre correteaba el alba.
        Una semana después, Jose Calcurian y María Cumare llegaron a Cabimas. Y era Cabimas lugar donde reuníanse mercaderes de extrañas latitudes. Y uno de ellos, un sirio jorobado, trocó el dolar de oro por monedas de plata. Y, en las manos de Jose y de María, eran las piezas como pequeñas lunas, donde un potrillo blanco corría sin descansar.
Y entraron en la tienda de un liencero árabe y compraron a Jesús un venado de estambre y cuatro camisitas de seda artificial.




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¿Cenan los tigres la noche de Navidad?

Laura Antillano

Era domingo. Mi mamá se puso su falda nueva, se peinó con cuidado, y me dijo: - Sergio, hoy hacemos un paseo al acuario y al zoológico. Yo no iba a ver las toninas del acuario desde hace Uff!, muchísimo, como dos años.
Entonces me puse contento, y nos fuimos a tomar el autobús.
Al llegar ví, en la entrada, a un señor con un burrito de esos de mentira, para que uno se suba y te hacen fotos, también tenía un sombrero grande, si tú quieres te subes al burrito, te pones el sombrero y él te hace la foto, y la saca rápido porque es de esas instantáneas.
Mi mamá me dijo para tomarme una, pero... Yo no quise, tenía tantas ganas de ver los peces que me parecía que iba a quitarme tiempo eso de la foto.
Entramos y ya estaba en el estanque de las toninas el señor que les da de comer. êl se coloca cerquita de ellas y les ofrece la comida pero primero las pone a hacer trucos, levanta un aro rojo muy grande, y a la que salte por el aro le da una sardinita.
Después le tira la pelota y ellas juegan, la hacen rebotar, la atajan, y entonces el señor les da sardinitas, y el público aplaude.
Uno sigue caminando por el pasillo y se encuentra con las peceras, me cansé de mirar peces distintos allí!, de río y de mar.
Había unos planitos pero grandísimos que mi mamá dice que comen carne, tienen los ojos como bolitas de vidrio, nadan lentamente, y parece que nos vigilaran a los que estamos allí mirando.
También hay anguilas, ésas tienen electricidad, y les ponen unos bombillos afuera para que uno vea cómo se encienden cuando ellas descargan.
Vi tantos niños y muchachos ese día, mi mamá se echó a reír porque en un pasillo donde nadie los veía, estaban unos muchachos con uniforme de la escuela enseñándose pasos de baile, uno escogió uno muy complicado y cuando lo hizo se cayó y siguió en el piso dando vueltas.
Mi mamá dijo que le parecía raro que escogieran el acuario para aprender a bailar, pero a lo mejor es que no quieren que las muchachas los vean... digo yo.
Salimos del acuario y atrás está el zoológico, es muy complicado pasar porque hay escalones y escalones, hay que mirar primero la jaula grande de los pájaros, donde lo que más hay son turpiales, unos amarillos con las alas negras.
Hay un estanque grande, y a los lados quedan los caminitos para ir a las jaulas de los animales, me llamó mucho la atención lo chiquitos que son, quiero decir, todos son cachorros, raro, ¿verdad?
Bueno, uno veía un cartel que decía: Tigres, y subes las escaleras y hay: cachorritos de tigre!, tres caminando de un lado para el otro.
Después dice: Gato montés, y uno va a verlo y es igual: me pareció tan chiquitico y delgado, echado junto a un pote de agua y unos cambures, ¿comen cambures?
Mi mamá ya estaba cansada de caminar y se sentó en un banco, yo seguí viendo las otras jaulas, caminito arriba, y encontré hasta leones, pero también parecían gaticos y además... estaban tristes!
Cuando bajé a encontrarme con mi mamá ella estaba mirando el garzón soldado, él es blanco en la parte de abajo de su cuerpo, la cabeza es oscura y tiene un pico muy largo, se mantiene recto, erguido, y es como serio.
Mi mamá había sacado de la cartera su camarita fotográfica y estaba enfocando al garzón.
Cuando me vio venir me dijo:
-Sergio, ponte allí cerca del garzón soldado, para tomarte una foto-. Yo lo miré con un poco de preocupación, porque él estaba allí cerca del estanque, de pie en una sola pata, y no me gustó la mirada que me dio, pero... me puse cerca y traté de hacer una sonrisa con mi boca para la foto de mi mamá, y cuando ya casi estábamos en "pose" el garzón alargó su cuello y me agarró la barriga con su pico! Uyyyyyyyy! Yo pegué un grito tan grande que el garzón me soltó rápido y corrí a la falda de mi mamá, ella primero puso cara de susto, blanca como la leche!, se quedó con la boca abierta como los muñequitos en los dibujos animados, pero después empezó a reírse conmigo, y los dos salimos pura risa y risa del susto que habíamos pasado.
Esa tarde, mientras mamá envolvía los regalos de Navidad para mi abuelo, mi tío y mis tías, y Catia, Josefina y Francisquito, que son mis primos, y yo la ayudaba a cortar la cinta y a escoger los papeles con dibujitos que se parecieran a la gente, yo pensaba y pensaba, ¿saben en qué?, pues en los felinos.
Mi mamá que casi todos los animales que vimos en el zoológico se llaman felinos.
