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viernes, 23 de marzo de 2012

Variaciones sobre Variaciones urbanas


Variaciones sobre Variaciones urbanas

Yo no quiero que piensen que soy sólo una palabra
Yo soy poesía
Yo asumo la riqueza del verbo
¡Soy poesía!
Xoralys Alva

Tal vez este fragmento del poema “Poesía I” pueda servir de prólogo a "Variaciones urbanas"  primer libro de la poeta Xoralys Alva, editado por el Colectivo de Ediciones La Mancha (2011), que desde estas líneas asume su compromiso con y por la palabra y nos convoca a que alcancemos a leer un trozo del todo que conforma a la ciudad, ya que asumiendo la riqueza del verbo, la poeta se atrevé en cada poema a dejar en nosotros su lectura de esta inmensa, tormentosa y adorada urbe.
Los poemas de Xoralys Alva presentes en este libro me permiten reencontrarme con los primeros versos de Alejandra Pizarnik, envueltos en la fuerza de un verbo en constante crecimiento y rebelión, colmados de un poder interior que se abre paso con el lenguaje para encontrarse desde allí con la ciudad y su tiempo. Lenguaje y silencio, son al igual que en Pizarnik, ejes que articulan la poesía de Alva. A través de la palabra espera alcanzar la meta esencial; pero también a través de la expresión constante de ese silencio que la hace reflexionar y verse a sí misma en un universo de posibilidades, que en primer momento deberá resolver con el lenguaje. Hasta tanto no se resuelvan, no encuentren cabida en él, permaneceran allí acompañandola calladas; pero no inmóviles.
A través de este libro asistimos a un encuentro de constante irreverencia con la ciudad. Con música propia, con incandescencia, Variaciones urbanas rinde un homenaje ritual a la ciudad y a su montaña El Ávila, tótem místico de simbología de la urbe. A través de la montaña y sus verdes follajes se humaniza la existencia citadina. Existe un espacio para el respire, para la recreación, para el descanso, pero este no es el todo, porque el libro, tal como su nombre sentencia, alterna los espacios de existencia y cada uno de ellos se redimensiona para exaltar, condenar, siluetear y vivir con suma intensidad la dinámica de la urbe.
Existe una musicalidad, un ritmo en el desarrollo de los poemas que se yuxtaponen como instrumentos musicales y notas de una pieza de jazz, logrando conformar en diversos fragmentos una silueta de esta ciudad y sus suburbios.
En el tránsito por este poemario hallamos diversidad de voces que acompañan a nuestra querida poeta y que a su vez dictan premisas para marcar maneras de ver y leer a la ciudad. Voces que no sólo están con ella, en la mayoría de los textos, sino que desde la exterioridad de su conciencia dictan las líneas y construyen las imágenes para desarrollar este viaje. Nuestra poeta reconoce sus voces interiores y por eso nos afirma en un poema:

El que escribe no eres tú
no soy yo
el que escribe, es otro.

Pero lo que surge de su propia voz, de su conciencia social, de su sensibilidad es el repudio y la condena a las rutinas burocráticas de las ciudades donde las dinámicas estériles y alienantes limitan los espacios para la eclosión del acto poético y donde se condena a sus ciudadanos a una eterna espera de cambios que deberían generarse primero en cada conciencia individual:

Mientras,
el arte espera paciente
por ser llamado al bate.

El libro se bifurca por distintas vertientes poéticas: acueductos, ríos, quebradas, que se desprenden de la montaña poética que constituye la voz de nuestra autora.
Xoralys escribe desde la ciudad pero también se lee a sí misma. En esa lectura es víctima y victimario dejando en claro que es sujeto corresponsable de todo el constructo imaginario de la ciudad.
La ventana como arquetipo es el ojo desde donde observa a la ciudad y a las manifestaciones que en ella se desarrollan, desde allí percibe toda la angustia y la pasión por la existencia presente en la calle. El subterráneo atraviesa la ciudad y transporta toda la desesperación de su rutina y la ventana es ese cinematógrafo donde se percibe la realidad que interpreta esa voz interna, constante, inmaterializada que, de una u otra forma, modela su conducta; pero a su vez la poeta se deja ver sin mayores pretensiones que la de ser reconocida como la conciudadana, testigo y protagonista, sujeto y objeto, de todas las manifestaciones que esconden los mitos y develan los ritos urbanos:

A través de la ventana en el metro:
fémina diáfana de ojos grandes
cúmulos de rostros se funden con el mío
hombres sin nombre
desolación, agobio.