Desde los gatos hasta los leones, pasando por el puma y el leopardo, todos son felinos, y entre ellos deben ser tíos y primos y abuelos, se parecen tanto!
Les decía pues, que no hice más que pensar en los felinos del zoológico porque me parecieron tan tristes, tan chiquiticos, cerraba mis ojos y los veía, dando vueltas en esas jaulas y como mirando hacia un lugar lejano, pensé:
¿Los traerían del Safari Carabobo? ¿Sus papás estarán allá?
Le pregunté a mi mamá y ella se quedó pensando mientras le echaba las fruticas confitadas a la mezcla de la torta negra, y me dijo:
-No sé, Sergio, en Margarita también había un Safari y se acabó, a lo mejor estos cachorritos nacieron allí...
¿ Por qué no me ayudas a ponerle mantequilla al molde de la torta?
Mientras busqué la mantequilla se me ocurrió una idea, pero no podía decírsela a mi mamá todavía, porque era una idea un poco... como les diré, un poquito rara.
Ella puso la torta y me invitó a que sacáramos de las cajas las piezas del pesebre, esas figuritas están en la casa hace muchos años, uffff!, desde mucho antes de que yo naciera, mamá las saca todas las navidades y arregla con tela y papel periódico las montañas, para colocar la casa grande, donde va el niño y todo eso, y luego las colinas, donde pone espejitos que hacen de lagos, pastores con ovejas y casitas con papel de seda y escarcha en las ventanas, a mí me gusta ver cómo salen de las cajas todas esas cosas, cómo se va armando el pueblo, y cómo las ramas de los árboles que son de papel rizado duermen dentro de las cajas, pero al sacarlas y abrirlas con cuidado, ellas vuelven a estar despiertas y frondosas otra vez, una vez cada año.
Me puse a ordenar en el piso todos los animalitos que encontré, tenemos sobre todo gallinas y patos, ovejas mínimas que hizo Patricia, una prima de mamá, y un pavo real con la cola llena de colores.
Pero... no vi felinos.
Mamá, ¿por qué no hay tigres en el pesebre?
¿Tigres?!
Y a mi mamá se le cayó la guirnalda de papel de seda que estaba intentando colocar arriba en el techo, para colgar de ella la estrella de Belén, y ella misma casi se cae también.
Pues, tigres... ¿y para qué tigres?
Mira porque...
Hay caballos y gallinas, y hasta un elefante. ¿por qué no tigres?
Mamá se bajó de la escalera, se sentó en un escalón, puso cara de pensar y dijo: Verdad, ¿por qué no?
Mamá, yo tengo entre mis juguetes unos tigres pequeños, ¿puedo traerlos y ponerlos aquí?
Sí, sí. Tráelos.
Cuando terminamos, el pesebre era todo un esplendor, tenía lucecitas que se prendían y se apagaban, casas en las laderas y gente conversando en todas partes, y a los tigres los pusimos en algunos patios jugando con niños o mirando a los patos en un lago de espejito.
Mi mamá hizo muchas bromas sobre lo que cenarían los tigres la noche de Navidad pero yo le contesté, que como era noche de Navidad seguro que los tigres se portaban bien y hasta jugaban con los patos y los demás.
Y yo creo que si son tigres domesticados... bueno.
Pero aproveché que mi mamá hablaba de tigres y de cena para explicarle mi plan.
Mamá había hecho un rico queso relleno de gallina que le enseñó a hacer mi tía Lucía y que además a ella se lo enseñó la abuela, y mamá dice que ese plato se comía siempre en su casa el día de Navidad.
Entonces tenemos ese queso rico, tenemos jamón, que ella mandó a cocinar en el horno de la panadería, tenemos una rica torta negra, y bueno... resulta que mi abuelo, mis tíos y mis primas están en Maracaibo y no pueden venir, y nosotros no vamos a ir, y en este barrio somos nuevos,... mamá prepara los regalos y las tarjetas y lo envía todo; pero la cena, bueno la cena es para nosotros dos...
Entonces... seguro que ustedes ya saben lo que yo pensé... bueno, eso fue lo que le propuse a mamá...
Ella se me quedó mirando como me mira siempre que necesita buscar una respuesta y tiene dudas, y dijo:
Pero, la noche de Navidad debe estar cerrado el zoológico..
Sí mamá, pero alguien debe cuidar los animales, seguro que a algunos de los guardias les toca turno esta noche.
-Verdad que sí, y habrá luces también.
Sí, y los felinos no se van a sentir tan solitos, y si no sabían lo que era eso de Navidad se enteran.
Y... Aquí estamos, mi mamá arregló todo en una cesta grande, dividió el queso en porciones, buscó platos de cartón, cubiertos, servilletas, preparó el ponche crema, que también le enseñó a hacer tía Lucía, jugo de parchita, un termo con agua, los dulces, el pan de jamón, y con eso nos vinimos aquí.
Mamá arregló todo sobre un mantel en la grama, y aquí están los señores que cuidan los animales y limpian de hojitas secas los caminos, sentados con nosotros, hay uno que hasta a cantado canciones esta noche, y yo estoy contento porque me gusta como mi mamá se ríe y porque, ustedes no lo creerán, pero, a estos felinos sí que les gusta el queso relleno de gallina que preparó mi mamá, además, estoy seguro de que ahora ellos saben lo que es esto de Navidad.

  
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DE CÓMO PANCHITO MANDEFUÁ 
CENÓ CON EL NIÑO JESÚS. 

                                                   José Rafael Pocaterra


I
 
A tí que esta noche irás a sentarte a la mesa de los tuyos, rodeado de tus hijos, sanos y gordos, al lado de tu mujer que se siente feliz de tenerte en casa para la cena de navidad; a ti que tendrás a las doce de esta noche un puesto en el banquete familiar, y un pedazo de pastel y una hallaca y una copa de excelente vino y una taza de café y un hermoso “Hoyo de Monterrey”, regalo especial de tu excelente vicio; a ti que eres relativamente feliz durante esta velada, bien instalado en el almacén y en la vida, te dedico este cuento de Navidad, este cuento feo e insignificante, de Panchito Mandefuá, granuja billetero, nacido de cualquiera con cualquiera en plena alcabala, chiquillo astroso a quien el Niño Dios invitó a cenar.

II
 
Como una flor de callejón, por gracia de Dios no fue palúdico, ni zambo, ni triste; abrióse a correr un buen día calle abajo, calle arriba, con una desvergüenza fuerte de nueve años, un fajo de billetes aceitosos y paltó de casimir indefinible que le daba por las corvas y que era su magnífico macferland de profundos bolsillos profundos, con bolsillito un pequeño para los cigarrillos, que era su orgullo, y que le abrigaba en las noches del enero frío y en los días de lluvia hasta cerca de la madrugada, cuando los puestos de los tostaderos son como faros bienhechores en el mar de niebla, de frío y de hambre que rodea por todas partes en la soledad de las calles, al pobre hamponcillo caraqueño. Hasta cerca de media noche, después de hacer por la mañana la correría de San Jacinto y del Pasaje y el lance de doce a una en las puertas de los hoteles, frente a los teatros o por el boulevard del Capitolio, gritaba chillón, desvergonzado, optimista:

-Aquí lo cargooo…El tres mil seiscientos setenta y cuatro, el que no falla nunca ni fallando, ¡archipetaquiremandefuá…!

El día bueno, de tres mil billetes y décimos, Panchito se daba una hartada de frutas; pero cuando sonaban las doce y sólo- después de soportar empellones, palabras soeces, agrios rechazos de hombres fornidos que toman ron- contaban en la mugre del bolsillo catorce o dieciséis centavos por pedacitos vendidos, Panchito metíase a socialista, le ponía letra escandalosa a “La maquinita” y aprovechaba el ruido de una carreta o el estruendo de un auto para gritar obscenidades graciosísimas contra los transeúntes o el carruaje del General Matos o de cualquiera de esos potentados que invaden la calle con un automóvil enorme entre una alarido de cornetas y una hediondez de gasolina…; y terminaba desahogándose con un tremendo “Mandefuá” donde el muy granuja encerraba como en una fórmula anarquista todas sus protestas al ver, como él decía, las caraotas en aeroplano.
Quiso vender periódicos, pero no resultaba; los encargados le quitaron la venta: le ponía el “mandefuá” a las más graves noticias de la guerra, a las necrologías, a los pesares públicos:

-Mira hijito- le dijeron- mejor es que no saques el periódico, tú eres muy “Mandefuá”.