En este libro la ciudad arde y Xoralys junto con ella. La destrucción no tiene cabida en estas líneas, por ello, desde su poesía, la poeta acude al rito milenario y lúdico de convocar la lluvia con sus mantras para que continúe ocurriendo el milagro de la vida:

Señor, haz que llueva
que las lágrimas del cielo tomen la tierra
pues el Ávila se quema
(...)
haz que se eleven las voces al agua
(...)
haz que renazca la vida por el pulmón de Caracas...

En Variaciones urbanas la lluvia es el símbolo renovador de toda existencia. El agua signa los estados de ánimo y se hace presente en el juego, en la rutina, en el sueño y en las pasiones que se desprenden de la experiencia de vivir y se manifiesta en los versos de nuestra mágica poeta.
Esa mirada desde las ventanas, esa lluvia constante, esa relación con el mar y la montaña y esa cercanía íntima afectiva con el ser amado constituyen el componente ritual de este libro.
Pero la soledad es la que se desplaza en cada uno de los versos; porque la poeta hace sentirla en las pausas, de las que se hace, para poder respirar, y en cada uno de los silencios, muchas veces ocultos y otras explícito, se logra percibir:

Trato de hablar
de decirte cuánto
pero más puede el silencio.

Esta soledad no se manifiesta como tragedia o derrota ni detiene a la autora en juegos nostálgicos. La soledad se asume como forma de vida que no altera el estado de ánimo ni genera dependencias afectivas, sino como experiencia para la creación y para el crecimiento íntimo:

Si no estuviera sola
esperaría por tus huellas.

La soledad no la detiene, al contrario, la impulsa a seguir avanzando, pues se reconocen otros derroteros para la conformación de su poética. Ante la soledad, la memoria. El recuerdo como lana que teje los afectos. La abuela Olga como responsable en este libro del yo lector de nuestra poeta, de ese yo eterno niño, de ese yo que germina en la experiencia de la significación de ese encuentro y desencuentro que marca el significado de la pérdida y que en un verso logra resemantizar:

Duelo por dentro en el recuerdo de tu ausencia.

En el poema “La meta”, sostenido en un fragmento de Dylan Thomas, el mar se convierte en el escenario para la experiencia del viaje, donde al igual que las Ítacas de Cavafis, la suma de todo el recorrido, es el premio que se recibe como experiencia afectiva personal a una constante lucha por alcanzar lo que se proponga, para una vez logrado expresar:

...y pude sentirlo.
Ya estaba en ese lugar
sin estar nunca.

La magia de estas Variaciones urbanas, la percibo con mayor fuerza en ese poema crónica-testimonio, “Ciudad de humo”, donde la condición de ciudadana de Xoralys, su compromiso de poeta y su necesidad de hacer crónica queda refleja. Ya que en este poema, testimonio-autobiográfico, nos muestra su experiencia diaria con las calles, con el ritmo, con el roce, con la bulla, de su ciudad:

Camino y allí estás
en los bancos de la plaza, en la brisa 
en los diarios, en la cháchara de la gente.  


Xoralys Alva y variaciones urbanas se hacen a partir de este momento un espacio en nuestra poesía y seguro estoy que será el comienzo de una poesía que eclosiona y que va en constante ascenso, que seguirá creciendo en ese viaje significativo de la creación. Demos la bienvenida a este libro que contribuye a seguir dibujando los horizontes de nuestra eterna ciudad.

José Javier Sánchez