III

Tuvo, pues, Panchito su hermoso apellido Mandefuá, obra de él mismo, cosa esta última que desdichadamente no todos son capaces de obtener, y él llevaba aquel Mandefuá con tanto orgullo como Felipe, Duque de Orleans, usaba el apelativo de Igualdad en los días un poco turbios de la Convención, cuando el exceso de apellidos podía traer consecuencias desagradables.

Pero Panchito era menos ambicioso que el Duque y bastábale su “medio real podrido”- como gritaba desdeñosamente tirándoles a los demás de la blusa o pellizcándoles los fondillos en las gazaperas del Metropolitano.

-Una grada para muchacho, bien ¡Mandefuá!

De sus placeres más refinados era el irse a la una del día, rasero con la estrecha sombra de las fachadas, y situarse perfectamente bajo la oreja de un transeúnte gordo, acompasado, pacífico; uno de esos directores de ministerio que llevan muchos paqueticos, un aguacate y que bajan a almorzar en el sopor bovino del aperitivo:

- El mil setecientos cuarenta y siete ¡mandefuá!
- Granuja ¡atrevido!

Y Panchito, escapando por la próxima bocacalle, impertérrito:

-Ese es premiado, ¡no se caliente mayoral!

El título de Mayoral lo empleaba ora en estilo epigramático, ora en estilo
Elevado, ora como honrosa designación para los doctores y generales del interior a quienes les metía su numeroso archipetaquiremandefuá.
Y con su vocablo favorito, que era panegírico, ironía, apelativo –todo a su tiempo-, una locha de frito y un centavo de cigarros de a puño comprado en los kioscos del mercado, Panchito iba a terminar la velada en el Metro con “Los misterios de Nueva York”, chillando como un condenado cuando la banda apresaba a Gamesson advirtiéndole a un descuidado personaje que por detrás le estaba apuntando un apache con una pistola o que el leal perro del comandante Patouche tenía el documento escondido en el collar. Indudablemente era una autoridad en materia de cinematógrafo y tenía orgullo de expresarlo entre sus compañeros, los otros granujas:

-Mira, vale, para que a mí me guste una película tiene que ser muy crema.

IV
 
Panchito iba una tarde calle arriba pregonando un número “premiado” como si lo estuviese viendo en la bolita… Detúvose en una rueda de chicos después de haber tirado de la pata a un oso de dril que estaba en una tienda del pasaje y contemplando una vidriera donde se exhibían aeroplanos, barcos, una caja de soldados, algunos diávolos, un automóvil y un velocípedo de “ir parado”… Y, de paso rayó con el dedo y se lo chupó, un cristal de la India a través del cual se exhibían pirámides de bombones, pastelillos y unos higos abrillantados como unas estrellas.
En medio del corro malvado, vio una muchachita sucia que lloraba mientras contemplaba regada por la acera una bandeja de dulces; y como moscas, cinco o seis granujas, se habían lanzado a la provocación de los ponqués y de los fragmentos de quesillo llenos de polvo. La niña lloraba desesperada, temiendo el castigo.
Panchito estaba de humor; cinco números enteros y seis décimos ¡ochenta y seis centavos! La sola tarde después de haber comido y “chuchado”… Poderoso. Iría al Circo que daba un estreno, comería hallacas y podría fumarse hasta una cajetilla. Todavía le quedaban dos bolívares con que irse por ahí, del Maderero abajo para él sabía qué… ¡Una noche buena crema!
Seguía llorando la chiquilla y seguían los granujas mojando en el suelo y chupándose los dedos…
Llegó un agente. Todos corrieron, menos ellos dos.
-¿Qué fue? ¿Qué pasó?
Y ella sollozando:
Que yo levaba para la casa donde sirvo esta bandeja, que hay cena para esta noche y me tropecé y se me cayó y me van a echar látigo…
Todo esto rompiendo a sollozar.
Algunos transeúntes detenidos encogiéronse de hombros y continuaron.
-Sigan, pues- les ordenó el gendarme.
Panchito siguió detrás de loa llorosa.
-Oye, ¿cómo te llamas tú?
La niña se detuvo a su vez, secándose el llanto.
-¿Yo? Margarita
-¿Y ese dulce era de tu mamá?
-Yo no tengo mamá.
-¿Y papá?
-Tampoco
-¿Con quién vives tú?
-Vivía con una tía que me “concertó” en la casa en que estoy.
-¿Te pagan?
-¿Me pagan qué?
Panchito sonrío con ironía, con superioridad:
-Guá, tu trabajo: al que trabaja se le paga, ¿no lo sabías?
Margarita entonces protestó vivamente:
-Me dan la comida, la ropa y una de las niñas me enseña, pero es muy brava.
-¿Qué te enseña?
-A leer… Yo sé leer, ¿tú no sabes?
Y Panchito, embustero y grave:
-¡Puah! Como un clavo… Y sé vender billetes, y gano para ir al cine y comer frutas y fumar de a caja…
-Dicho y hecho, encendió un cigarrillo… Luego, sosegado:
-¿Y ahora qué dices allá?
-Diga lo que diga, me pegan…- repuso con tristeza, bajando la cabecita enmarañada.
-¿Y cuánto botaste?
-Seis y cuartillo, aquí está lista- y le alargó un papelito sucio.
-¡Espérate, espérate!- le quitó la bandeja y echó a correr.
Un cuarto de hora después volvió:
-Mira, eso era lo que se te cayó, ¿nojerdá?
Feliz, sus ojillos brillaron y una sonrisa le iluminó la carita sucia.
-Sí… eso.
Fue a tomarla, pero él la detuvo:
- ¡No, yo tengo más fuerza, yo te la llevo!
-Es que es lejos- expuso tímida.
-¡No importa!
Por el camino él le contó, también que no tenía familia, que las mejores películas eran en las que trabajaba Gamesson y que podían comerse un gofio…
-Yo tengo plata, ¿sabes?- y sacudió el bolsillo de su chaquetón tintineante de centavos.
Y los dos granujas echaron a andar.
Los hociquillos llenos de borona, seguían charlando de todo. Apenas si se dieron que llegaban.
-Aquí es… dame.
Y le entregó la bandeja.
Quedarónse viendo ambos los ojos:
-¿Cómo te pago yo?- le preguntó con tristeza tímida.
Panchito se puso colorado y balbuceó:
-Si me das un beso.
-¡No, no! ¡Es malo!
-¿Por qué…?
-Guá, porque sí…
Pero no era Panchito Mandefuá a quien se convencía con razones como ésta; y la sujetó por los hombros y le pegó un para de besos llenos de gofio y de travesura.
-Grito…, que grito…
Estaba como una amapola y por poco tira otra vez la dichos dulcera.
-Ya está, pues, ya está.
De repente se abrió en ante portón. Un rostro de garduña, de solterona fea y vieja apareció:
¡Muy bonito el par de vagabunditos estos!- gritó.
El chico echó a correr. Le pareció escuchar a la vieja mientras metía dentro a la chica de un empellón.
-Pero, Dios mío, ¡qué criaturas tan corrompidas éstas desde que no tienen edad! ¡Qué horror!

V
 
¡Era un botarate! No le quedaban sino veintiséis centavos, día de Noche Buena… Quien lo mandaba a estar protegiendo a nadie…
Y sentía en su desconsuelo de chiquillo una especie de loca alegría interior… No olvidaba en medio de su desastre financiero, los dos ojos, mansos y tristes de Margarita. ¡Qué diablos! El día de gastar se gasta “archipetaquiremandefuá…
A las once salió del circo. Iba pensando en el menú: hallacas de “a medio”, un guarapo, café con leche, tostadas de chicharrón y dos “pavos rellenos” de postre. ¡Su cena famosa! Cuando cruzaba hacia San Pablo, un cornetazo brusco, un soplo poderoso y Panchito Mandefuá apenas quedó, contra la acera de la calzada, entre los rieles del eléctrico, un harapo sangriento, un cuerpecito destrozado, cubierto con un paltó de hombre, arrollado, desgarrado, lleno de tierra y de sangre..
Se arremolinó la gente, los gendarmes abriéndose paso…
-¿Qué es? ¿Qué sucede allí?
-¡Nada hombre! Que un auto mató a un muchacho “DE LA CALLE”
-¿Quién…? ¿Cómo se llama…?
-¡No sé sabe! Un muchacho billetero, un granuja de esos que están bailándole a uno delante de los parafangos…- informó, indignado, el dueño del auto que guiaba un “trueno”.

VII
 
Y así fue a cenar en el Cielo, invitado por el Niño Jesús esa Noche Buena, Panchito Mandefuá….